La influencia de la Guerra Imperialista de 1914 en el desarrollo de la Revolución en Rusia

Rusia entró en la guerra en julio de 1914. Ya mucho tiempo antes de que la guerra comenzase, los bolcheviques habían previsto que estallaría inevitable­mente. En los congresos internacionales socialistas (Segunda Internacional), Lenin había formulado propuestas encaminadas a trazar la línea re­volucionaria de conducta que debían adoptar los socialistas cuando la guerra estallase.

Señalaba que la guerra era un satélite inevitable del capitalismo: la rapiña de territorios extranjeros, la apropiación y el saqueo de las colonias, el acaparamiento de nuevos mercados, habían motivado repetidas veces guerras de con­quista de los Estados capitalistas. Para los países capitalistas, la guerra es un fenómeno tan natural y tan legítimo como la explotación de la clase obrera.

Las guerras se hicieron todavía más inevitables a fines del siglo XIX y comienzos del XX, al pasar el capitalismo, defini­tivamente, a la fase suprema y última de su desarrollo: el im­perialismo. El capital financiero (monopolios industriales y bancarios), convertido en el amo de los Estados capitalistas, exigía nuevos mercados, la anexión de nuevas colonias, nuevas bases para la exportación de capitales y nuevas fuentes de materias primas.

Pero, a fines del siglo XIX, todo el territorio del planeta se hallaba ya repartido entre los Estados capitalistas. Ahora bien, en la época imperialista, el capitalismo se desarrolla de un modo extraordinariamente desigual y a saltos: países que antes aparecían en primer lugar, desarrollan su industria con ritmos relativamente lentos, mientras que otros, que antes eran países atrasados, dan un rápido salto, los alcanzan y so­brepasan. La correlación entre las fuerzas económicas y militares de los Estados imperialistas había cambiado. La guerra de 1914 fue una guerra por un nuevo reparto del mundo y de las zo­nas de influencia, en función de esta nueva correlación de fuerzas. Fueron culpables de ella los imperialistas de todos los países.

Esta guerra de rapiña afectaba a los intereses de todos los países im­perialistas, razón por la cual se vieron arrastrados a ella, en el transcurso de su desarrollo, el Japón, los Estados Unidos y otra serie de países. La guerra adquirió carácter mundial.

El hecho de que Rusia entrase en la guerra imperialista al lado de la Entente, de Francia e Inglaterra, se debió a que dependía económicamente de los capitalistas de estos países. La burguesía rusa esperaba que, lanzándose a la guerra, mejoraría de situación, conquistaría nuevos mercados, se enri­quecería con los pedidos y los suministros de guerra, y al mismo tiempo podría, valiéndose de la situación creada por la guerra, aplastar el movimiento revolucionario.

La Rusia zarista entró en la guerra sin estar preparada para ella. Su atraso industrial y agrícola no podía ofrecer una base económica sólida para mantener una guerra larga.

Los terratenientes feu­dales y los grandes capitalistas, incluido el partido de la burguesía liberal –los cadetes-, apoyaban en bloque la política exterior del gobierno zarista. Los partidos pequeñoburgueses –socialrevolucionario y menchevique-, encubriendo su conducta con la bandera del so­cialismo, ayudaron a la burguesía, desde el primer momento de la guerra, a engañar al pueblo, a ocultar el carácter im­perialista y rapaz de la guerra. Predicaban la necesidad de de­fender a la “patria” burguesa contra los “bárbaros prusianos”, apoyaban la política de la “paz social”, y de este modo ayu­daban al gobierno del zar de Rusia a hacer la guerra, exactamente lo mismo que la mayoría de los dirigentes socialdemócratas alemanes ayudaban al gobierno del káiser a guerrear contra los “bárbaros rusos”. La II Internacional, violando los acuerdos de sus congresos, entró en bancarrota al apoyar sus partidos más influyentes a sus respectivos gobiernos belicistas.

El Partido bolchevique fue el único partido que permaneció fiel al internacionalismo revolucionario, manteniéndose firme en las posiciones marxistas de lucha resuelta contra la autocracia zarista, contra los capitalistas y terrate­nientes y contra la guerra imperialista. Llamó a los obreros a transformar la guerra imperialista en guerra civil, a volver las armas contra el gobierno propio, y actuó en consecuencia.

A los tres años de su inicio, la guerra había devorado millones de vi­das humanas. La burguesía y los terratenientes se enri­quecían con ella, mientras que los obreros y campesinos sufrían cada vez más miseria y más privaciones. La guerra des­truía la economía nacional de Rusia.

El ejército zarista sufría derrota tras derrota. En Palacio, la propia zarina conspiraba a favor de Alemania.

Todo esto despertaba el odio y la cólera contra el gobierno zarista por parte de los obreros, de los campesinos, de los soldados y de los intelectuales, y acentuaba y agudizaba el movimiento revolucionario de las masas populares contra la guerra y contra el zarismo, tanto en la retaguardia como en el frente, lo mismo en el centro que en la periferia.

El descontento comenzó a prender también en la burguesía imperialista rusa. Se iba convenciendo cada vez más de que el gobierno zarista era incapaz para dirigir una guerra victoriosa. Temía que el zarismo, para salvar la situación, recurriese a una paz separada con Alemania. En vista de esto, la burguesía rusa, apoyada por los gobiernos inglés y francés, decidió organizar un golpe pala­ciego para desembarazarse del zar Nicolás II.

A la par que se multiplicaban los reveses en el frente, la ruina de la economía se iba acentuando cada vez más. Masas cada vez más extensas del pueblo iban conven­ciéndose de que no había más que un camino para salir de aquella situación insostenible: el derrocamiento de la autocracia zarista.

La burguesía creía poder resolver la crisis por medio de un golpe palaciego, pero fue el pueblo encabezado por la clase obrera quien derribó al zar mediante la Revolución de Febrero de 1917.

La guerra, que era reflejo de la crisis general del capitalismo, agudizó esta crisis y debilitó el capitalismo mundial. Los obreros de Rusia y el Partido bolchevique fueron los primeros del mundo que supieron aprovechar eficazmente la debilidad del capitalismo para romper el frente imperialista, derribar al zar y volver a organizar los Soviets de diputados obreros, aparecidos ya en la Revolución de 1905 como órganos de la insurrección armada y germen del Poder revolucionario, pero ahora representando también a los soldados, los cuales eran sobre todo campesinos.

Mientras los bolcheviques dirigían la lucha directa de las masas en las calles o se hallaban lejos en el exilio o deportados, los oportunistas mencheviques y socialrevolucionarios maniobraban entre bastidores para hacerse con la dirección de los Soviets y formar un gobierno provisional a espaldas de los bolcheviques, para así proseguir la guerra y dar la espalda a las reivindicaciones del pueblo. Se estableció pues una dualidad de poderes: la dictadura de la burguesía encarnada en el gobierno provisional y la dictadura del proletariado y de los campesinos plasmada en el Soviet de diputados obreros y soldados, al inicio, mayoritariamente representada por los oportunistas. Esto último se explicaba por la ola de elementos pequeñoburgueses que habían despertado a la política contagiando a extensos sectores obreros y también por el hecho de que cerca de un 40 por 100 de los cuadros proletarios estaban movilizados en el ejército, mientras que, con el fin de eludir la movilización, se habían metido en las fábricas, en los años de guerra, muchos pequeños propietarios, artesanos y tenderos, ajenos a la psicología proletaria.

El Partido bolchevique emprendió la tarea de hacer comprender a las masas, embriagadas por los primeros éxitos, que todavía quedaba un largo trecho hasta el triunfo total de la revolución y que el pueblo no obtendría ni la paz, ni la tierra, ni el pan mientras el Poder se hallase en manos del Gobierno provisional de la burguesía y mandasen los oportunistas en los Soviets.

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