Historia ilustrada de la Revolución de Octubre, enero de 1917 (II)

Enero. Ante la tempestad

El primer día de 1917 en Rusia era domingo. Terminaba la 127 semana de la 1ª Guerra Mundial, que Lenin deno­minó en su carta de Zúrich “guerra de ladrones por su botín”.

Los periódicos comunicaban el 1 de enero: en el sector de Riga, las tropas se mantienen con firmeza y, pasando a la contraofensiva, “dispersan a las unida­des adversarias”; en el frente de Ruma­nia, el enemigo se apoderó de una de las alturas; en el Cáucaso no hubo cambios considerables. Pero para millones de soldados, éste era un día más, cuando se enfrentaban cara a cara con la muerte, sin fe en sí mismos, ni en sus jefes. En­viaban a sus hogares cartas muy since­ras, narraban los horrores y las priva­ciones de la vida del soldado. “Cuanto más se vive, tanto peor. Los jefes nos es­trangulan, exprimen nuestra última go­ta de sangre, de la que nos queda muy poca. No hay manera de aguantar hasta la hora en que llegue el final de todo esto…”

Cada vez aumentaban más los áni­mos antibelicistas debido a los comba­tes que tuvieron lugar en verano y otoño de 1916, la expansión de la línea del frente ruso con la entrada de Rumania en la guerra al lado de la Entente, la in­capacidad del Gobierno zarista para pertrechar al ejército y el agotamiento de las fuerzas materiales y morales. En ese año hubo más de un millón y medio de desertores.

El duro invierno de 1917 causó nue­vas privaciones a los trabajadores, así como el alza general de los precios. Los ferrocarriles no estaban en condiciones de efectuar las transportaciones en el país ni podían proveer de víveres al ejér­cito. Era evidente que la economía de la Rusia atrasada no aguantaba la tensión de tiempos de guerra.

De acuerdo con el censo de 1917, la movilización en Rusia arrancó de las al­deas un 50% de los trabajadores. Dismi­nuyeron las superficies de siembra, se redujeron las cosechas y la gana­dería.

En diciembre de 1916, el Gobierno adoptó una decisión sobre la entrega obligatoria de cereales. Comenzó la re­quisición de granos y ganado.

Crecía cada vez más la dependencia económica de la Rusia zarista respecto de los aliados.

Rusia, que padecía de hambre y frío, exportaba todo, incluso lo que le era im­prescindible ante la brutal crisis alimen­ticia.

En las postrimerías de enero de 1917, la reserva de harina existente en Petro­grado sólo alcanzaba para diez días. No había carne.

En las calles de las ciudades rusas se formaban largas colas para recibir pan y otros productos. La prensa informó que a finales de enero se había suicidado la esposa de un comerciante de Odesa, y en la nota que dejó señalaba que la per­manencia en las colas le envenenaba su existencia. Pero eso no ocurría con mucha frecuencia. La mayoría de las ve­ces las personas que hacían cola asalta­ban las tiendas. La policía secreta seña­laba en sus informes de enero: “Las madres de familia, cansadas de hacer cola en las tiendas… son un abundante material inflamable, al que le es sufi­ciente una chispa para producir un incendio”.

De una carta particular de S. Tverskói, gobernador de Sarátov

… ¿Qué sucede? Como si después de 1905 no hubieran transcurrido 11 años. Los mismos personajes, las mismas pa­labras, por una parte, y la misma paráli­sis de las autoridades. En las localida­des, los nobles de los zemstvos se lanzaron de nuevo a la política. Otra vez suenan retumbantes resoluciones sobre el detestable Gobierno, etc. Y después, ¿qué? Después volverá a decir su pala­bra el mujik o, mejor dicho, volverá a hacer su trabajo el mujik. El estado de ánimo es malísimo.

Parecía que el Año Nuevo sería un año de cambios. Esta sensación se di­fundía cada vez más. Incluso el periódi­co de derecha Novie Dni (“Días Nue­vos”) escribió en su número del 3 de enero: “Jamás los acontecimientos coti­dianos han hecho sentir tan de cerca al­go superior… Y quien sienta eso supe­rior, majestuoso y amenazante, está muy preocupado, siente intranquilidad; mira con ojos escrutadores al lejano futuro, que se hace sentir en la inquietud y lo extraordinario de cada día vivido…”

Al pequeñoburgués todo le ponía en guardia : el asesinato de Gregorio Rasputin en diciembre, del mujik “profeta” quien gozaba de influencia ilimitada en la corte; el incesante cambio de ministros, llamado “trastrueque ministerial”.

Del parte enviado por el jefe de la Gendarmería de Kazán, 8 de enero de 1917.

El estado de ánimo de la sociedad de Kazán es exaltado; la gran mayoría está en contra del Gobierno, y nadie lo ocul­ta, se habla de ello de manera totalmen­te abierta. Se rechaza el nuevo curso adoptado por el Gobierno, considerán­dolo un retroceso y se piensa que lo que antes era posible, ahora no lo es.

En la Duma, la oposición que empo­llaba la idea de “ampliar la participa­ción del sector público” en los asuntos del Estado, recibió del monarca un re­galo peculiar de Año Nuevo. El 1 de enero se publicó el edicto real onomásti­co sobre los cambios en la composición del Consejo de Estado, cámara legislati­va superior. En lugar de 17 miembros del grupo del centro, de la derecha y sin partido, se nombraron sólo de la derecha.

En el número Zemschina de Año Nuevo se decía que la Duma estaba “su­misa a Judas” y que era un “nido revolucionario”.

El 6 de enero se publicó el edicto en­viado por el zar Nicolás II al Senado, que ordenaba aplazar hasta el 14 de fe­brero la reanudación de las sesiones de la Duma y el Consejo de Estado. Este era no tanto un golpe contra la oposi­ción de la Duma, como una expresión abierta de que la autocracia se proponía actuar con los antiguos y probados mé­todos represivos, sin intentar siquiera acceder a las reivindicaciones de los círculos monárquicos liberales. El res­cripto de Nicolás, del 8 de enero, envia­do al presidente del Consejo de Minis­tros, indicaba las tareas inmediatas del Gobierno: suministrar provisiones al ejército; mejorar la distribución de pro­ductos alimenticios en la retaguardia, así como el transporte ferroviario y flu­vial, etc. Esto debería, según sus ini­ciadores, restarle agudeza a las accio­nes clasistas, aparentando que se prestaba seria atención a algunas cues­tiones clave de palpitante actualidad.

Al mismo tiempo, al Departamento de la Policía Secreta de la capital se le ordenó observar el estado de ánimo de la población y tomar medidas extraordi­narias en caso de necesidad.

De las notas de la Policía Secreta

  1. El estado de ánimo en la capital es extraordinariamente alarmante. En la sociedad circulan los rumores más ab­surdos, tanto respecto a los propósitos del poder gubernamental (en el sentido de adoptar medidas reaccionarias de distinta índole) como también a las su­posiciones de los grupos y capas de la población hostiles al gobierno (respecto a las posibles y probables iniciativas y excesos revolucionarios).

Todos esperan acontecimientos y ac­ciones excepcionales tanto de una como de otra parte. Con la misma seriedad es­peran acerbas explosiones revoluciona­rias, o un “golpe palaciego” evidente, por lo visto, en un futuro próximo…

  1. …La idea de la huelga general adquie­re cada día nuevos partidarios y se hace popular, como sucedió en 1905.

…Cabe señalar que si las masas obre­ras son conscientes de la necesidad y la posibilidad de realizar la huelga general y la revolución subsiguiente, y que si los círculos intelectuales creen en el carác­ter salvador de los asesinatos políticos y el terror, estas son muestras evidentes del estado de ánimo oposicionista de la sociedad y su deseo de encontrar cual­quier salida de la situación políticamen­te anormal.

De acuerdo con el plan elaborado pa­ra proteger Petrogrado en caso de que hubiese “disturbios populares”, la ciu­dad se dividió en seis sectores, a cargo de comisarios de policía. Cada sector se fraccionaba en distritos que, a su vez, se distribuían entre los regimientos de la guarnición capitalina y las comisarías. Los policías estaban armados con ame­tralladoras.

La Región Militar de Petrogrado de­jaba de pertenecer al Frente Norte; al general Jabálov, jefe de la Región Mili­tar, se le concedían los más amplios poderes.

Tratando de mantenerse al margen de los asuntos internacionales, la autocra­cia partía de que el enemigo interno (la ola del nuevo movimiento revoluciona­rio ascendente) era más peligroso que el adversario externo, y por ello el Gobier­no zarista manifestaba en esos días evi­dente interés por las coqueterías con el ad­versario. Las noticias sobre el posible viraje en la política exterior permitieron a la oposición comenzar a incubar planes para un “golpe palaciego”. A ésta la apoyaban las potencias aliadas, temero­sas de que Rusia saliera de la guerra. Los conspiradores se proponían derro­car a Nicolás, recluir a la zarina en un monasterio, nombrar emperador a Ale­xéi, menor de edad, y designar regente al Gran Duque Mijaíl, hermano del zar, conocido anglófilo. En el país se creaba la situación revolucionaria.

Del comunicado de Kreiton, gobernador de Vladimir

… La exaltación en algunos sectores, sobre todo en los fabriles, apenas se puede contener. El movimiento huel­guístico en las empresas se ha ampliado y causa alarma entre los fabricantes. Los fabricantes de Oréjovo e Ivánovo experimentan un temor cerval por la suerte de sus fábricas.

Crecía la actividad política del prole­tariado, y la fuerza organizadora y orientadora de este proceso era el parti­do de los bolcheviques guiado por Le­nin, el cual, prohibido por el Gobierno zarista, era el único partido que se pronunciaba abiertamente contra la guerra imperialista, por su transformación en guerra civil, y por la derrota de su pro­pio Gobierno. Desplegaba una lucha te­naz para hallar una rápida solución re­volucionaria de los problemas funda­mentales.

A pesar de las brutales represiones y del terror, aumentaba el número de miembros del Partido Bolchevique, ha­cia comienzos de 1917 contaba con unos 24.000.

A diferencia de los mencheviques y los eseristas, que se encontraban en des­avenencia ideológica y organizativa, los bolcheviques lograron restablecer su or­ganización a nivel de toda Rusia. La en­cabezó su centro único : el Buró Ruso del Comité Central. Con el apoyo, ante todo, de la organización partidaria de Petrogrado y estableciendo contactos estrechos y permanentes con los bolche­viques de Moscú, dicho Buró amplió y fortaleció sus vínculos con las localida­des de Ivánovo-Voznesensk, Tver, Tula, Nizhni Nóvgorod, Sainara, Kiev, kir­kov, Vorónezh, Kazán, Donbás, así co­mo con distintas organizaciones partidarias del Báltico y los Urales.

En las postrimerías de 1916, el Buró Ruso del CC propuso al Comité de Pe­trogrado y al Buró regional de Moscú organizar acciones callejeras y la huelga general. Esta proposición orientaba a pasar de los paros aislados de carácter económico y de las acciones políticas eventuales a la lucha politica de masas, que incorporara en el movimiento revo­lucionario a los soldados y que estuviera encauzada hacia la insurrección arma­da. Las dos mayores organizaciones bolcheviques —la de Petrogrado y la de Moscú– examinaron la propuesta del Buró Ruso del CC y decidieron concor­dar las acciones (manifestaciones calle­jeras, paros, mítines) para el 9 de enero, duodécimo aniversario de la sangrienta matanza de obreros.

De la octavilla de la Organización de Moscú, dedicada al aniversario de la ma­tanza de obreros petrogradenses por el Gobierno zarista, el 9 de enero de 1905

… Atravesamos una época sin prece­dentes, días sangrientos; bajo la bande­ra zarista, combaten en el frente millo­nes de obreros por la causa del capital; los demás sufren bajo el peso de la ca­restía y de la ruina económica. Se desar­ticularon las organizaciones obreras, se estranguló la voz de los obreros. Han si­do violados el alma y el cuerpo del obrero,

¿Cuál es la solución?

Los traidores de la clase obrera… nos invitan a nosotros, quienes quedamos en la retaguardia, a situarnos bajo la bandera de la burguesía. No, sólo la ac­ción revolucionaria de la clase obrera bajo su bandera, la bandera roja del so­cialismo, pondrá fin a la guerra y a to­das las violencias.

Se necesita arrancar el poder de las manos del Gobierno zarista y entregarlo a un Gobierno revolucionario; para concertar la paz que necesita la clase obrera; para crear el régimen político que necesita el obrero, se requiere una lucha por la república democrática y la terminación de la guerra, con las fuerzas de los trabajadores de todos los países.

Llamamos a los obreros moscovitas a la huelga general del 9 de enero…

¡Viva el POSDR!

¡Viva la república democrática!

¡Abajo la guerra!

¡Abajo la autocracia!

De la octavilla del Comité de Ekaterinos­lav

.. ¿No habrá llegado la hora de reme­morar como es debido el año de 1905? ¿Quién, más que los obreros, puede po­ner fin a la fabricación de cañones y de proyectiles, y terminar con la matan­za? ¿Quién sino ellos puede izar alta­mente la gloriosa bandera de la Revolu­ción Rusa? Llega la hora del esperado desenlace, del gran juicio contra los cul­pables del mayor crimen cometido en la historia contra la humanidad… Basta ya de víctimas en honor del capital. Tene­mos el enemigo común a nuestra espalda.

De la octavilla de la organización de Tver

…Sólo la revolución puede terminar con la guerra, sólo en las barricadas po­dremos conquistar nuestros derechos, derrocar a la autocracia, salvarnos de la muerte por inanición. ¡Organícense, ca­maradas! ¡Prepárense para la guerra civil!

De las octavillas litografiadas, difundidas por los bolcheviques de Shostka, provin­cia de Chernígov

Camaradas:

Es hora de terminar la guerra contra los alemanes y comenzar la lucha contra nuestros verdaderos enemigos: el zar y el Gobierno… Demostremos a la policía que no nos hemos olvidado del año 1905. Que se vaya al frente la policía: allí está su lugar. Prepárense, hermanos, lleguen a un acuerdo, aconséjense unos con otros y, cuando sea necesario, de­mos la cara… Levántate, pues, álzate, pueblo obrero. Levántate a la lucha, pueblo hambriento; adelante, adelante.

De la octavilla de la Comisión Ejecutiva del Comité petrogradense del POSDR sobre la conmemoración del aniversario del 9 de enero en Petrogrado, Moscú y Járkov

… Ustedes saben que los camaradas fueron fusilados despiadadamente por el Gobierno de Nicolás II el 9 de enero de 1905. Ese día comenzó la Gran Re­volución Rusa. Continuando su causa, el Partido Obrero Socialdemócrata ex­horta cada año a quienes les es entraña­ble la conquista de la libertad política, a declarar en ese día su solidaridad con las reivindicaciones de los obreros, que resonaron el 9 de enero.

Atendiendo al llamamiento del Comi­té moscovita del partido de los bolchevi­ques, el 9 de enero de 1917 más de 30.000 obreros abandonaron el trabajo y salieron a las calles.

La acción de los obreros petrograden­ses el 9 de enero de 1917 se convirtió en el acto revolucionario más grande du­rante la guerra. En la huelga de Petro­grado participaron cerca de 145.000 obreros.

El 9 de enero de 1917 se convocaron manifestaciones en muchas ciudades: Bakú, Nizhni Nóvgorod, Vorónezh, Járkov, Rostov del Don y Novocher­kassk, así como en Donbás y otras loca­lidades. En total, durante el mes de ene­ro se declararon en huelga 270.000 obreros; de ellos, 177.000 en Petrogra­do. En la capital no cesaban las acciones del proletariado, orientadas contra la guerra y la autocracia.

El nuevo y consecuente ascenso de la lucha política abierta de los obreros agrupó en torno suyo a distintos grupos del movimiento revolucionario del país.

Crecía el movimiento de los campesi­nos pobres. Los numerosos vestigios y reminiscencias del régimen de servidum­bre en el campo, además del deterioro de la hacienda campesina como resulta­do de la guerra, eran las causas de las acciones campesinas que en enero de 1917 adquirieron amplia envergadura. En 1916, del distrito de Yádrinsk, pro­vincia de. Kazán, se comunicó al centro : “Hay información que causa temor res­pecto al movimiento campesino. Este tratará de adquirir la forma que tuvo en los años 1905 y 1906”. El movimiento de liberación nacional se convertía en un serio factor político.

Con el fin de prevenir la sublevación general, la autocracia trataba de orientar al “elemento popular” hacia el sen­dero habitual de hostilidad entre las na­ciones, ante todo el antisemitismo. Se­gún el periódico Rech de los primeros días de enero, se dispuso que quienes profesaran el judaísmo, excepto los mé­dicos y enfermeros (¡ellos eran necesa­rios!), y prestaran servicio en la unión de ciudades y de zemstvos, fueran susti­tuidos de inmediato por personas de “otras religiones”. ¡Y qué hipócrita era la declaración del Ministerio del Inte­rior, que proponía simultáneamente a los jefes de provincias y regiones autori­zar la residencia temporal a los mutilados de guerra hebreos que llegaran a lu­gares donde no estaban empadronados, para adquirir extremidades artificiales, es decir, las llamadas prótesis”! Con es­ta misma disposición, se les permitía asentarse en los “balnearios de Siberia”. Pero en Rusia no había balnearios ni para los hebreos ni para otras nacionalidades del imperio “único e indivisible”.

Este imperio era una enorme cárcel del pueblo, donde los trabajadores, inde­pendientemente de su nacionalidad -fueran polacos o armenios, rusos o ucranianos, finlandeses o calmucos-, sufrían en el mismo grado. Durante va­rios meses de 1916, ardió la llama de la insurrección en los pueblos de Asia Central. El movimiento de liberación nacional también se desplegó en otras regiones.

En la segunda quincena de enero de 1917, las estaciones sísmicas de diversas zonas del país (en Piatigorsk y en Petro­pávlovsk de Kamchatka) registraron ca­si a un mismo tiempo temblores subterráneos. Pero cuanto más terrible era el cataclismo —aunque de otra índole— que se aproximaba al Imperio Ruso. Para todos ya era algo evidente.

Miembros del Buró ruso del Partido Bolchevique: Anna Elizárova-Uliánova, Mijail Olmisnki, Elena Stásova y Viacheslav Molotov

Del Informe sobre la revolución de 1905, pronunciado por V. I. Lenin, en ale­mán, el 9 (22) de enero de 1917, en la Casa del Pueblo de Zurich en una reunión de la juventud obrera suiza

No nos debe engañar el silencio se­pulcral que ahora reina en Europa. Europa lleva en sus entrañas la revolu­ción. Las monstruosidades de la guerra imperialista y los tormentos de la cares­tía hacen germinar en todas partes el es­píritu revolucionario y las clases domi­nantes, la burguesía y sus servidores, los gobiernos, se adentran cada día más en un callejón sin salida del que no po­drán escapar en modo alguno sino a costa de las más grandes conmociones.

Lo mismo que en la Rusia de 1905, co­menzó bajo la dirección del proletaria­do la insurrección popular contra el Go­bierno zarista y por la conquista de la república democrática; los años próxi­mos traerán a Europa, precisamente co­mo consecuencia de esta guerra de pilla­je, insurrecciones populares dirigidas por el proletariado contra el poder del capital financiero, contra los grandes bancos, contra los capitalistas. Y estas conmociones no podrán terminar más que con la expropiación de la burguesía, con el triunfo del socialismo.

En las condiciones del auge revolu­cionario siempre mayor, el Partido Bol­chevique gozaba de cada vez más sim­patía entre las masas. En el puesto de los detenidos y deportados a Siberia, de los enviados al frente, iniciaban la lucha más y más personas. En una de las car­tas escritas en las primeras fechas de 1917, Lenin señalaba en cuanto a eso: “… El ánimo de las masas es bueno. ¡To­davía vive! Es difícil para la gente vivir, y para nuestro partido en particular. Pe­ro a pesar de todo viven”.

De la octavilla del comité del POSD(b)R de Rostov del Don y Najicheván

…Camaradas, basta ya de forjar cade­nas para nosotros mismos. No podemos esperar a que padezcamos de hambre y frío; no seremos borregos ni iremos a la carnicería zarista para satisfacer el ca­pricho de un puñado de parásitos… Si estamos condenados a morir antes de tiempo, es mejor morir en un combate honrado en la lucha por la libertad, y no en la guerra ignominiosa y fratricida. Recuerden a los primeros combatientes que cayeron con honor en aras de la li­bertad y comencemos a cumplir su gran legado. ¡Abajo la autocracia!

¡Viva la república democrática!

Los bolcheviques se dirigían a las ma­sas con un programa claro, elaborado por Lenin, con consignas comprensibles para el pueblo, que revelaban las cuestiones más dolorosas y de mayor actualidad.

Decían la verdad acerca de la guerra odiosa, exhortaban a solucionar inme­diatamente la cuestión agraria, propo­niendo entregar toda la tierra a los cam­pesinos, ayudaban a los obreros a comprender su papel motor en la lucha por derrocar al zarismo y realizar trans­formaciones democráticas consecuen­tes, llamaban al pueblo a la alianza es­trecha de los trabajadores de todas las nacionalidades.

En once ciudades grandes de Rusia, las organizaciones bolcheviques del país emitieron más de dos decenas de octavi­llas, que explicaban el sentido de los acontecimientos que se desarrollaban, ayudaban a las masas a organizarse.

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