La intervención extranjera y la guerra civil contra la Rusia Soviética (1918-1920)

Los terratenientes y capitalistas, derrotados por la Revolución de Octubre, en unión de los generales blancos, zaristas, se confabularon con los gobiernos de los países de la Entente (Inglaterra, Francia, Japón, Estados Unidos, etc.) –preocupados con el contagio revolucionario y con el alivio para Alemania de la firma de un tratado de paz con Rusia-, para desencadenar una agresión militar conjunta contra el País de los Soviets y acabar con la revolución socialista en Rusia. Pese a estar en guerra con estos países y a su acuerdo de paz con el País Soviético, el imperialismo alemán también colaboró militarmente en la agresión y el cerco al mismo.  Atacando desde diversos puntos de la periferia del país desde marzo de 1918, la contrarrevolución armada consiguió dejar aisladas a las principales ciudades de sus centros de aprovisionamiento y de sus bases de materias primas.

La vida se volvió terriblemente dura: en las zonas ocupadas, los reaccionarios restauraban las leyes autocráticas, encarcelaban, torturaban, fusilaban y aniquilaban barriadas y pueblos; en las zonas bajo Poder Soviético, las fábricas estaban casi siempre paradas por falta de materias primas, escaseaba el pan y el hambre atenazaba a los obreros. Pero ni la clase obrera ni su partido se amilanaron. Cientos de miles de obreros y campesinos, entre los cuales cerca de la mitad de los miembros del Partido y de las Juventudes Comunistas, se enrolaron como voluntarios en el Ejército Rojo obrero y campesino, y se fueron al frente.

Soldados norteamericanos entrando en Vladivostok en 1918.

Los bolcheviques se prepararon intensivamente para una larga guerra y decidieron poner a toda la retaguardia al servicio del frente. El Gobierno soviético implantó el “comunismo de guerra”, es decir, todo un sistema de medidas provisionales impuestas por las necesidades de defensa del país: control estatal de toda la industria, también la mediana y la pequeña, para acumular los artículos de primera necesidad para abastecer de ellos al ejército y al campo; monopolio del comercio de trigo, prohibición del comercio privado de cereales e introducción del sistema de contingentación de productos agrícolas, con objeto de controlar todo el excedente de los productos recolectados por los campesinos, formar un stock de trigo y abastecer de víveres al ejército y a los obreros; finalmente, implantación del trabajo general obligatorio para todas las clases de la población bajo el lema “El que no trabaja, no come”, sustituyendo los burgueses a los obreros en las tareas menos relevantes para así destinar a éstos a los trabajos más importantes para el frente.

La derrota militar de Alemania y el fin de la guerra entre los dos bloques imperialistas de Europa en noviembre de 1918, por un lado, fortalecieron la Entente, la cual recrudeció su intervención y creó nuevas dificultades al País de los Soviets. Sin embargo, por otro lado, el desenlace de la Primera Guerra Mundial permitió a Rusia liberarse del yugo del Tratado de Brest-Litovsk, provocó el estallido de la revolución en Alemania y Hungría, y encendió un movimiento revolucionario en muchos países de Europa, lo que creó una situación internacional favorable para el Poder Soviético y alivió la situación del país. La oleada revolucionaria impulsó la constitución de Partidos Comunistas en Europa, lo cual proporcionó la base necesaria para creación de la Tercera Internacional, la Internacional Comunista, en marzo de 1919.

Lenin en el Congreso del Konsomol

Poco después, se reunió también el VIII Congreso del PC (b) de Rusia en el que se acordó sustituir la política de neutralizar a los campesinos medios por la de llegar a una alianza estable con ellos. Esto, junto con el hecho de que el triunfo de los guardias blancos conducía a la restauración del poder de los terratenientes, con su secuela de despojos de tierras, saqueos, torturas y apaleamientos, además de la experiencia de lucha de los Comités de Campesinos Pobres contra los kulaks, llevó a los campesinos medios a ponerse más y más de parte del Poder Soviético. En el Congreso, Bujarin ponía en peligro la comprensión teórica de esta nueva política, al pretender suprimir del programa del Partido la explicación sobre el capitalismo pre-imperialista y la producción mercantil simple que es la base para comprender la importancia del campesinado medio y el desarrollo de los elementos de capitalismo (kulaks). También se oponía, junto con Piatákov, a que se reconociera a las nacionalidades del País soviético el derecho de autodeterminación. El Congreso examinó asimismo los problemas militares: por una parte, defendió la creación de un Ejército Rojo regular, férreamente disciplinado y que empleara militares profesionales del viejo ejército; por otra parte, criticó a Trotski que, como máximo dirigente militar, exageraba este aspecto, le exigió que mejorase la actuación de los organismos militares centrales y que reforzase el papel de los comunistas dentro del Ejército.

Durante una breve tregua, tras la derrota de los principales levantamientos de guardias blancos e intervencionistas extranjeros (capitaneadas por Kolchak, Yudénich, Denikin y Krasnov) y después del levantamiento del bloqueo de la Rusia Soviética por parte de Inglaterra, Francia e Italia, a principios de 1920, se celebró, en marzo de ese año, el IX Congreso del Partido que examinó los problemas de la restauración económica y de la conversión de los 5 millones de soldados movilizados del Ejército Rojo en un Ejército de trabajo. Trató del papel de los sindicatos en la edificación económica, de la formación de un plan económico centrado en la electrificación del país y tuvo que hacer frente al grupo “centralismo democrático” que se oponía a la dirección y responsabilidad personal en nombre del principio colectivista del socialismo, así como a Trotski por su pretensión de mantener la militarización de la economía durante todo el período de construcción de la nueva sociedad.

El Ejército Rojo derrota a los Guardias Blancos

Al mes siguiente, se produjo la invasión de tropas polacas al mando de Pilsudski y, desde Crimea, el ataque de los restos del ejército de Denikin reunidos por el general Wrangel y ayudadas por las bandas anarquistas de Majnó. La contraofensiva soviética derrotó estas intervenciones hacia finales de 1920, si bien la de los japoneses en el Extremo Oriente se prolongó hasta 1922.

La República de los Soviets y su Ejército Rojo (que sufrió casi un millón de bajas) fueron aplastando una tras otra todas las intentonas contrarrevolucionarias –a veces, ayudados por los obreros extranjeros alistados por los gobiernos intervencionistas que se sublevaban contra sus mandos- hasta limpiar de ellas a todo el territorio soviético. Por tanto, la primera agresión armada del capital internacional (reuniendo 14 Estados, según el gobernante británico Winston Churchill) contra el país del socialismo terminó con una bancarrota completa de aquél. A pesar de las ventajas militares, técnicas y económicas de sus expediciones, éstas fueron derrotadas:

1º) porque la política del Poder soviético satisfacía los intereses y la voluntad de las masas mayoritarias del pueblo;

2º) porque el Ejército Rojo era realmente popular;

3º) porque todo el país, incluida la retaguardia, fue convertido en un campamento de guerra al servicio del frente;

4º) porque la dirección de la guerra estaba en manos de un partido disciplinado, abnegado, revolucionario y capaz de organizar al pueblo como era el Partido Comunista (bolchevique) de Rusia, el cual llegó a duplicar sus efectivos en este durísimo período;

5º) porque el Ejército Rojo supo forjar jefes militares, héroes, educadores y comisarios políticos; porque en la retaguardia del enemigo había militantes y guerrilleros bolcheviques que luchaban clandestinamente para sublevar a los obreros y campesinos contra los reaccionarios y para ayudar al Ejército Rojo;

6º) y porque el País de los Soviets contaba con la simpatía y la solidaridad activa del movimiento obrero internacional que organizaba huelgas y otras acciones bajo la consigna de “¡Fuera las manos de la Rusia Soviética!”.

El carácter popular del Poder Soviético se manifestó también en que, durante este período de guerra y agudas privaciones, se multiplicó el número de escuelas (siendo gratuitos el material didáctico y los comedores), bibliotecas, periódicos en diversas lenguas del país, establecimientos preescolares y consultorios infantiles. No es de extrañar que la iniciativa de los “sábados rojos” que tomaron 781 ferroviarios comunistas, en la primavera de 1919, –consistente en trabajar gratuitamente los sábados para contribuir a la victoria- se extendiera rápidamente por todo el país y, un año después, la siguieran más de 40 mil trabajadores y trabajadoras.

Los partidos derrotados por la revolución –los socialrevolucionarios, los mencheviques, los anarquistas, los nacionalistas- apoyaron durante el período de la intervención armada a los generales blancos y a los intervencionistas, organizaron complots contrarrevolucionarios contra la República de los Soviets y actos de terrorismo contra los dirigentes soviéticos. Estos partidos, que antes de la Revolución de Octubre habían llegado a tener cierta influencia entre la clase obrera, durante el período de la guerra civil quedaron completamente desenmascarados a los ojos de las masas del pueblo como partidos contrarrevolucionarios. El período de la guerra civil y de la intervención armada marca el hundimiento político de estos partidos y el triunfo definitivo del Partido Comunista en el País Soviético.

 

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