La primera tentativa del trotskismo de tomar la dirección del Partido Comunista

Tras cuatro años de guerra imperialista mundial y tres años de guerra civil e intervención militar extranjera, los bolcheviques encontraban grandes dificultades para que Rusia recuperara el nivel económico anterior. Estas dificultades agudizaron los conflictos entre los partidarios de Trotski y los demás dirigentes del partido, poniendo de manifiesto que la relativa unidad entre ellos a la hora de conquistar el Poder Soviético y defenderlo daba paso a profundas diferencias sobre el papel de la URSS en la revolución proletaria internacional. Estas divergencias de fondo repercutían negativamente, a su vez, sobre la labor económica y política, la cual se venía orientando en un sentido opuesto al que deseaban los trotskistas. Es así como éstos lanzaron un órdago creciente al resto del Partido, coincidiendo con la enfermedad terminal de Lenin y su pérdida. Los años siguientes iban a conocer el despliegue de los argumentos de cada parte y a determinar la correlación de fuerzas entre ellas en las filas bolcheviques y en la sociedad soviética.

La derrota de las acciones revolucionarias en Alemania, Bulgaria, Polonia e Italia, que marcaría el inicio del primer reflujo de la revolución proletaria mundial, así como las dificultades económicas en Rusia, conforman el contexto en el que Trotski envía, el 8 de octubre de 1923, una carta a los organismos dirigentes del Partido denunciando el “régimen secretarial”, reclamando la renovación de su aparato y proponiendo –contra el criterio de Lenin- cerrar empresas industriales todavía no rentables pero estratégicas. Siete días después, sus seguidores, sin él pero en conjunto con los restos de los grupos de oposición, todos ellos funcionarios con responsabilidades, se reúnen para suscribir la “declaración de los 46 oposicionistas” con argumentos coincidentes. En ella, pronosticaban una terrible crisis económica y el hundimiento del Poder soviético. Entre las causas de la crisis de precios entre la industria y la agricultura, estaba el hecho de que el capital privado controlaba la mayoría del comercio, la pervivencia de métodos de dirección del “comunismo de guerra”, pero también que el trotskista Piatakov en su cargo de dirigente del Consejo Supremo de la Economía Nacional orientaba a las empresas estatales a obtener el mayor beneficio posible elevando el precio de venta de sus productos.

Pero la oposición veía la solución de los problemas en el establecimiento de la libertad de fracciones en el seno del PC, prohibidas por su X Congreso. A finales de ese año, se publicó una carta de Trotski titulada “Un nuevo rumbo” (además de intervenciones de otros trotskistas como Preobrazhenski, Saprónov, Antónov-Ovséenko, Murálov y Konstantínov) en la que oponía el aparato del Partido a sus afiliados y acusaba a los viejos cuadros de degenerar al estilo de la II Internacional, mientras adulaba a la juventud estudiantil calificándola de “el barómetro más fiel del partido”, a pesar de que, en aquel momento, sólo una minoría de ésta era de extracción obrera y campesina. El Partido tuvo que dedicar sus fuerzas a este debate, en el transcurso del cual los trotskistas sólo lograron el apoyo de un número reducido de células de escuelas superiores y de organismos administrativos. En enero de 1924, hizo balance de esta discusión la XIII Conferencia del Partido, que condenó a la oposición trotskista como “desviación pequeñoburguesa del marxismo”, como reflejo objetivo de “la presión de la pequeña burguesía sobre las posiciones del partido proletario y su política”. Esta resolución fue posteriormente refrendada por el V Congreso de la Internacional Comunista.

La XIII Conferencia y el XIII Congreso del Partido condenaron a la oposición trotskista como ‘desviación pequeñoburguesa del marxismo’

El XIII Congreso del Partido se reunió en mayo de 1924. Condenó la plataforma de oposición trotskista, definiéndola como una revisión del leninismo, y confirmó las resoluciones de la XIII Conferencia. Además, de cara a reforzar la alianza con el campesinado, acordó favorecer el desarrollo de la industria ligera y de la metalurgia, ratificó la creación de un Comisariado del Pueblo del Comercio Interior, aprobó la concesión de créditos a bajo tipo de interés a favor de los campesinos para desalojar del campo a los usureros y resolvió impulsar la cooperación agraria por todos los medios. Finalmente, destacó la importancia de la promoción leninista de nuevos afiliados al Partido y la necesidad de reforzar su educación en los fundamentos del leninismo: esta promoción hizo crecer la proporción de obreros en las filas bolcheviques del 44 al 60% en tan solo ocho meses.

A partir del XIII Congreso, la oposición trotskista profundizó en su revisión de la historia de la revolución y del Partido. La dividía en dos etapas muy diferenciadas, casi opuestas –antes y después de las Tesis de Abril escritas por Lenin- y argumentaba la existencia de un doble liderazgo personal en la segunda de ellas: el de Lenin y Trotski. Así procedían Preobrazhenski, Radek y, sobre todo, el propio Trotski que, en el otoño siguiente, escribió una introducción al tercer tomo de sus obras titulada “Las enseñanzas de la Revolución de Octubre”, en la que denigraba a los dirigentes bolcheviques y pretendía haber sido el mejor revolucionario, poco menos que afirmando la conversión de Lenin al trotskismo.

Las denuncias de los trotskistas contenían algunas verdades o medias verdades, pero lo más importante es comprender qué propósito había detrás de las mismas. Es evidente que pretendían sustituir a los veteranos bolcheviques en la dirección del Partido, objetivo que podía ser legítimo si éstos cometían ciertos errores políticos peligrosos para la suerte de la revolución y si se negaban a corregirlos. Pero, lo que Trotski juzgaba como errores eran también los principios del bolchevismo. Ya en 1919, 1922 y 1923, había aprovechado la reedición de varias de sus obras anteriores a Octubre para insistir en la defensa de su teoría de la “revolución permanente” y en su concepción individualista del Partido. La grave enfermedad y posterior muerte de Lenin le brindaba la oportunidad de luchar por imponer su línea al Partido. La lucha entre la mayoría bolchevique y la oposición agrupada en torno a Trotski reflejaría ideológicamente la disyuntiva entre edificar el socialismo en la URSS o esperar a la revolución internacional.

La lucha entre la mayoría bolchevique y la oposición agrupada en torno a Trotski reflejaría ideológicamente la disyuntiva entre edificar el socialismo en la URSS o esperar a la revolución internacional.

Citaremos a continuación unos pocos fragmentos de la obra de Trotski que expresan su particular concepción, ajena al leninismo, de la línea estratégica de la revolución:

Precisamente en el intervalo entre el 9 de enero y la huelga de octubre de 1905 fue cuando llegó el autor a las concepciones acerca del carácter del desarrollo revolucionario de Rusia que han recibido el nombre de teoría de la ‘revolución permanente’. Esta denominación abstrusa expresaba la idea de que la revolución rusa, ante la cual se alzan de manera inmediata objetivos burgueses, no podrá, sin embargo, detenerse en ellos. La revolución no podrá resolver sus tareas burguesas más inmediatas sino colocando en el Poder al proletariado. Y este último, al tomar el Poder en sus manos, no podrá por menos de rebasar el marco burgués en la revolución. Al contrario: precisamente para asegurar su victoria, la vanguardia proletaria tendrá que hacer, desde los primeros pasos de su dominación, las más profundas incursiones, no sólo en la propiedad feudal, sino también en la propiedad burguesa. Este modo de proceder le llevará a choques hostiles, no sólo con todos los grupos burgueses que le apoyaron en los primeros momentos de su lucha revolucionaria, sino también con las vastas masas campesinas, con ayuda de las cuales ha llegado al Poder. Las contradicciones en la situación del gobierno obrero en un país atrasado, en el que la mayoría aplastante de la población está compuesta de campesinos, podrán ser solucionadas sólo en el plano internacional, en la palestra de la revolución mundial del proletariado.” (Prefacio escrito en 1922 para su obra 1905)

Sin un apoyo estatal directo del proletariado europeo, la clase obrera de Rusia no podrá mantenerse en el Poder y transformar su dominación temporal en una dictadura socialista duradera. De ello no cabe dudar ni un instante.” (Nuestra revolución, escrito en 1906)

Que ningún país debe ‘aguardar’ a los otros en su lucha, es una idea elemental que es útil y necesario repetir, para que la idea de una acción internacional paralela no sea sustituida por la idea de una inactividad internacional expectante. Sin aguardar a los demás, comenzamos y continuamos la lucha en el terreno nacional, con la plena seguridad de que nuestra iniciativa impulsará la lucha en otros países; y, si esto no sucediese, no hay ningún fundamento para suponer –así lo atestiguan la experiencia histórica y las consideraciones teóricas- que la Rusia revolucionaria, por ejemplo, podría sostenerse frente a la Europa conservadora o que la Alemania socialista podría subsistir aislada en un mundo capitalista.” (El programa de la paz, escrito en 1917)

Mientras en los demás Estados europeos se mantenga en el Poder la burguesía, nos veremos obligados, en la lucha contra el aislamiento económico, a buscar acuerdos con el mundo capitalista; al mismo tiempo, puede afirmarse con toda certidumbre que estos acuerdos pueden, en el mejor de los casos, ayudarnos a cicatrizar una u otra herida económica, a dar uno u otro paso adelante, pero el verdadero auge de la economía socialista en Rusia no será posible más que después de la victoria del proletariado en los países más importantes de Europa.” (Epílogo escrito en 1922 para su obra El programa de la paz)

Como se ve, Trotski no compartía la convicción de Lenin de que Rusia estaba en condiciones de construir el socialismo, porque no confiaba en la capacidad de las masas obreras y campesinas para conseguirlo frente a la burguesía internacional.

En cambio, Lenin sostiene, en su artículo de 1916 La consigna de los Estados Unidos de Europa, que “La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De aquí se deduce que es posible que el socialismo triunfe primeramente en unos cuantos países capitalistas, o incluso en un solo país en forma aislada”.

Al quinto año del triunfo revolucionario en Rusia, expone así su convencimiento en el último discurso que pronunció el 20 de noviembre de 1922 ante el Pleno del Soviet de Moscú,: “Hemos hecho penetrar el socialismo en la vida diaria, y de eso es de lo que debemos ocuparnos. Esa es la tarea de nuestros días, ésa es la tarea de nuestra época. Permitidme que termine expresando la seguridad de que, por más difícil que sea esa tarea, por más nueva que sea, en comparación con nuestra tarea anterior, y por más dificultades que nos origine, todos nosotros, juntos, y no mañana, sino en el transcurso de unos cuantos años, todos nosotros, juntos, la resolveremos a toda costa, de modo que de la Rusia de la Nep salga la Rusia socialista”.

Ya en 1923, en uno de sus últimos artículos Sobre la cooperación, afirma que la URSS reúne las condiciones imprescindibles y suficientes “para edificar la sociedad socialista completa”.

Bastarían un par de decenios para que la victoria soviética sobre el nazi-fascismo en la Segunda Guerra Mundial demostrara incuestionablemente la razón del leninismo frente al trotskismo.

Trotski tampoco compartía la concepción leninista sobre la organización del Partido apropiado para una obra de semejante envergadura. Por eso, había criticado al líder de los bolcheviques, en su obra Nuestras tareas políticas (1904), en términos más violentos pero esencialmente idénticos a los que empleó contra Stalin y sus camaradas: “fetichista de la organización”, partidario del “régimen de cuartel”, “dictador que quiere sustituir al Comité Central”, “dictador que quiere instaurar la dictadura sobre el proletariado” para quien “toda intromisión de elementos que piensen de otra manera es un fenómeno patológico”, instaurador de una “teocracia ortodoxa” y un “centralismo autócrata-asiático”; “¡No puede manifestarse mayor cinismo hacia el mejor patrimonio ideológico del proletariado que el que muestra el camarada Lenin! Para él, el marxismo no es un método de análisis científico”; “… separa la actividad consciente de la actividad ejecutiva. (Hay) el Centro, y, por debajo, no hay más que disciplinados ejecutores de funciones técnicas”; Lenin está cegado por “la lógica burocrática de tal o cual ‘plan’ organizativo”, pero “el fiasco del fetichismo organizativo” es seguro; “El jefe del ala reaccionaria de nuestro Partido, el camarada Lenin, da de la socialdemocracia una definición que es un atentado teórico contra el carácter de clase de nuestro partido”; Lenin “ha formulado una tendencia que se ha dibujado en el Partido, la tendencia revolucionaria-burguesa”; “La tarea de la Iskra consistía en aterrorizar teóricamente a la intelectualidad. Para los socialdemócratas educados en esta escuela, la ortodoxia es algo muy próximo a esta ‘Verdad’ absoluta que inspiraba a los Jacobinos (el partido burgués más radical de la Revolución francesa de 1871). La Verdad ortodoxa prevé todo. El que contesta a esto debe ser excluido; el que duda de esto se halla cerca de ser excluido”. A cambio, el ideal de Trotski era “la personalidad política global, haciendo respetar frente a todos los ‘centros’ su voluntad y esto, bajo todas las formas posibles, ¡incluido el boicot!”. En definitiva, el credo de un intelectual pequeñoburgués, individualista, semi-anarquista.

En la obra de aplastamiento ideológico del trotskismo y de defensa del leninismo, tuvo un gran papel el trabajo teórico de Stalin “Fundamentos del leninismo”, editado en 1924 (además de decenas de artículos, recopilaciones e intervenciones del mismo autor y de otros muchos cuadros del Partido). Esta obra expone de las contribuciones más relevantes de Lenin al marxismo. Con él, se formaron y se seguirán formando en la teoría del marxismo-leninismo las diversas generaciones de proletarios de vanguardia, hasta que la humanidad entierre definitivamente el capitalismo.

Con Stalin a la cabeza, el Partido cerró filas en torno a su Comité Central y se movilizó para seguir adelante en la construcción del socialismo, lo que exigía derrotar este primer envite de los trotskistas en ausencia de Lenin.

 

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