El Smolny en la gran noche

El artículo “El Smolny en la gran noche” lo escribió A. V. Lunacharski en 1918, o sea, poco después de los acontecimientos del 7 noviembre (25 de octubre) que el autor vivió en primera persona como bolchevique destacado. En el pequeño relato, escrito con un bello estilo literario, describe el ambiente que reinaba en el centro revolucionario, la pasión, la tensión y el intenso trabajo que allí se desarrollaba, a la vez que la felicidad que desprendía el inmenso y general deseo de cambiar la historia de los desposeídos. Las masas tenían la necesidad de actuar y los comunistas la responsabilidad de mostrar serenidad en la toma de decisiones.

Lunacharski era marxista desde finales del siglo XIX y bolchevique desde 1903. Participó activamente en la revolución de 1905, pero en los años de reacción se aparta de los bolcheviques, se une al grupo Vperiod y pregona el empiriocriticismo, fuertemente criticado por Lenin. En el VI Congreso del Partido Socialdemócrata Ruso (bolchevique) vuelve al partido (agosto de 1917) y participa en vanguardia en la revolución de octubre. En el primer gobierno soviético es nombrado Comisario del Pueblo para la Instrucción Pública, puesto que ostentaría hasta 1929, después seguiría teniendo diversos cargos hasta su fallecimiento en 1933. Lunacharski fue un fecundo intelectual, dramaturgo y crítico literario y artístico. Junto con Krupskaya y Pokrovski organizó el sistema soviético de educación pública.

 

EL SMOLNY EN LA GRAN NOCHE

Todo el Smolny está esplendorosamente iluminado. Un enjambre de gente del pueblo excitada, va y viene por sus pasillos. La vida brota a raudales en todas las habitaciones, pero la mayor afluencia de energía humana, de verdadera ventisca de pasión está concentrada en el ángulo del pasillo superior, en la habitación situada en el fondo, en la que se reúne el Comité Militar Revolucionario.

Cuando se cae en este torbellino, por todas partes se ven rostros acalorados y brazos tendidos para alcanzar un papel con tal o cual directiva, con tal o cual mandato.

Misiones y nombramientos de inmensa importancia se acuerdan allí mismo, se dictan ante máquinas de escribir que teclean sin parar y se firman a lápiz sobre las rodillas. En el acto, algún joven camarada, a quien hace feliz la tarea que le han confiado, penetra acuciosamente en la lobreguez nocturna y la atraviesa volando en un automóvil desenfrenado. Entre tanto, en esa pieza que hay al fondo del edificio, varios camaradas, sin apartarse de la mesa en torno a la que están sentados, envían sus órdenes -cual corrientes eléctricas- a todas partes, a las ciudades insurrectas de Rusia.

Hasta ahora no puedo dejar de recordar con asombro este trabajo aturdidor y veo en la actividad del Comité Militar Revolucionario en los días rojos de Octubre una de las manifestaciones de energía humana demostrativa de que sus reservas son inagotables en el corazón revolucionario y de todo lo que éste es capaz de hacer cuando la voz de la revolución le exhorta a esforzarse.

La sesión del II Congreso de los Soviets empezó tarde, en la Sala Blanca del Smolny. Los comunistas poseen un rasgo muy peculiar: entre ellos no se encontrará con frecuencia a personas borbolleantes de una pasión que a veces parece frenesí o incluso histeria; aunque por dentro rebosan energía y ardor, por lo común se muestran tranquilos, y esta tranquilidad pasa a primer plano precisamente en los días más arriesgados e impresionantes.

El estado de ánimo de los reunidos es festivo y solemne. La excitación es enorme, pero no se nota el menor indicio de pánico, a pesar de que todavía se combate en rededor del Palacio de Invierno y a cada momento llegan las noticias más inquietantes.

Los discursos de los comunistas son acogidos con atronador entusiasmo. Con qué incesante tempestad de aplausos se recibe la noticia largamente esperada de que, al fin, el Poder soviético ha penetrado en el Palacio de Invierno y se ha detenido a los ministros capitalistas.

Vladimir Ilich se siente como pez en el agua: está alegre, trabaja sin desmayo y ya le ha dado tiempo a escribir en algún rincón los decretos sobre el nuevo poder que algún día -esto ya lo sabemos ahora- serán las páginas más relevantes de la historia de nuestro siglo.

A estos ligeros trazos añadiré mis recuerdos sobre los primeros nombramientos del Consejo de Comisarios del Pueblo. Esto ocurrió en algún cuartito del Smolny, en el que los abrigos y gorros estaban tirados sobre las sillas y todos se agolpaban en torno a una mesa mal alumbrada. Elegíamos a los dirigentes de la nueva Rusia. Me pareció que, con frecuencia, la elección era fruto del azar y temí que resultara excesiva la disparidad entre las gigantescas tareas y los hombres designados, a quienes yo conocía y consideraba faltos de preparación aún para una u otra esfera de actividad. Lenin, sonriendo, dijo:

– Esto es por ahora… Luego ya veremos, nos hacen falta personas responsables para todos los cargos, si no sirven, podremos cambiarlas por otras.

¡Qué razón tenía! Por supuesto, a algunos hubo que sustituirlos, otros continuaron en sus puestos. Fueron muchos los que abordaron tímidamente la obra encomendada y luego se mostraron completamente dignos de ella. Claro, hubo también -y no sólo entre los espectadores de la revolución, sino entre los protagonistas de ella- a quienes les dio vueltas la cabeza ante las grandiosas perspectivas y las dificultades que parecían insuperables. Más que nadie, Lenin contemplaba con admirable serenidad de espíritu las titánicas tareas y puso las manos en ellas de igual modo que un experto piloto acciona la rueda del gobierno de un gigantesco buque oceánico.

Esta atmósfera explosiva de aquella época la evocamos como una música singular, como un aroma psicológico específico. Quienes vivieron aquello, no lo olvidarán nunca, y el Smolny quedará para siempre en sus almas como el vértice de su vida. Estoy seguro de que algún día el Palacio Smolny será considerado templo de nuestro espíritu y en él entrarán oleadas de descendientes nuestros, para quienes cada pizca de recuerdos sobre los días que celebramos ahora, les parecerá una preciada alhaja.

A. V. Lunacharski, 1918. De la recopilación de escritos “Así era Lenin”, publicada por la Editorial de la Agencia de Prensa Novosti en 1981.

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