Lenin: Sobre las tareas del POSDR en la Revolución Rusa

Lenin realizó este resumen de su conferencia en la Casa del Pueblo de Zurich en Marzo de 1917. En esta conferencia esbozó “las condiciones históricas” que engendraron la revolución rusa, analizando las clases sociales en conflicto y sus diversas posiciones y las distintas tendencias dentro de los soviets. Posteriormente analizó la táctica del proletariado y las tareas de la socialdemocracia (de los comunistas). Este escrito resume las ‘Cartas desde lejos’ y adelanta las ‘Tesis de Abril’ (“Las tareas del proletariado en la presente revolución”) y el “Estado y la Revolución”.

 

Sobre las tareas del POSDR en la Revolución Rusa. Resumen de una conferencia hecho por el autor

La exposición de Lenin que duró dos horas y media, consta de dos partes. En la primera, Lenin esbozó las condiciones históricas que pidieron y debieron engendrar y engendraron el ‘milagro’ de la caída de la monarquía zarista en ocho días. La principal de estas condiciones fue la ‘gran rebelión’ de 1905-1907, tan difamada por los actuales dueños de la situación, los Guchkov y los Miliukov, a quienes entusiasma  la ‘gloriosa revolución’ de 1917. Pero si la revolución realmente profunda de 1905 no hubiera ‘preparado el terreno’, no hubiera revelado, los unos a los otros, a todas las clases y a todos los partidos en la acción y no hubiera mostrado al desnudo, en todo su salvajismo y en toda su brutalidad, a la pandilla zarista, no habría sido posible la rápida victoria de 1917.

Un concurso totalmente excepcional de circunstancias permitió en 1917 unir los golpes asestados al zarismo por las más heterogéneas fuerzas sociales. En primer lugar, el capitalismo financiero anglo-francés, que domina y saquea el mundo entero más que otros, en 1905 estaba en contra de la revolución y ayudó al zarismo (empréstito de 1906) a estrangularla. Ahora, en cambio, ha participado de modo directo y muy activo en la revolución, organizando el complot abierto de los señores Guchkov, Miliukov y una parte de los mandos superiores del ejército para destituir a Nicolás II u obligarlo a hacer concesiones. Mirado con la óptica de la política mundial y del capital financiero internacional, el Gobierno Guchkov-Milkiukov es simplemente agente de la firma bancaria “Inglaterra y Francia”, un instrumento destinado a continuar la masacre imperialista de los pueblos. En segundo lugar, las derrotas de la monarquía zarista hicieron desaparecer los antiguos cuadros de mando del ejército y los reemplazaron por otros, jóvenes y burgueses. En tercer lugar, toda la burguesía rusa, que se estuvo organizando intensamente entre 1905 y 1914 y más rápidamente aún entre 1914 y 1917, se unió a los terratenientes para luchar contra la putrefacta monarquía zarista, buscando enriquecerse mediante el saqueo de Armenia, Constantinopla, Galitzia, etc. En cuarto lugar, a estas fuerzas de carácter imperialista se agregó un profundo y vigoroso movimiento proletario. El proletariado hizo la revolución exigiendo la paz, el pan y la libertad, sin tener nada en común con la burguesía imperialista, y atrajo a la mayoría del ejército, compuesta de obreros y campesinos. La transformación de la guerra imperialista en guerra civil ha comenzado.

De aquí la contradicción fundamental de la revolución actual, que hace que ésta sea sólo la primera etapa de la primera revolución engendrada por la guerra. El Gobierno de los Guchkov-Miliukov, de los terratenientes y los capitalistas, no puede dar al pueblo ni la paz, ni el pan, ni la libertad. Es el Gobierno de la continuación de la guerra expoliadora y ha declarado abiertamente que se mantendrá fiel a los tratados internacionales concertados por el zarismo, tratados en todo rapaces. Este Gobierno, en el caso más favorable para él, podrá postergar la crisis, pero no podrá librar del hambre al país. Tampoco puede dar la libertad por muchas ‘promesas’ que haga (las promesas cuestan poco), porque está ligado por los intereses de la propiedad terrateniente y del capital, comenzó de inmediato a realizar componendas con la dinastía para restaurar la monarquía.

Por eso no hay nada más estúpido que la táctica de ‘apoyar’ al nuevo Gobierno para de este modo, según dicen, ‘luchar contra la reacción’. Para tal lucha es imprescindible armar al proletariado, la única garantía seria y real contra el zarismo y contra los esfuerzos de los Guchkov y los Miliukov por restaurar la monarquía.

Por eso tiene razón el diputado Skóvelev al decir que Rusia ‘se haya en vísperas de una segunda, de una verdadera (wirklich) revolución’.

La organización popular para esa revolución ya existe y crece. Es el Soviet de diputados obreros y soldados, al que por algo difaman los agentes del capital anglo-francés, los corresponsales de The Timen y de Le Temps.

El análisis de las informaciones sobre el Soviet de diputados obreros y soldados publicadas en la prensa ha permitido a Lenin concluir que en aquél existen tres tendencias. La primera está muy cerca de los socialpatriotas. Expresa su confianza a Kerenski, héroe de la fraseología, peón en manos de Guchkov y MIliukov, el peor representante del ‘luisblancismo’, que alimenta a los obreros con promesas vanas, pronuncia frases sonoras al estilo de los socialpatriotas y de los socialpacifistas europeos à la Kautsky y Cía., pero en realidad ‘concilia’ a los obreros con la continuación de la guerra de rapiña. Por boca de Kerenski, la burguesía imperialista de Rusia dice a los obreros: os daremos la república, la jornada de ocho horas (ya se ha implantado en Petersburgo), os prometemos libertades, todo ello para que nos ayudéis a saquear a Turquía, a Austria, a quitarle al imperialismo alemán su botín y a garantizar que el imperialismo anglo-francés conserve el suyo.

La segunda tendencia es la del Comité Central de nuestro Partido, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Los periódicos han publicado un extracto del Manifiesto de nuestro Comité Central, aparecido en San Petersburgo el 18/III. En él se formulan las reivindicaciones siguientes: república democrática, jornada de ocho horas, confiscación de las tierras de los terratenientesen beneficio de los campesinos, confiscación de las existencias de cereales, comienzo inmediato de las negociaciones de paz no por el Gobierno Guchkov-Miliukov, sino por el Soviet de diputados obreros y soldados. Este Soviet, proclama el Manifiesto, es el verdadero Gobierno revolucionario. (Lenin añadió que también el corresponsal de The Times habla de dos gobiernos en Rusia). Las negociaciones de paz inmediata deben realizarse no con los gobiernos burgueses, sino con los proletarios de todos los países beligerantes. El Manifiesto exhorta a todos los obreros, campesinos y soldados a elegir delegados para el Soviet de diputados obreros.

Tal es la única táctica verdaderamente revolucionaria, verdaderamente socialista.

La tercera tendencia es la de Chjeídze y sus amigos. Ellos pendulan, lo cual se refleja claramente en los comentarios de The Times y de Le Temps, que unas veces elogian y otras insultan a Chjeídze. Cuando Chjeídze se negó a formar parte del 2º Gobierno Provisional, cuando declaró que ambos bandos libraban una guerra imperialista, etc., seguía una política proletaria. Cuando Chjeídze formó parte del primer Gobierno Provisional (el ‘Comité de la Duma’), cuando en el apartado 3 de su llamamiento exigió ¡¡la participación de los internacionalistas en el Gobierno de la guerra imperialista!!, cuando él (y Skóbelev) exhortó a ese Gobierno imperialista a comenzar las negociaciones de paz (en lugar de explicar a los obreros que la burguesía estaba atada de pies y manos por los intereses del capital financiero, que no puede desligarse del imperialismo),  cuando los amigos de Chjeídze, Tuliakov y Skóbelev, mandados por el Gobierno de Guchkov-Miliukov van a ‘pacificar’ a los soldados que se han rebelado contra los generales liberales (el asesinato de Nepenin (el almirante Nepenin) ¡¡llorado hasta los imperialistas alemanes!!), entonces Chjeídze y sus amigos caen en el peor ‘luisblancismo’, siguen la política de la burguesía y dañan la causa de la revolución.

Lenin criticó también el mensaje socialpacifista de Gorki y lamentó que este gran escritor abordaba la política repitiendo los prejuicios de la pequeña burguesía.

La segunda parte de la exposición, Lenin la dedicó a mostrar cuál debía ser la táctica del proletariado. Delineó lo peculiar de la situación histórica del momento actual como momento de transición de la primera etapa de la revolución a la segunda, del levantamiento contra el zarismo al levantamiento contra la burguesía y contra la guerra imperialista, o como el paso a la Convención, en lo que se pudiera convertir la Asamblea Constituyente si el Gobierno cumpliese su ‘promesa’ de convocarla.

La tarea especial del momento, la que corresponde a este estado de transición, es la organización del proletariado. Pero no una organización estereotipada que conforme a los traidores del socialismo, a los socialpatriotas y oportunistas de todos los países y también a los kautskistas, sino una organización revolucionaria. Esta organización debe, primero, dar cabida a todo el pueblo y, segundo, conjugar las funciones militares y estatales.

Los oportunistas que predominaban en la II Internacional, tergiversaron la doctrina de Marx y Engels sobre el Estado del período revolucionario. Kautsky, en su polémica con Pannekoek (1912), también abandonó el punto de vista de Marx. Marx nos enseñaba, partiendo de la experiencia de la Comuna de 1871, que “la clase obrera no puede contentarse simplemente con tomar posesión de la máquina estatal ya hecha y obligarla a servir a sus propios objetivos”. El proletariado debe romper esta máquina (el ejército, la policía, la burocracia). Esto es lo que los oportunistas (socialpatriotas) y los kautskistas (socialpacifistas) discuten o disimulan. Esta es la más importante lección práctica de la Comuna de París y de la revolución rusa de 1905.

Nosotros nos distinguimos de los anarquistas en que reconocemos la necesidad del Estado para realizar la transformación revolucionaria. Pero nosotros nos distinguimos de los oportunistas y de los kautskianos en que decimos: no necesitamos la máquina estatal ‘hecha’, tal como existe en las repúblicas burguesas más democráticas, sino el poder directo de los obreros armados y organizados. Este es el Estado que nosotros necesitamos. Un Estado de este género fueron, en esencia, la Comuna de 1871 y los Soviets de diputados obreros de 1905 y 1917. Sobre estos cimientos debemos seguir construyendo. ¡No permitir el restablecimiento de la policía! Convertir la milicia popular en una verdadera milicia de todo el pueblo, dirigida por el proletariado, en ‘nuestro Estado’, estableciendo que los capitalistas paguen a los obreros el tiempo dedicado al servicio en la milicia. Completar ‘los prodigios de heroísmo proletario’, que el proletariado realizó ayer en la lucha contra el zarismo y que realizará mañana en la lucha contra los Guchkov y los Miliukov, con ‘los prodigios de organización proletaria’. ¡He aquí la consigna del movimiento actual! ¡He aquí la garantía del éxito!

Las circunstancias objetivas empujan a los obreros a este camino: el hambre, la necesidad de repartir el pan, la inevitabilidad del ‘servicio civil obligatorio’, la necesidad de obtener la paz. Nuestras condiciones de paz –dijo Lenin- son las siguientes: 1) el Soviet de diputados obreros, como Gobierno revolucionario, declararía inmediatamente que no está ligado por ningún tratado del zarismo ni de la burguesía; 2) publicaría inmediatamente estos canallescos y expoliadores tratados; 3) propondría abiertamente un armisticio inmediato a todos los países beligerantes; 4) propondría la paz a condición de la liberación de todas las colonias y de todos los pueblos de derechos mermados; 5) declararía que no tiene confianza en los gobiernos burgueses y que exhorta a los obreros de todos los países a derrocarlos; 6) declararía que las deudas de guerra fueron contraídas por la burguesía y deben ser pagadas por los capitalistas.

Esta es la política que atraerá a la mayoría de los obreros y de los campesinos pobres hacia los Soviets de diputados obreros. La confiscación de la tierra de los terratenientes estaría garantizada. Esto no sería aún el socialismo. Sería la victoria de los obreros y los campesinos pobres que garantiza la paz, la libertad y el pan. ¡Por tales condiciones de paz también nosotros estamos dispuestos a librar una guerra revolucionaria! Lenin recordó que en el núm. 47 de ‘Social-Demokrat’ (del 13. X. 1915) ya se había declarado que la socialdemocracia no renuncia a una guerra revolucionaria de esta índole. La ayuda del proletariado de todos los países estaría asegurada. Los viles llamamientos de los socialpatriotas (como la vergonzante carta de Guesde: Primero la victoria, después la república) se desvanecerían como humo.

El conferencista terminó su exposición con las palabras: ¡Viva la revolución rusa! ¡Viva la revolución obrera mundial que ha comenzado!

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