Los primeros días de la Revolución de Octubre

Este pequeño relato que presentamos a continuación fue escrito por Vladimir Bonch-Bruevich (1873-1955), historiador y escritor bolchevique. Socialdemócrata desde finales del siglo XIX y bolchevique desde 1903. Participó activamente en la revolución de 1905 y en la organización clandestina del Partido Bolchevique. Se mantuvo al lado de Lenin durante la Revolución de Octubre y a partir de 1917 ocupó diversos cargos de relevancia como secretario del Consejo de Comisarios del Pueblo y secretario personal de Lenin, entre otros muchos hasta su fallecimiento.

El relato fue escrito dentro de su libro “Nuestro Lenin“, que lo redactó para los niños poco antes de su fallecimiento. Recoge diversos recuerdos directos e indirectos. Como decía el propio Bonch-Bruevich a propósito de este libro: “Me sentiría dichoso si este pequeño libro lograra transmitir a los pequeños la cordialidad y la ternura de la figura de Lenin, que nos es tan querida“.

 

Los primeros días de la Revolución de Octubre

“Corrían los primeros días de la Revolución de Octubre. Petrogrado estaba agitado. Todos esperaban algo. El Smolny hervía de gente…

Allí, en el Smolny, se había instalado el Estado mayor General de los bolcheviques: el Comité Militar Revolucionario. Vladimir Ilich saludaba amablemente a los que llegaban, les hacía preguntas sobre los sucesos del día y, en especial, sobre lo que pasaba en el Palacio de Invierno y sus inmediaciones.

La noticia de que Lenin se encontraba en el Smolny se difundió rápidamente entre los bolcheviques. Muchos iban a verlo. Empezaron a aparecer también extraños. Los que más se esforzaban por entrar eran los corresponsales de diferentes periódicos rusos y extranjeros. Por lo visto, se habían dado cuenta de que allí actuaba el centro coordinador de la insurrección.

Era indispensable organizar una custodia segura.

En una de las habitaciones del Smolny se habían ubicado más de quinientos obreros armados. Eran los guardias rojos. Se decidió seleccionar a setenta y cinco de ellos para la custodia.

Un obrero apuesto, de unos treinta años, con cabellos rizosos que se le escapaban por debajo del gorro, dio con calma una orden precisa:

  • ¡A formar!

Al instante, todos ocuparon sus puestos. El silencio era total, no se oía ni un susurro. Junto a las puertas se alzaban inmóviles los centinelas. El comandante dijo que se necesitaban setenta y cinco hombres dispuestos a todo, incluso a morir.

Todo el destacamento dio un paso adelante y se quedó inmóvil. El comandante seleccionó a los hombres, nombró al jefe y a dos sustitutos.

  • Por si ocurre algo… – explicó sombrío y guardó silencio.

Enseguida prepararon los pases. El pase nº 1 se le entregó a Lenin.

  • ¿Qué es esto? ¿Un pase? ¿Para qué? – preguntó Vladimir Ilich.
  • Es necesario. Por las dudas… Ya se ha creado la guardia del Smolny. Mire, por favor.

Vladimir Ilich echó un vistazo a la puerta y vio un destacamento en impecable formación militar.

  • ¡Qué bizarros! ¡Da gusto mirarlos! – exclamó admirado.

Los centinelas se ubicaron fuera y dentro de la puerta de entrada. El jefe estableció enseguida contacto con el destacamento central.

La gente afluyendo.

Vladimir Ilich estaba muy inquieto porque se demoraba la emboscada al Palacio de Invierno, donde estaban los cadetes que defendían al Gobierno provisional.

El Regimiento Pavlovski de la Guardia, que se había sumado a las tropas revolucionarias, recibió la orden de ocupar las calles contiguas al Palacio de Invierno.

El regimiento se apostó junto al mismo palacio.

Llegaron los marineros y, sin detenerse, atravesaron a la carrera la plaza del palacio y se situaron en las inmediaciones. Comenzó el asalto que duró varias horas.

Los marineros abrieron de un violento golpe las enormes puertas del palacio e irrumpieron en su interior, arrastrando tras de sí a los soldados del Regimiento Pavlovski y a los guardias rojos.

El crucero Aurora atracó en el Neva y recibió la orden de dirigir los cañones hacia el palacio. La Fortaleza de Pedro y Pablo recibió la misma orden.

Los respectivos cañonazos anunciaron el comienzo del asalto.

Los guardias rojos, los marineros y los soldados ocuparon los puntos estratégicos del palacio: las escaleras, las entradas y las salidas. Esa noche, del 25 al 26 de octubre, las tropas revolucionarias tomaron el Palacio de Invierno. El Gobierno Provisional fue arrestado y enviado bajo vigilancia a la Fortaleza de Pedro y Pablo. Kerenski, que encabezaba ese gobierno, se disfrazó de mujer, salió del palacio por una puerta secreta y huyó en un coche que pertenecía a la embajada norteamericana.

Un ordenanza, vestido con chaqueta y pantalones de cuero negro avanzaba a rápido paso militar por el corredor. Llevaba colgada del hombro una bolsa, que sujetaba con la mano izquierda.

  • ¿Dónde está el Estado Mayor del Comité Militar Revolucionario? – preguntó a dos guardias rojos que cuidaban la puerta.
  • ¿A quién quieres ver?
  • ¡A Lenin! ¡Traigo un parte!

Un centinela se volvió y le dijo a su compañero:

  • Que salga el cabo de guardia… Ha venido un mensajero. No tiene pase… Es para el Estado Mayor. Quiere ver a Lenin.

Salió el cabo de guardia y le preguntó al mensajero de dónde venía y quién lo enviaba.

  • Vengo del Palacio de Invierno… Me envía el comandante en jefe Podvoiski.
  • Vamos…
  • ¡Traigo un parte! – dijo el soldado, entrando en la habitación contigua-. Necesito ver a Lenin.
  • ¿Qué me quiere decir, compañero? – le preguntó Vladimir Ilich, acercándose.
  • ¿Usted es Lenin?

El soldado miró a Vladimir Ilich con curiosidad, los ojos le brillaban de alegría. Desabrochó rápidamente su bolsa, sacó una hoja de papel y se la entregó con cuidado.

  • ¡Es un parte! – dijo llevándose la mano a la visera.
  • Gracias, camarada – le respondió Vladimir Ilich y le tendió la mano.

El soldado, confuso, estrechó la mano de Lenin con sus dos manos. Se sonrió, hizo de nuevo el saludo militar, dio media vuelta en forma brusca, marcial, y se alejó a paso animoso.

Sin detenerse, guardó en la bolsa la hoja de papel donde Vladimir Ilich había firmado.

  • <<El Palacio de Invierno está tomado; el Gobierno Provisional, arrestado, Kerenski huyó>> – leyó rápidamente en voz alta Lenin.

Apenas terminó de leer, resonó un “hurra” que repitieron estruendosamente los guardias rojos de la habitación vecina.

  • ¡Hurra! – se oía en todas partes.

A eso de las cuatro de la madrugada, extenuados y excitados, salimos del Smolny. Le propuse a Vladimir Ilich que pasara la noche en mi casa. Antes, dispuse por teléfono que un destacamento de combate explorara las calles.

Cuando salimos a la calle, la ciudad estaba a oscuras. Subimos a un coche y fuimos a mi casa.

Vladimir Ilich, por lo visto muy cansado, dormitó durante el viaje. Cenamos frugalmente e hice lo posible para que Lenin pudiera reposar. Me costó mucho convencerlo de que ocupara mi cuarto, donde tenía a su disposición una cama, un escritorio, papel, tinta y mi biblioteca.

Me acosté en el diván de la habitación contigua y decidí no cerrar los ojos hasta comprobar que Lenin se había dormido.

Por razones de seguridad, cerré la puerta de entrada con llave, cadena, aldabilla y alisté los revólveres, pensando que podían forzar la puerta, arrestar o matar a Lenin. ¡Podía pasar cualquier cosa!

Por las dudas, anoté en un papel los teléfonos de los compañeros del Smolny, de los comités obreros regionales y de los sindicatos. “Para no olvidarlos con el apuro”, pensé.

Vladimir Ilich ya había apagado la luz en su habitación. Presté oído, pero no se sentía ningún ruido. Comencé a dormitar y cuando ya estaba a punto de dormirme, se encendió de pronto la lámpara en el cuarto vecino.

Me puse alerta. Oí que Lenin se levantaba silenciosamente de la cama, entreabría con cuidado la puerta y, al comprobar que yo “dormía”, se acercó al escritorio de puntillas, para no despertar a nadie. Se sentó, abrió el tintero, sacó unos papeles y se enfrascó en el trabajo. Yo lo veía todo por la puerta entreabierta.

Vladimir Ilich escribía, tachaba, leía, hacía acotaciones, escribía de nuevo y, por fin, pasó todo a limpio.

Ya amanecía. Empezó a ponerse gris la mañana otoñal de Petrogrado, cuando Vladimir Ilich apagó la lámpara, se acostó y se durmió. Lo imité.

Por la mañana, le pedí a mi familia que no hiciera ruido, porque Vladimir Ilich había trabajado toda la noche e indudablemente estaba muy fatigado.

De repente se abrió la puerta y apareció Lenin vestido, enérgico, animoso, resuelto, alegre y risueño.

  • ¡Felicitaciones! ¡Hoy es el primer día de la Revolución Socialista! – nos dijo a todos.

En su rostro no se advertía la menor huella de cansancio, como si hubiera dormido plácidamente cuando, en realidad, no había reposado más de dos o tres horas, después de una tensa jornada de veinte horas.

Llegaron los compañeros. Cuando nos sentamos a tomar té y se nos unió Nadezhda Konstantinova, que había pasado la noche en nuestra casa, Vladimir Ilich sacó del bolsillo unas hojas de papel y nos leyó su famoso Decreto sobre la Tierra, que había estado preparando en esos días decisivos.

Pronto nos dirigimos al Smolny: primero a pie y luego en tranvía. Vladimir Ilich resplandecía al ver el orden ejemplar que reinaba en las calles.

Por la noche, después que el Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia aprobó el Decreto de la Paz, Lenin leyó en voz alta y con gran claridad el Decreto sobre la Tierra, que también fue aprobado con entusiasmo y por unanimidad”.

[Escrito por V. Bonch-Bruevich, de su libro “Nuestro Lenin”].

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