El restablecimiento de la economía nacional y la fundación de la URSS (1920-1923)

La victoria en la guerra civil y contra la intervención extranjera había evidenciado la fuerza y la vitalidad de la Revolución de Octubre. Pero quedaba por delante el reto de restaurar la economía nacional, poner en orden la industria, el transporte y la agricultura, como base para poder edificar el socialismo y estimular de esta manera la lucha revolucionaria de los obreros y campesinos en el resto del mundo. El país estaba arruinado por los cuatro años de guerra imperialista y los tres años de levantamientos armados contrarrevolucionarios. En 1920, la producción global de la agricultura era sólo la mitad de la que se alcanzaba antes de la guerra, y la de la gran industria era siete veces menor. La mayoría de las fábricas estaban paradas, las minas derrumbadas, el transporte deshecho, las reservas agotadas y escaseaban el combustible y los artículos de primera necesidad. La gente se resignaba a esta situación mientras hubo guerra, pero, después, empezó a exigir que se le pusiese remedio inmediatamente. En particular, los campesinos manifestaban su descontento por el sistema de contingentación del “comunismo de guerra”. La clase obrera, por su parte, daba muestras de descomposición. Había soportado el peso principal de la guerra civil. Los mejores proletarios, los más conscientes, abnegados y disciplinados luchaban con entusiasmo por el socialismo, pero la depresión industrial dispersaba a las masas de la clase: una parte emigraba al campo perdiendo así su condición de clase y, en el resto, el hambre y el cansancio hacían mella en su actitud política.

El Partido empezó a cambiar la orientación de su trabajo en el terreno económico, pero el enemigo de clase aprovechó la difícil situación por la que atravesaba el país para provocar sublevaciones en diversos lugares, como la base naval de Cronstadt, enmascarando su antisovietismo con la consigna: “¡Por los Soviets, pero sin comunistas!”. Todas ellas fueron derrotadas por el Ejército Rojo, pero pusieron de manifiesto la necesidad imperiosa de acabar con el severo régimen del “comunismo de guerra”, impuesto por la anterior situación bélica y el bloqueo.

En la agricultura, el sistema de contingentación fue sustituido por un impuesto en especie, para que los campesinos pudiesen disponer de los excedentes de su producción. El estado de las fuerzas productivas se había vuelto tan raquítico que no se podían realizar medidas socialistas de superación del capitalismo, sino que se hacía necesario reanimar la pequeña producción privada de los campesinos. Esto permitiría levantar la agricultura, incrementar la producción de cereales y de los cultivos técnicos necesarios para el desarrollo de la industria, activar la circulación de mercancías dentro del país, mejorar el abastecimiento de las ciudades y sentar una nueva base económica para la alianza entre los obreros y los campesinos.

También se hacía necesario reanimar la industria y esto exigía que las masas de la clase obrera y sus sindicatos luchasen por ello con el mismo ímpetu con que se habían enfrentado a los contrarrevolucionarios.

Sin embargo, la descomposición de la clase obrera también se vio reflejada en el Partido bolchevique (tanto entre sus militantes más antiguos como entre los muchos que, durante la guerra civil, habían ingresado procedentes de los partidos pequeñoburgueses contrarrevolucionarios), manifestándose en la formación de diversos grupos minoritarios de oposición confusos y vacilantes ante el necesario viraje en la política económica de los comunistas rusos: los trotskistas, la “oposición obrera”, los “comunistas de izquierda”, los “centralistas democráticos”, etc. Así iban a aparecer diversos líderes oposicionistas que arrastraban al Partido a un debate tras otro, en vez de aplicar disciplinadamente las decisiones acordadas por mayoría para atender las emergencias económicas.

La discusión comenzó por la cuestión del papel de los sindicatos, a pesar de que, por aquel entonces, había otros problemas más acuciantes. Trotski, el promotor de la controversia al que luego se uniría Bujarin, sostenía el punto de vista de “apretar los tornillos”, de “sacudir a los sindicatos” y de proceder a la inmediata “estatificación de los sindicatos”. En definitiva, abogaba por trasplantar a los sindicatos los métodos militares coactivos y se oponía a proceder por medio de la persuasión, del convencimiento con relación a las masas obreras. Concretamente, era contrario al desarrollo de la democracia dentro de los sindicatos y a la elección de los dirigentes sindicales por sus afiliados. Allí donde dirigían los trotskistas, su política provocaba conflictos y escisiones, enfrentando a las masas obreras con los bolcheviques y dividiendo a la clase obrera. Estaba en juego la línea de masas del Partido.

Se manifestaron entonces los demás grupos de oposición. La “oposición obrera” pretendía que se entregase la dirección de toda la economía nacional al “Congreso de productores de toda Rusia”. Siguiendo una línea anarco-sindicalista, consideraba a los sindicatos como la forma más alta de organización de la clase obrera, mientras que negaba al Partido Comunista y al Estado de la dictadura del proletariado el papel principal en la edificación económica del socialismo. El grupo del “centralismo democrático” reivindicaba la libertad más completa para la formación de fracciones dentro del Partido, quebrando así la necesaria disciplina y la capacidad dirigente del mismo, la cual exige poner término a los debates y a los desacuerdos cuando ya se ha tomado una decisión. Frente a todos ellos, Lenin y la mayoría de la dirección bolchevique defendieron la primacía de la política en la construcción del socialismo y orientaron a los sindicatos a convertirse en una escuela de gobierno, una escuela de administración y una escuela de comunismo. Sólo mediante la persuasión podrían poner en pie a todos los obreros para la lucha contra la ruina económica y por la edificación de una nueva economía.

El X Congreso del PC (b) de Rusia, celebrado en marzo de 1921, aprobó por una aplastante mayoría la plataforma leninista, valoró la polémica desatada como un lujo intolerable y condenó a todos los grupos de oposición, ordenando su inmediata disolución, porque, “de hecho, ayudan al enemigo de clase de la revolución proletaria”. El Congreso dio plenos poderes al Comité Central para hacer cumplir esta resolución, incluida la posibilidad de expulsar del Partido a sus infractores. Las agudas divergencias en el partido de vanguardia de la clase obrera se explicaban por las vacilaciones producidas entre la población pequeñoburguesa en la situación de ruina post-bélica, pero, precisamente por ello, se volvían inadmisibles porque impedían remediar tal situación conforme a los intereses del socialismo proletario. Como sucedió en anteriores revoluciones, cuando éstas se hallan en su fase ascendente, la contrarrevolución ya no iba a combatir al Poder Soviético a cara descubierta, sino apoyando a los grupos pequeñoburgueses más próximos al partido revolucionario extremo y a las fracciones del mismo que vehiculasen la influencia de la pequeña burguesía.

Este Congreso aprobó asimismo el viraje del “comunismo de guerra” a la “Nueva política económica” (NEP). Los leninistas eran conscientes de que iba a suponer una cierta reanimación del capitalismo, pero ello era necesario para restaurar las fuerzas productivas más elementales, la base económica para luego poder pasar resueltamente a la ofensiva contra el capital, por el socialismo. El “comunismo de guerra” había sido el obligado intento de tomar por asalto, atacando de frente, la fortaleza de los elementos capitalistas de la ciudad y del campo. En este ataque, el Partido había avanzado demasiado, exponiéndose al peligro de perder el contacto con su base. Ahora, se trataba de efectuar un pequeño repliegue, retroceder provisionalmente para acercarse a la retaguardia, pasar de la lucha por asalto al método más lento de cercar la fortaleza para acumular fuerzas, y luego lanzarse de nuevo al ataque. En cambio, los trotskistas y otros oposicionistas veían en la NEP exclusivamente una retirada. En realidad, no se trataba de una retirada cualquiera, fruto de una derrota, puesto que las fuerzas revolucionarias acababan de lograr la victoria militar, sino de una retirada momentánea y sólo en cierto aspecto, para restablecer la unidad de la vanguardia y las masas proletarias, así como la de la clase obrera y el campesinado, resentidas por la tensión de fuerzas que supuso la guerra civil. Con la NEP, se consolidaba pues la lucha por el socialismo y, ya al año siguiente, el Partido declaraba que el repliegue había terminado y comenzaba la ofensiva contra el capital privado.

La cuestión nacional también fue abordada por el X Congreso, el cual valoró que la revolución había puesto fin a la opresión nacional y que, ahora, se trataba de acabar con la gravosa herencia del pasado, con el atraso económico, político y cultural de los pueblos antes oprimidos, para elevarlos hasta el nivel de la Rusia central. Para ello, había que combatir el chovinismo absorcionista “gran-ruso” y el nacionalismo localista, dirigiendo el golpe principal contra el primero.

El éxito de la NEP se veía amenazado por la presencia en el Partido bolchevique de dos categorías de elementos inestables. Por una parte, estaban los que se alarmaban y desmoralizaban a las masas, denunciando que esta política significaba la renuncia a las conquistas de la Revolución de Octubre y la vuelta al capitalismo. Por otra parte, estaban los que la apoyaban pero entendiéndola como una renuncia a construir el socialismo en Rusia, como una capitulación inevitable de la economía atrasada del país ante el capitalismo a cambio de mantener el Poder soviético y aguantar hasta que estallara la revolución en Europa occidental. En esta línea, irían situándose dirigentes con importantes cargos como Trotski, Kámenev, Zinóviev, Bujarin, etc. La confusión en el Partido amenazaba con paralizarlo en la conducción de este viraje capital que era la Nep. Por eso, además de luchar contra estos puntos de vista erróneos, se emprendió una depuración de las filas del bolchevismo, en asambleas públicas y con intervención de trabajadores que no militaban en el Partido pero que tenían mucho que decir para que éste conservara su carácter de vanguardia. En un año, fueron expulsados casi doscientos mil militantes quedando poco más de medio millón.

La justeza de la NEP se comprobó en pocos meses: se fortaleció la alianza entre la clase obrera y el campesinado, los campesinos medios ayudaron a combatir las acciones contrarrevolucionarias de los campesinos ricos y explotadores (kulaks), la agricultura y la industria experimentaron pequeños progresos, mientras el Poder Soviético conservaba todas las posiciones de mando de la economía nacional, etc. Comenzó a desarrollarse la planificación central de la economía a partir del Plan GOELRO de electrificación de Rusia. Lenin resumía el comunismo como el Poder Soviético más la electrificación de todo el país. Se fundó la Comisión Estatal de Planificación (GOSPLAN) que, seis años más tarde, iba a centralizar la elaboración y ejecución de los planes quinquenales que harían de la URSS una de las mayores potencias mundiales, capaz de vencer la agresión del nazi-fascismo y de enfrentar luego la “guerra fría” que le impuso el imperialismo occidental.

En marzo de 1922, se reunió el XI Congreso del Partido, el cual constató estos resultados y proclamó el fin del repliegue, convirtiéndose la NEP en la política para la lucha victoriosa del socialismo sobre el capitalismo. Para ello, se hacía preciso asegurar las relaciones económicas entre obreros y campesinos, entre industria y agricultura, entre ciudad y campo, aprendiendo a administrar y a comerciar de un modo culto. Había que organizar un comercio de Estado y un comercio cooperativo capaz de sustituir al de los Nepman, es decir, los comerciantes privados que especulaban con la escasez para enriquecerse. En los meses siguientes, continuó mejorando la agricultura, la industria y el transporte.

A propuesta de Lenin, el Comité Central del Partido, en su reunión plenaria posterior al Congreso, designó como su primer Secretario General a Stalin. Se trataba de un dirigente comunista que había entregado toda su vida militante a la causa del bolchevismo y que, en todo momento, había permanecido fiel a los principios defendidos por Lenin, al margen de escasos episodios de poca importancia en los que mostró una actitud demasiado moderada hacia el Gobierno provisional burgués hasta la llegada de Lenin a Petrogrado, hacia la “oposición militar” en el VIII Congreso del Partido y en algún otro caso más (sin llegar nunca a formar plataformas frente a Lenin ni a provocar luchas dentro del Partido). Había destacado por sus dotes de agitador y de organizador, y por su disciplina y capacidad de sacrificio al servicio del comunismo a pesar de las múltiples condenas y persecuciones que sufrió por parte del zarismo. Además, había sido el encargado de elaborar la política sobre nacionalidades, el director del diario “Pravda” y el responsable del Centro Revolucionario Militar del Comité Central encargado de dirigir la insurrección de Octubre.

En diciembre de 1922, se celebró el primer Congreso de los Soviets de toda la Unión, el cual fundó la unión estatal libremente consentida de los pueblos soviéticos: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, donde cada república conservaba el derecho a separarse de la Unión. Este logro fue el fruto de la perspicacia de Lenin y de otros dirigentes bolcheviques. Entre ellos, destacó Stalin con sus largos años de trabajo al frente de la política de nacionalidades del partido y del gobierno soviético, a pesar de que, tanto en la fundación de la URSS como en el conflicto con la República de Georgia, Lenin le criticó por desviarse hacia el chovinismo gran-ruso.

En otoño de ese año, Lenin cayó gravemente enfermo, aunque todavía aportó durante algunos meses importantes reflexiones sobre el camino a seguir para la edificación del socialismo. Dado el predominio de la pequeña economía individual, sobre todo en la agricultura, proponía avanzar a través de la cooperación, incorporando así a las más amplias masas de la población a la vía del colectivismo. Y esto exigía a su vez impulsar una revolución cultural que sacase al campesinado y al país en general de su atraso en esta materia. Bajo el Estado de la dictadura del proletariado, poseyendo éste las principales empresas industriales y con la alianza de los obreros y los campesinos, la cooperación era el medio para conquistar el socialismo. El país contaba pues “con todos los elementos necesarios para construir una sociedad socialista completa”. Como manifestara en su último discurso el fundador del bolchevismo: “de la Rusia de la Nep saldría la Rusia socialista”.

También estaba muy preocupado por el peligro de escisión en el Partido, debido sobre todo a las relaciones entre Stalin y Trotski. Escribió una Carta al Congreso, en la que caracterizaba a los principales dirigentes y recomendaba el relevo del primero del puesto de Secretario General. Este mal llamado “testamento político” ha sido explotado interesadamente por muchos para renegar de la obra revolucionaria posterior de construcción del socialismo dirigida por Stalin y para combatir la influencia de los comunistas entre las masas trabajadoras. Sin embargo, hay que advertir que la recomendación se refiere a un momento particular en el que Lenin está limitado en su actividad política por culpa de la enfermedad que sufre y que, en su Carta, no propone ningún candidato alternativo para la Secretaría General. Al contrario, enumera los defectos políticos, ideológicos o filosóficos de todos los líderes revolucionarios, excepto de Stalin, a quien reprocha únicamente sus defectos personales, de carácter y actitud (falta de prudencia, de tolerancia, de lealtad, de cortesía, de consideración; demasiado rudo, caprichoso; tendencia a apresurarse; etc.). Al tener conocimiento de la Carta, Stalin expresó su propósito de enmienda, pero, cualquiera que fuera su capacidad de rectificación, los proletarios conscientes de hoy no debemos perder de vista que hay algo mucho más importante que los rasgos personales de un líder: aprender sin prejuicios de lo que fue el desarrollo social posterior de los más de cien millones de habitantes de la URSS, de la lucha por el progreso económico, de la lucha de clases y de la lucha ideológico-política que se dio en el seno del Partido bolchevique para orientar toda la obra revolucionaria.

Es absurdo que la evolución positiva de la Unión Soviética en esos años se consiguiera a pesar de Stalin que fue su principal dirigente, tal como hicieron los revisionistas que le sucedieron. No menos absurda es la posición actual de la burguesía internacional que, en unos casos, niega contra toda evidencia los progresos de la URSS y, en otros, pretende que fueron impuestos a la fuerza a la mayoría de la población, a las clases anteriormente dominantes y a las potencias capitalistas que le eran hostiles: ¿de dónde sacaron entonces los bolcheviques esa fuerza que pudo vencer a tantos y tan poderosos enemigos?

Las lecciones de la experiencia soviética, claro está, no son para aplicarlas mecánicamente, sino para divulgarlas devolviendo a los explotados la esperanza en el socialismo y para tenerlas en cuenta en el transcurso de nuestra propia obra revolucionaria, nueva y original.

En abril de 1923, se celebró el XII Congreso del PC (b) de la Rusia, sin la presencia de Lenin, pero aprobando las orientaciones fundamentales que éste había transmitido en sus últimos artículos y cartas. El órgano máximo de los comunistas confirmó el monopolio del comercio exterior, frente a la pretensión de Bujarin y Sokólnikov de acabar con él, y rechazó la propuesta de algunos trotskistas de conceder a capitalistas extranjeros ciertas empresas industriales fundamentales, de pagar la deuda exterior del gobierno zarista y de cerrar importantes fábricas “no rentables”. También adoptó, a propuesta de Lenin, medidas para reforzar la unidad del Partido, la composición obrera de su Comité Central, la disciplina y el aparato del Estado, contra la burocracia.

A lo largo de aquel año, la economía siguió desarrollándose pero se agudizaron ciertas contradicciones. La industria estaba rezagada respecto de las necesidades del intercambio con la agricultura. Además de que su lento desarrollo no permitía absorber el paro forzoso de cerca de un millón de trabajadores, esta situación era aprovechada por los especuladores y los elementos burocráticos para elevar artificialmente el precio de los productos manufacturados, de manera que se producía un desequilibrio con el precio relativamente bajo del trigo. Además, los trotskistas Piatakov, en la práctica, y Preobrazhenski, en la teoría, sostenían el criterio de fomentar la industria a costa de explotar al campesinado, puesto que desconfiaban de la posibilidad de edificar el socialismo en Rusia sobre la base de la alianza de la clase obrera con las grandes masas campesinas. Su política pseudo-industrialista producía, en realidad,  un resultado opuesto a sus pretensiones: los campesinos dejaban de comprar productos industriales, las fábricas no vendían y los obreros no cobraban sus salarios, viéndose obligados a buscar su sustento fuera de la industria. El problema se fue solucionando con una rebaja de los precios de los artículos de consumo popular, con una reforma monetaria y con la depuración de los organismos estatales y cooperativos de comercio.

Entretanto, el 21 de enero de 1924 moría Lenin, el fundador del Partido bolchevique, gran teórico y dirigente del proletariado internacional. El día de su entierro, en el mundo entero, los obreros decretaron un paro de cinco minutos en su memoria. Y en Rusia, miles de obreros de vanguardia elevaron su compromiso con la causa de Lenin, solicitando su ingreso en el Partido Comunista: fue la “promoción leninista” que supuso la afiliación de más de 240.000 obreros.

 

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