La colectivización socialista en la URSS (2ª parte)

LA COLECTIVIZACIÓN SOCIALISTA EN LA URSS (2ª parte)

La colectivización

La crisis del acopio, el racionamiento en las ciudades, las posibilidades de nuevas hambrunas, la decisión sobre la industrialización acelerada,…, esta serie de razones hicieron necesaria e inaplazable afrontar la lucha de clases en el campo y la colectivización. Mientras se elaboraba el Primer Plan Quinquenal, se tomó la decisión de poner en marcha en el mismo año 1928 decenas de granjas totalmente mecanizadas y colectivizadas socialistas (sovjós), dirigidas por el Estado, en las regiones orientales, en Siberia, Kazajstán, cuenca del Volga,… Estos sovjoses se instalaron en zonas no habitadas ni sembradas. Se les puso como objetivo producir 1,5 millones de toneladas de cereales comercializables y ya en 1930 estaban produciendo el doble del cereal previsto. Estos sovjoses demostraron que la colectivización con granjas colectivas y totalmente mecanizadas seguro que funcionaría.

Después del verano de 1929, y tras aprobar el Partido el Primer Plan Quinquenal, comienza la inmensa obra de colectivización y de liquidación de los capitalistas del campo como clase, con el apoyo de las masas campesinas pobres y de una buena parte de los campesinos medios.

Dentro de las consignas para la colectivización era imprescindible tener en cuenta como claves:

  • El carácter voluntario del movimiento koljosiano;
  • No imponerla por la fuerza porque llevaría a los campesinos medios hacia las posiciones kulaks; y,
  • Tener en cuenta la diversidad existente en las distintas zonas del país.

Para atraer de la mejor manera posible a los campesinos pobres y medios a las granjas colectivas cooperativas, los campesinos elegirían por ellos mismos el tipo de koljós. Había entonces tres tipos de cooperativa agrícola que funcionaban en el país.

El Toz: En este tipo de granja colectiva los campesinos ponían en común el trabajo necesario para el cultivo, tierras y equipo técnico pesado. Pero una gran parte de las tierras, aperos, animales y edificios quedan en manos de la explotación privada. La distribución del producto del trabajo común se hacía por tiempo objetivo trabajado de cada uno.

El Artel: Son colectivizados los medios más importantes de producción: el trabajo, el usufructo de la tierra, las máquinas y los aperos de labranza, el ganado de labor y las dependencias. En cambio queda para explotación privada: el terreno contiguo a la casa (los pequeños huertos de legumbres y frutales), la vivienda, cierta parte del ganado lechero, el ganado menor, las aves de corral, etc. La distribución de la producción común se realiza solamente por el trabajo empleado de cada uno.

La Comuna: Es una cooperativa en la que se socializan casi por completo todos los medios de producción. La distribución se realizaba por el trabajo efectuado por cada uno, con la corrección del número y edad de los miembros de las diferentes familias.

El tipo de koljós que promovían principalmente las autoridades soviéticas era el Artel, porque se adaptaba mejor que los otros a un medio de transición entre las granjas individuales y la socialización completa. De esta manera, los campesinos podrían acudir con más ánimo y voluntariamente a las explotaciones agrarias colectivas.

Había que asegurar el convencimiento de los campesinos, que ellos mismos viesen la necesidad de formar parte de la colectividad, que viesen la necesidad de luchar contra los kulaks y que fuese aumentando paulatinamente, y de la forma más rápida posible, el movimiento koljosiano. Para ello se dividieron las zonas campesinas en tres grupos que dependían del nivel de conciencia de las masas campesinas, y que llevarían distintos ritmos de colectivización. Desde el primer momento se advertía contra la pretensión de imponer la entrada en los koljós por decreto. Entonces se planificó el ritmo de colectivización. A la cabeza estarían las zonas cerealistas, donde hay un mayor número en ese momento de sovjós y koljós que permiten por su funcionamiento convencer más fácilmente a los campesinos; donde han mantenido lucha contra los kulaks durante la crisis del acopio de cereales; y donde se ha proporcionado los mejores cuadros de los centros industriales para poder organizar las granjas colectivas.

En un proceso complejo y novedoso, el nuevo modelo de alianza de la clase obrera y el campesinado logró solventar los problemas que iban surgiendo, algunos de gran importancia.

El comienzo de la colectivización fue el más complicado. Era necesario movilizar a todas las masas obreras y campesinas, a la vez que a todo el Partido, para poder llevar a cabo una grandísima nueva tarea con la cual se jugaba el futuro del poder de la clase obrera. Este futuro ahora estaba en manos de las masas y de la confianza que los dirigentes soviéticos tenían en ellas. Sólo se podría avanzar desarrollando la lucha de clases contra los capitalistas del campo, y esta lucha tenían que protagonizarla las masas campesinas. Pero el futuro también estaba en manos de los dirigentes del Partido en las localidades y en las regiones, tenían que ser la vanguardia de la nueva fase revolucionaria que estaba en marcha. El Gobierno Soviético y el Partido habían dado las instrucciones precisas para convencer a los campesinos de incorporarse a los koljós. Se tenía que atender a las premisas que ya había planteado Lenin: “Sólo si se consigue hacer ver prácticamente a los campesinos las ventajas del cultivo en común, colectivo, en cooperativas y arteles; sólo si se logra ayudar al campesino por medio de la hacienda cooperativa, colectiva, sólo entonces la clase obrera, dueña del Poder del Estado, demostrará realmente al campesino que ella tiene razón y atraerá realmente a su lado, de un modo sólido y auténtico, a la masa de millones y millones de campesinos”.

Sobre esa base y teniendo en cuenta la línea marcada por el Partido y se consiguió, como explicaría Stalin más tarde, un éxito inesperado. A primeros del año 1930 ya se habían colectivizado el 50 % de las haciendas campesinas, superando en más del doble los objetivos para ese tiempo del Plan Quinquenal. Los campesinos habían acudido en masa en muchas zonas a generar la granja colectiva. Pero la práctica de constituir koljoses en muchas ocasiones devino en abusos, en obligación, amenazas o decretazos burocráticos, queriendo correr muchos dirigentes locales del Partido más de lo que las condiciones aconsejaban y más adelante que la línea marcada por el Comité Central. Los informes y denuncias de esta situación hicieron intervenir a la dirección del Partido que publicó un Estatuto modelo de los koljós para su cumplimiento. También intervino Stalin con un artículo que dejaba claro el modo de proceder y actuar de los dirigentes locales y regionales del Partido para que actuases de manera leninista. Este artículo fue “Los éxitos se nos suben a la cabeza”, y en él exponía algunas bases fundamentales. Explicaba a qué se debía el éxito en la colectivización y cómo lograrlo:

Los éxitos de nuestra política koljosiana se explican entre otras razones, porque esta política se basa en el carácter voluntario del movimiento koljosiano y tiene en cuenta la diversidad de condiciones existentes en las distintas zonas de la URSS. Los koljoses no se pueden imponer a la fuerza. Eso sería estúpido y reaccionario. El movimiento koljosiano debe descansar en el activo de las masas fundamentales del campesinado. No es posible trasplantar mecánicamente los esquemas de organización koljosiana propios de las zonas desarrolladas a las zonas que no lo están. Eso sería estúpido y reaccionario. Esta ‘política’ desacreditaría en el acto la idea de la colectivización”.

Tras criticar todos los abusos que se estaban cometiendo, de criticar a los dirigentes que van de izquierdistas y lo único que hacen es perjudicar el movimiento revolucionario, y de explicar que el artel es el eslabón principal para convencer al campesino, enseña la clave para poder dirigir el movimiento:

El arte de dirigir es una cosa seria. No hay que quedarse atrás del movimiento, porque retrasarse significa separarse de las masas. Pero tampoco hay que anticiparse, pues ello significa perder las masas y quedarse aislado. El que quiera dirigir un movimiento y mantener, al mismo tiempo, los vínculos con las masas de millones de hombres, deberá luchar en dos frentes: lo mismo contra los que se retrasan que contra los que se anticipan”.

Después de las misivas del Comité Central y del artículo de Stalin, los abusos, amenazas y violencias cesaron. El comportamiento burocrático y aventurero de muchos dirigentes regionales y locales del Partido provocó lo que advertía Stalin, el descrédito en la idea de la colectivización en parte de las masas campesinas. De hecho, del 50 % de colectivización se rebajó al 27 % por la vuelta a la agricultura tradicional de muchos. Los centenares de dirigentes que habían cometido los excesos fueron sustituidos por el Partido y, después de unos meses, se continuó con la colectivización con mejores bases, cumpliendo lo planificado, que fue rebasado por el mismo movimiento de las masas campesinas.

El XVI Congreso del Partido, celebrado en junio de 1930, valoró el estado de las cosas y las posibilidades. El lema del Congreso era: “Ofensiva desplegada del socialismo en todo el frente, de la liquidación de los kulaks como clase y de la realización de la colectivización total”. En ese momento se había llegado a tener un volumen global de producción de la industria del 180 % del nivel de antes de la Primera Guerra Mundial, pero todavía era menor que el de los países capitalistas. En cuanto a la agricultura, el sector cerealista colectivizado era de cerca del 50 %, en tres años la producción de los koljós había crecido en más de 40 veces y solamente los koljós daban al Estado más de la mitad de toda la producción de trigo para el mercado.

Para 1931 se da un nuevo impulso al movimiento koljosiano. Había en ese momento 200.000 koljós y 4.000 sovjós que cultivaban 2/3 de la superficie de siembra. En las regiones cerealistas más importantes los koljós eran el 80 % de las explotaciones campesinas y en las regiones cerealistas de segundo tipo, más del 50 %.

Pero el movimiento koljosiano se desarrollaba rápidamente en extensión, pero no en calidad. Había problemas de falta de cuadros, de falta de buena gestión, repartos injustamente realizados, mucha falta de experiencia, desideologización, individualismo y desinterés. Muchas veces se quedaban extensiones sin plantar o sin recolectar, a lo que había que unir el entrismo de antiguos kulaks y los sabotajes, que desesperaban e infundían miedo a los campesinos koljosianos. A estos inconvenientes se unió la malísima cosecha de 1932 que trajo el hambre a extensas regiones.

El Partido analizando los problemas, decidió dar un vuelco a la situación, y envió al campo a más de 23.000 obreros comunistas (Politotdely) preparados técnica, política e ideológicamente. Más de 3.000 fueron a trabajar a los departamentos agrícolas, más de 2.000 a los sovjoses, 5.000 a las secciones políticas de los sovjoses y más de 13.000 a las secciones políticas de las estaciones de máquinas y tractores. En esos lugares desempeñaron un papel fundamental para organizar y mejorar los koljós y los sovjós. Sustituyeron a miles de dirigentes de los koljós con falta de preparación o desidia; escogieron a los mejores cuadros preparándolos técnica y políticamente; organizaron y fortalecieron los koljós en el terreno económico; organizaron la dirección económica; elevaron el nivel político de las masas campesinas. A ellos se debe en parte que las haciendas colectivas supiesen organizar mucho mejor la producción y el trabajo, que fuesen mucho más efectivas y se consiguiesen los objetivos del Plan Quinquenal nueve meses antes de la fecha fijada.

No solamente en el campo se consiguió cumplir con antelación el Plan, también la industria alcanzó los objetivos. En 1933 el peso específico de la industria en la economía había pasado al 70 %; se había acabado con los elementos capitalistas en la industria y en la agricultura; se había acabado con la miseria; el paro forzoso desapareció; en definitiva, se había conseguido pasar de ser un país agrario a un país industrial, en proceso de acercamiento al socialismo: la industria y la agricultura eran socialistas en un 90 %.

En enero de 1934 se reúne el XVII Congreso, llamado con el significativo lema de “Congreso de los vencedores”. En él se plantean los objetivos del Segundo Plan Quinquenal (hasta 1937).

Después de la subida de los nazis en Alemania al poder en 1933, se podía ver mucho más cerca un nuevo ataque de las potencias imperialistas contra la Unión Soviética. Para afrontar este objetivo peligro era necesario dar un enorme impulso a la industrialización con nuevas construcciones de fábricas, comunicaciones, minería,… y poner a pleno rendimiento el potencial productivo de los grandes complejos creados tanto en la industria como en la agricultura.

La tarea económica fundamental que se planteó en el segundo quinquenio fue el reequipamiento técnico de la economía nacional. Para ello había que resolver unos cuantos problemas: acabar con el atraso de todo tipo de transportes, en primer lugar, el ferroviario; acabar con el retraso que llevaba la siderurgia e impulsar la industria petrolera. A la par, era necesario aprender el manejo y reparación de la nueva maquinaria y dominar los nuevos tipos de producción.

Aunque se deberían vencer muchas dificultades, el nuevo quinquenio se realizó en condiciones mucho más ventajosas que el primero. Ahora el socialismo, que había vencido las resistencias de las fuerzas capitalistas, tenía una correlación de fuerzas en el interior que le permitía desarrollar las tareas con más tranquilidad. Además en este segundo quinquenio deberían notarse las ventajas de todo el esfuerzo realizado en el primer quinquenio; las fábricas, las centrales eléctricas, las minas y las haciendas colectivas trabajarían en estos años a pleno rendimiento, facilitando así las labores previstas. Y, también, debería notarse la derrota de la oposición de derecha que llevó mucho tiempo de disputa con la mayoría leninista.

El Segundo Plan Quinquenal se cumplió en cuatro años, a pesar de los muchos sabotajes que se produjeron organizados por espías nazis y miembros organizados trotskistas.

 

La resistencia

Pero también hubo resistencia, ¿cómo no iba a haberla? La colectivización era una ofensiva contra los elementos capitalistas del campo. El paso a la colectivización total no se hizo simplemente con la afluencia pacífica de las grandes masas campesinas a los koljós, sino también con la lucha de clases contra los kulaks. Los investigadores y agitadores procapitalistas, que realizan una lucha sistemática ideológica contra el socialismo, presentan estas resistencias del campo como la prueba de que la colectivización masiva fue forzada, violenta y que la mayoría de los campesinos eran contrarios a ella. La conclusión a la que llegan es que la colectivización forzada provocó el asesinato de muchos millones de campesinos y significó la vuelta al servilismo. A estas conclusiones ayudaron las críticas de Bujarin y la oposición de derecha que definían la política del Partido como de “explotación militar-feudal del campesinado”; críticas a las que se adhirieron a principios de los años 30 los trotskistas. El mismo Bujarin reconoció en su primera confesión en 1937 que sus partidarios recogían las estadísticas de las manifestaciones campesinas elaboradas por la OGPU exagerando sus aspectos negativos para preparar los informes de la oposición con un carácter alarmista en las reuniones del Comité Central, para intentar demostrar el fracaso de los planes del Partido que iban a llevar a una guerra civil.

La resistencia es una consecuencia lógica de la lucha de clases librada, también lo son las críticas y exageraciones de la oposición de derecha que en ese momento representaban los intereses de clase de los kulaks, y, por último, también son consecuencia de la lucha de clases contra el comunismo las deformaciones históricas y las interpretaciones realizadas en la actualidad por los intelectuales que apoyan el sistema capitalista. Pero ninguna de estas partes puede ni ha podido demostrar que las resistencias y manifestaciones fuesen masivas, nada más que han podido expresarlo de manera retórica. Más bien los documentos oficiales demuestran lo contrario: primero, las resistencias fueron limitadas a un porcentaje pequeño del campesinado, generalmente kulaks expropiados y algunos campesinos medios que se opusieron a la extinción de las relaciones capitalistas en el campo; y, segundo, el movimiento koljosiano fue masivo, y mayoritariamente pacífico y voluntario.

Las fuentes documentales, que datan de los informes oficiales de la OGPU, muestran que en el período inicial de la colectivización, el período más activo en las protestas campesinas, hubo 13.754 manifestaciones de protesta campesinas, con una participación aproximada de 3,3 millones de personas. Bujarin y los oposicionistas de derecha tomaban estos datos y los transformaban en revueltas masivas campesinas, como si estos millones de personas se hubiesen levantado en armas contra la colectivización, como si todos los campesinos se hubieran levantado en armas contra la colectivización. Esta fantasía se convirtió a través de los nazis y el resto de imperialistas, en historia oficial anticomunista. Pero no tenía nada que ver con la realidad.

En 1930 había aproximadamente 125 millones de personas de población rural, de ellos 75 millones mayores de 15 años. Si relacionamos estos datos con los participantes en las manifestaciones campesinas, estos últimos representan aproximadamente el 4,4 % de la población rural adulta. No cabe duda que no es una cifra desdeñable, pero no es menos cierto que con estos datos se cae por su propio peso la teoría de las revueltas masivas, incluso de las manifestaciones masivas o la teoría de que la mayoría del campesinado se opuso a la colectivización. Ciertamente no todos los opuestos a la colectivización tenían por qué manifestarse públicamente contra ella, pero lo que resulta cierto indudablemente es que la gran masa campesina se mostró, algunos con altibajos al principio, de acuerdo con la colectivización. Podemos hablar de que el 90 o el 75 % apoyaron la entrada en los koljós, pero nunca de que la mayoría se opuso a la colectivización como así manifestaban Bujarin y sus colegas de manera tramposa.

Los mismos informes de la OGPU señalan que el 68 % de aquellas movilizaciones estaban directamente relacionadas con la colectivización exigiendo recuperar el ganado, los cultivos y el equipamiento socializado, o en respuesta a abusos y violencias de los dirigentes locales del partido, pero el otro 32 % tenía que ver con el mercado de cereales, penurias alimentarias o contra campañas antirreligiosas. De todas formas, solamente se utilizó la fuerza para reprimir las manifestaciones en un 2 % de ellas.

Hacer la denuncia sobre la utilización falseada de los datos y las exageraciones no significa que no haya habido una importante resistencia, y muy dañina, por parte de los kulaks. De hecho es imposible que no la hubiese si la campaña soviética consistía precisamente en la extinción de los kulaks como clase. Muchos de ellos se organizaron para practicar el sabotaje y el terrorismo, introduciéndose en los koljós para boicotearlos, teniendo en cuenta que en muchas ocasiones los kulaks eran los más cultos y preparados intelectualmente y eran situados dentro de la dirección de las explotaciones agrarias colectivas. Uno de los hechos más dramáticos de los primeros años de la colectivización fue el sacrificio del ganado por parte, sobre todo, de los kulaks, para que no pudiese ser utilizado en las granjas colectivas. Un sacrificio masivo que puede ser considerado como actos de sabotaje y terroristas, ya que afectaban a la alimentación de la población. Las cabezas de ganado no pudieron ser recuperadas hasta el año 38, el bovino y el porcino, y hasta después de la Segunda Guerra Mundial, el resto.

Pero también hicieron en todo el proceso de deskulakización otros actos terroristas como la quema de cosechas enteras y los atentados contra activistas del Partido, trabajadores de los koljós y oficiales del ejército.

Estos hechos eran el resultado de la resistencia de los campesinos ricos, la clase burguesa del campo, los kulaks, a la expropiación de sus tierras para incluirlas en las granjas colectivas. Hasta el momento del inicio de la colectivización del campo, se concentraba el sufrimiento en los campesinos pobres y había llegado el momento que la alianza de la clase obrera y los campesinos pobres con los campesinos medios, tomase la dirección socialista, para ello era necesario liquidar a los kulaks como clase. La lucha de clases se agudizó y la resistencia de los kulaks se convirtió en sabotaje y terrorismo. El destino de los kulaks, que representaban aproximadamente el 5 % de la población campesina, fue por varios derroteros: la expropiación, la migración a las ciudades, la deportación a tierras sin explotar o el arresto: Todo ello dependiendo del grado de resistencia: un millón fueron deportados, cien mil arrestados y unos pocos ajusticiados. Pero también un porcentaje elevado entraron en los koljós. Aun así, los sabotajes continuaron hasta mediados de los años 30, aunque con mucha menor intensidad. Los kulaks habían sido liquidados como clase cuando en el año 1935 se encontraba colectivizada el 94 % de la tierra cultivable.

 

“Holodomor” o como los capitalistas tergiversan la historia

La historia oficial en el occidente capitalista, como decíamos más arriba, expone que los campesinos se resistieron en general a la colectivización porque suponía volver a la servidumbre. Pero la historia contada desde los intereses capitalistas no se queda ahí, también tiene que exponer el “carácter criminal” del socialismo y de sus impresionantes logros en beneficio de los trabajadores. Si se conociese la realidad sería un peligro inmenso para los capitalistas y sus acólitos, por eso cargan contra la construcción práctica del socialismo y tergiversan la historia.

Partiendo en apariencia de hechos reales convierten la catástrofe en crimen. Partiendo del hecho real de la hambruna de 1932-33 en varias regiones importantes de la Unión Soviética, la convierten en lo que llaman “holodomor”. Esta idea pretende asegurar que la hambruna producida en ese ciclo fue causada por la colectivización y que fue ideada expresamente por Stalin para castigar mediante el crimen masivo a los ucranianos. Esta teoría partió de los nacionalistas ucranianos pro-nazis y, después, convertida en tramposa “palabra de dios”.

Recientes estudios han demostrado la falsedad de tales afirmaciones. La hambruna de 1932-33 no fue consecuencia de la colectivización, sino de causas ambientales. Ya durante el período zarista hubo periódicamente hambrunas debidas a las malas cosechas por sequías y también en todo el periódico soviético pre-colectivización por el mismo motivo. La realidad es que en 1931 ya hubo una mala cosecha debida a una sequía grave, que fue seguida en 1932 de una elevada humedad, que propició la extensión de enfermedades fúngicas y la infestación de insectos y ratones. La cosecha fue muy mala y provocó una gran hambruna que provocó la muerte de varios millones de personas. Ciertamente algo influyeron los sabotajes y la todavía deficiente organización, pero la causa determinante fue ambiental. Si hubiese sido una venganza contra los ucranianos, no hubiera habido el mismo problema en otras regiones.

Contrariamente a los bulos emitidos por los anticomunistas, el gobierno soviético hizo todo lo posible por paliar la hambruna y a principios de 1933 asignó 5,76 millones de toneladas métricas de semillas y ayuda alimentaria, que significó el mayor esfuerzo en este sentido de la historia soviética. Es más, para demostrar el valor de la colectivización, de la modernización de la agricultura ligada a la industrialización acelerada y del cambio de las relaciones sociales en favor de los trabajadores y del socialismo, hay que destacar que después de ésta no volvió a haber ninguna hambruna más de la Unión Soviética, si descontamos la del ciclo 1946-47 debida a la destrucción nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

En todo el período de la colectivización, aunque hubo otras cosechas malas debidas a causas naturales, como en 1931 y 1936, nada más se produjo el período de hambre del ciclo entre cosechas de 1932-33. Fueron paso a paso mejorándose las previsiones, la organización del trabajo, la industrialización científica del campo y el esfuerzo colectivo que eliminaron el hambre y consolidaron la nueva forma colectiva de producción.

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