Historia Ilustrada de la Revolución: Diciembre de 1917

Diciembre de 1917: ¡Paz a las chozas, guerra a los palacios!

2 de diciembre: se firma en Brest-Litovsk el acuerdo de armisticio de la Ru­sia soviética con Alemania y sus aliados.

9 de diciembre: Comienzan las negociaciones de paz entre la Rusia soviética y los países del bloque militar austro-germano.

17 de diciembre: manifestación en Petrogrado en defensa de la paz y la política exterior del Gobierno soviético.

Era asombrosa la envergadura de las transformaciones realizadas por el pri­mer Gobierno Obrero y Campesino del mundo en aquellos pocos días del histó­rico 1917, año crucial en los destinos de millones de personas. Una vez solucio­nada la tarea fundamental —establecer la dictadura del proletariado—, la revo­lución socialista efectuó transformacio­nes que debió realizar la revolución de­mocrática burguesa, pero que no lo hizo. Se trataba de la exterminación de los resabios medievales: liquidar la pro­piedad agraria de los terratenientes, la opresión nacional, los residuos de las instituciones de la Rusia caduca, prerre­volucionaria; abolir la división de la po­blación en estamentos, separar la Iglesia del Estado y la escuela de la Iglesia; promulgar leyes nuevas sobre la familia, el matrimonio y la emancipación de la mujer.

Al triunfar la Revolución de Octubre, estas transformaciones se efectuaron en varias semanas.

“En unas diez semanas… -escribió Lenin- hicimos en este terreno mil veces más que los demócratas burgueses y li­berales (demócratas constitucionalistas) y los demócratas pequeñoburgueses (mencheviques y eseristas) durante los ocho meses que estuvieron en el poder”. Y cabe destacar que las tareas de la re­volución democrática burguesa se re­solvían sobre la marcha, de paso, como “producto accesorio” de la labor princi­pal y verdadera, de la labor revolucio­naria proletaria, socialista.

En los primeros días después del 25 de Octubre, comenzó el sabotaje, orga­nizado por las clases antes dominantes. En la reunión extraordinaria de la Du­ma de Petrogrado, convocada el 27 de octubre, el Comité de la Unión de Unio­nes de Empleados de las Instituciones Estatales se declaró: “Consideramos imposible entregar nuestra experiencia, nuestros conocimientos y el propio apa­rato de gestión a violadores…” ¡Y esto se decía del Gobierno nuevo, legal de Rusia, que representaba la voluntad y las esperanzas del pueblo! La enverga­dura del sabotaje organizado por la contrarrevolución era tal, que iba desde los empleados de las antiguas institucio­nes estatales hasta la Unión de Maes­tros de toda Rusia.

En su lucha contra el poder popular, la contrarrevolución no desdeñaba si­quiera a los elementos delincuentes. Así, desde los primeros días de diciembre los asaltos a las vinerías y el hurto de bebidas alcohólicas en Petrogrado se convir­tieron en actos organizados y dirigidos por una mano experta.

En la tarde del 1 de diciembre, guar­dias rojos y marineros del 6º Batallón Mixto de la Marina dispersaron con gran dificultad a una turba que tumba­ba la bodega de vino en la calle Panteleimónovskaia. En esta casa, se descu­brieron 2 ametralladoras, 20 fusiles y otras armas. Por lo general, desde los primeros instantes de comenzar un sa­queo se divulgaban, entre los presentes, octavillas de carácter antisoviético. Du­rante la refriega en la calle lvánovskaia se detuvo a dos individuos que distri­buían octavillas. Resultaron ser colabo­radores del periódico burgués Nóvaia Rus. En el domicilio que ellos indicaron se confiscaron 20.000 ejemplares de oc­tavillas antisoviéticas. Todos los que participaron en su preparación y divul­gación eran miembros del partido de los demócratas constitucionalistas. Los asaltos a los almacenes de vino ponían en peligro la vida normal de la capital. En la noche del 4 de diciembre se come­tieron más de 60 delitos de esa índole. El nuevo mando de la Región Militar se vio obligado a declarar el estado de sitio en la ciudad y se ordenó disparar, sin previo aviso, contra los atracadores.

El Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado creó un comité especial para proteger el orden, integra­do por representantes de los consejos distritales de la Guardia Roja y la mili­cia. A G. Blagonrávov se le designó co­misario extraordinario para combatir la embriaguez y los asaltos.

Destacamentos de la Guardia Roja y automóviles blindados patrullaban las calles de la capital. En algunas partes, se eliminaban las reservas de vino. Sólo en los primeros días de enero de 1918 se lo­gró poner fin en Petrogrado al saqueo de las vinerías.

Félix Dzerzhinski. El 7 de diciembre fue designado presidente de la Comisión Extraordinaria de toda Rusia, adjunta al Consejo de Comisarios del Pueblo, para combatir la contrarrevolución y el sabotaje.

El 8 de diciembre, el Soviet de Dipu­tados Obreros y Soldados de Moscú de­claró el estado de sitio en la ciudad, de­bido a que se habían hecho más activas las fuerzas contrarrevolucionarias. Se prohibió organizar reuniones en las ca­lles y plazas, pegar llamamientos sin el permiso del comité para asuntos de prensa, publicar ediciones periódicas sin autorización previa e infringir el trabajo normal en las entidades y empresas. El día cuando se publicó esta disposición se declararon en huelga —por instiga­ción del personal médico superior sabo­teador— todos los ambulatorios de los hospitales, la estación Pasteur, el hospi­tal Briúsovski y otros centros médicos de la ciudad.

El desenfreno de la contrarrevolución exigía responder con medidas severas. En la defensa del orden legal desempe­ñaron un papel importante los nuevos tribunales revolucionarios. El decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo, emitido el 22 de noviembre, abolió los antiguos organismos judiciales —juzga­dos distritales, cámaras, Senado guber­namental, tribunales en el ejército, la marina y en el comercio—, que fueron reemplazados por los tribunales locales, elegidos mediante la votación democrática abierta. Se suprimió también el ins­tituto de jueces de paz, aunque a éstos no se les privaba del derecho a ser elegi­dos a los nuevos órganos judiciales. An­tes de establecerse la elección de los tri­bunales locales, su composición la designaban los Soviets, y presentaban asimismo las listas de los jurados popula­res.

Para defender las conquistas de la re­volución, se instituyeron tribunales revolu­cionarios obrero-campesinos adjuntos a los Soviets, que a mediados de diciem­bre de 1917 funcionaban en todos los distritos de Petrogrado. El 2 de diciem­bre el Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Moscú aprobó la disposi­ción de suprimir las antiguas institucio­nes judiciales y de crear las nuevas, pro­poniendo a los Soviets distritales co­menzar de inmediato su elección. El Soviet de Sarátov aprobó a mediados de diciembre el Reglamento para instituir el tribunal revolucionario en la ciudad, el cual respondía al espíritu y la letra de los decretos del Consejo de Comisarios del Pueblo sobre los tribunales.

En la Carta a F. E. Dzerzhinski, del 7 de diciembre, Lenin propuso un proyec­to de decreto Sobre la lucha frente a los contrarrevolucionarios y los saboteado­res.

De la carta de V. I. Lenin a F. E. Dzer­zhinski con un proyecto de decreto So­bre la lucha frente a los contrarrevolucio­narios y los saboteadores

“… La burguesía recurre a los críme­nes más feroces, soborna a la escoria de la sociedad y a los elementos envilecidos y los emborracha para que efectúen po­gromes. Los adeptos de la burguesía, sobre todo los altos funcionarios, em­pleados de la Banca, etc., sabotean el trabajo y organizan huelgas para frus­trar las medidas del Gobierno orienta­das a efectuar transformaciones socia­listas. Se llega al extremo de sabotear la labor de abastecimiento, lo que amenaza con el hambre a millones de perso­nas.

Son imprescindibles medidas extraor­dinarias para combatir a los contrarre­volucionarios y saboteadores…”

En la reunión del Gobierno, convoca­da el 7 de diciembre, se escuchó el informe de Dzerzhinski sobre la organiza­ción y estructura de la comisión para combatir la contrarrevolución y el sabo­taje. Se la denominó Comisión Extraordi­naria de toda Rusia, adjunta al Consejo de Comisarios del Pueblo, para comba­tir la contrarrevolución y el sabotaje (VChK). Se nombró presidente a F. Dzerzhinski.

 

Primera composición del Tribunal Revolucionario de Petrogrado. En el centro, Iván Zhúkov, presidente del tribunal, obrero bolchevique desde 1909,

El 10 de diciembre se celebró en el an­tiguo palacio del Gran Duque Nikolái Nikoláevich la primera sesión del Tri­bunal Revolucionario de Petrogrado. Su presidente era el obrero I. Zhúkov, participante en los combates revolucio­narios de 1905 y bolchevique desde 1909. Se instruía la causa contra la con­desa S. Pánina, viceministro de Instruc­ción Pública en el Gobierno Provisional derrocado, miembro del CC del partido de los demócratas constitucionalistas. Se le acusaba de sabotaje, consistente en el desfalco de los fondos del ministerio destinados para el pago de subsidios, subvencionar orfanatos, hospicios, etc. El tribunal declaró culpable a Pánina de oponerse al poder popular, pero se limi­tó a una censura pública, manteniéndo­la bajo custodia mientras no devolviera el dinero del pueblo. El 19 de diciembre, los saboteadores entregaron al Comisa­riado del Pueblo de Instrucción Pública el dinero que habían robado y Pánina fue puesta en libertad.

El 28 de diciembre comenzó el primer gran proceso político sobre el complot mo­nárquico contra la joven República de los Soviets. Ante el Tribunal Revolucio­nario de Petrogrado comparecieron V. Purishkévich, conocido líder de las centurias negras, y 13 de sus cómplices. Y también aquí, a pesar de demostrarse su plena culpabilidad y su conducta provocadora, Purishkévich fue conde­nado condicionalmente sólo a cuatro años de trabajos forzados. Por lo de­más, se estipulaba que después del primer año, considerando la detención pre­ventiva, se le pondría en libertad y, en caso de que durante el siguiente año no se dedicara a la actividad contrarrevolu­cionaria diligente, se le concedería la amnistía total. A los cómplices de Pu­rishkévich también se les dictaron sen­tencias leves.

Los primeros procesos del Tribunal Revolucionario de Petrogrado mostra­ron que la esencia de la dictadura del proletariado no era la violencia. Con el propio hecho de conferir al pueblo los medios de producción —lo que permitió poner en el orden del día el desarrollo planificado de la economía nacional a partir de los intereses de toda la socie­dad, y no de los beneficios de los capitalistas—, el Estado proletario manifestó su carácter humano[1].

Una de las medidas concretas para organizar la economía nacional por la vía socialista fue la implantación de la más estricta contabilidad y el control sobre la producción y la distribución de los productos.

Como es sabido, V. I. Lenin denomi­nó “ataque al capital a lo ‘Guardia Ro­ja”’ a los primeros meses después de triunfar la revolución proletaria. El Po­der soviético no repitió el error que co­metió la Comuna de París en 1871, pri­mera revolución proletaria y primer Gobierno de la clase obrera, consistente en que los comuneros no confiscaron ni una sola cuenta bancaria, observaron la inviolabilidad de las cajas fuertes con cuentas privadas, mientras que los ban­cos subvencionaban a la contrarrevolu­ción.

Cuando triunfó la revolución, el Go­bierno proletario de Rusia incautó el Banco del Estado. Sobre los bancos pri­vados se estableció primero el control y, a mediados de diciembre, se nacionaliza­ron.

Sobre la nacionalización de los bancos Aprobado en la sesión del Comité Ejecu­tivo Central de toda Rusia el 14 de di­ciembre de 1917

Para organizar debidamente la eco­nomía nacional, erradicar de manera re­suelta la especulación bancaria y liberar por todos los medios de la explotación del capital bancario a los obreros, a los campesinos y a toda la población traba­jadora, y con el fin de instituir un banco popular único de la República Rusa, que preste un verdadero servicio a los intereses del pueblo y de las clases más pobres, el Comité Ejecutivo Central dispone:

  1. La cuestión bancaria se declara monopolio del Estado.
  2. Todos los bancos anónimos priva­dos y oficinas bancarias, existentes, se unifican con el Banco Estatal.
  3. Los activos y pasivos de las empre­sas incautadas pasan al Banco Estatal.
  4. La orden de fusionar los bancos privados con el Banco Estatal se deter­mina en un decreto especial.
  5. La gestión provisional de los asun­tos bancarios privados se transmite al consejo del Banco Estatal.
  6. Los intereses de los pequeños depositantes se asegurarán íntegra­mente.

Sobre la revisión de las cajas de caudales Aprobado en la sesión del Comité Ejecu­tivo Central de toda Rusia el 14 de di­ciembre de 1917

  1. El dinero que se guarda en las ca­jas de caudales de los bancos deberá pa­sar a la cuenta corriente del cliente en el Banco Estatal.

Observación. El oro en monedas y en barras se confisca y se transmite al fon­do de oro de todo el Estado.

  1. Los poseedores de cajas de cauda­les deberán presentarse –con las llaves—en el banco tan pronto se les invite, para presenciar la revisión de dichas cajas.
  2. Los poseedores que no se hayan presentado en un plazo de tres días des­pués de invitarles, se considerarán per­sonas que rehúsan la revisión con mala intención.
  3. Las cajas pertenecientes a dichas personas serán abiertas por las comisiones de instrucción, designadas por los comisarios del Banco Estatal, y todos los bienes contenidos en ellas serán con­fiscados por el Banco Estatal y pasarán a propiedad del pueblo.

Observación. Las comisiones de ins­trucción pueden aplazar la liquidación siempre y cuando las causas sean justificadas.

En el banco nacionalizado.

La cuestión bancaria se convirtió en monopolio del Estado; los bancos pri­vados se fusionaron en el Banco Esta­tal; surgió un banco popular único de la República Rusa. En las postrimerías de enero de 1918 se confiscaron los capita­les anónimos de los antiguos bancos pri­vados. Más tarde, el Consejo de Comi­sarios del Pueblo publicó un decreto que anulaba los empréstitos extranje­ros e internos, concertados por los gobiernos zarista y provisio­nal.

De acuerdo con el decreto del Conse­jo de Comisarios del Pueblo, del 23 de diciembre de 1917, se suspendieron los pagos por concepto de fondos y divi­dendos de las acciones y cuotas de las empresas privadas, así como todas las transacciones con los títu­los.

En noviembre de 1917, el Poder so­viético comenzó a nacionalizar las em­presas. Primero confiscó y nacionalizó la fábrica Likinsk. En la sesión del Con­sejo de Comisarios del Pueblo, celebra­da el 9 de diciembre bajo la presidencia de Lenin, se aprobó el decreto de confis­car los bienes de la sociedad anónima Simsk (empresas mineras). El 27 de di­ciembre se aprobaron los decretos para confiscar los bienes de las sociedades anónimas de las zonas mineras de Ufaleisk y de Kishtimsk, para nacionalizar la fábrica de aeroplanos Antara, en Simferópol, y se dispuso que las facto­rías Putílov pasaran a ser propiedad de la República Rusa.

 

Obreros de una de las empresas nacionalizadas.

La nacionalización era algo complejo y difícil. Pero más difícil fue organizar el trabajo en las empresas nacionaliza­das, elevar en ellas la productividad, preparar de entre los obreros personal directivo y administradores competen­tes y hábiles. Cumpliendo las indicaciones de Lenin, los obreros organizaban la producción, hacían lo posible por forta­lecer la disciplina laboral. Confecciona­ban el reglamento interno, orientado a fortalecer la disciplina y mejorar la or­ganización laboral. El ejemplo de los obreros de la fábrica de Bézhitsa, en Briansk, adquirió amplia popularidad. El reglamento interno, confeccionado por ellos mismos, preveía castigos por la infracción de la disciplina laboral; la remuneración sólo de acuerdo con el tra­bajo realizado; destacaban la necesidad del mando único en la producción, etc. Lenin apreció altamente el “Reglamen­to de Briansk”, y aconsejó extenderlo a otras empresas.

Lenin señaló en diciembre de 1917: “Empiezan ya a destacarse hombres ins­truidos que se ponen al lado del pueblo, al lado de los trabajadores, para ayu­darles a vencer la resistencia de los lacayos del capital”.

El 7 de diciembre, la asamblea gene­ral de maestros internacionalistas con­denó la actividad contrarrevolucionaria de la Unión de Maestros de toda Rusia, encaminada a convocar una huelga del gremio, y aprobó una disposición por la que todos los maestros internacionalis­tas abandonaban esa Unión. El 3 de di­ciembre, la reunión de novelistas de la sociedad Miércoles, a la que asistieron unas 60 personas, reprobó la actitud del escritor Alexandr Serafimóvich, quien aceptó dirigir la sección literario-artísti­ca del periódico Izvestia Moskovskogo Sovieta, mientras declaró su ruptura con esta sociedad y calificó la postura de sus miembros como traición al pueblo. Pa­saron al lado del pueblo Alexandr Blok, Vladimir Maiakovski, Vsévolod Meier­jold, Alexéi Baj, Kliment Timiriázev, Konstantín Tsiolkovski y otros. Su ejemplo tuvo enorme significado. “Us­ted no se puede imaginar —escribió más tarde Marieta Shaguinián a Serafimóvich— qué apoyo representaba en aque­llos días para quienes habíamos acepta­do la Revolución de Octubre, su reputa­ción directa y sólida como escritor bolchevique. Como respuesta a las ca­lumnias, a la ironía, al desaliento, mu­chos de nosotros teníamos en la lengua un argumento único: “¿Y Serafimó­vich?” “¿Y Blok?” Usted era para no­sotros la demostración, y ha sido la de­mostración… de la vía ideológica directa, indisoluble, del escritor con la revolución…”

 

Vladimir Maiakovski escribió acerca de la Revolución de Octubre. “¿Aceptarla o no aceptarla? Para mí no existía ese interrogante. Era mi revolución. Fui al Smolni. Trabajaba”. Alexandr Serafimóvich, destacado prosista; después de la Revolución de Octubre encabezó la sección de literatura, crítica y arte del periódico lzvestia. En mayo de 1918 ingresó en las filas del Partido Bolchevique. Vsévolod Meierjold, director de escena y actor; después de la Revolución de Octubre fue uno de los dirigentes de la Sección Teatral del Comisariado del Pueblo de Instrucción. El primer director profesional que puso en la escena —junto con el poeta Maiakovski— el primer espectáculo revolucionario “El misterio bufo”. Miembro del Partido Bolchevique desde 1918

La victoria del Gran Octubre permi­tió iniciar la revolución cultural. Los trabajadores derrocaron al capitalismo, pero esto era insuficiente. Lenin escri­bió: “… El aplastamiento del capitalis­mo no resuelve aún las cosas. Hay que tomar toda la ciencia, la técnica, todo el saber, el arte. Sin eso no podemos edifi­car la vida de la sociedad comunista”. Las transformaciones en la esfera de la cultura incluían, en primer lugar, medi­das tales como la liquidación del analfa­betismo entre la población adulta, el desarrollo de la instrucción escolar con el fin de abarcar a la joven generación, la reforma de la escuela superior, el empleo de todos los conocimien­tos atesorados por la humani­dad.

Mientras los políticos y periodistas europeos y norteamericanos estaban se­guros del perecimiento ineludible del Poder soviético y discutían acerca del día de su caída, el joven Estado de obre­ros y campesinos aprobaba decretos pa­ra proteger los monumentos de la cultu­ra. Unos observadores occidentales consideraban que esas acciones de los comunistas eran un bluff; otros, una ab­surdidad. Ni los primeros ni los segun­dos podían comprender que preci­samente entonces, en los difíciles tiempos de hambre y ruina, se asen­taban las bases de la nueva cul­tura.

El Gobierno soviético proclamó que la salvación y protección de los valores artístico-históricos del país eran una cuestión de importancia trascendental. En el llamamiento especial ¡Protejan el patrimonio nacional!, se exhortaba a los obreros, campesinos, soldados y mari­neros a proteger las riquezas culturales de Rusia.

El pueblo trabajador se convierte ahora en el dueño absoluto del país —se indicaba en el llamamiento—. Este ha empobrecido. Lo asoló la guerra. Pero esto es pasajero, pues es rico en sus ina­gotables posibilidades. Son grandes sus tesoros naturales, y con una econo­mía justamente reglamentada, admi­nistrada en interés común, los pue­blos de Rusia aún habrán de prospe­rar.

Pero, además de las riquezas natura­les, el pueblo trabajador heredó tam­bién enormes riquezas culturales: edifi­cios de maravillosa belleza, museos llenos de objetos raros, hermosos y alec­cionadores, bibliotecas de enormes va­lores espirituales, etc.

Ahora, todo eso pertenece verdadera­mente al pueblo.

Alexéi Baj, científico, fundador de la escuela de bioquímicos. Después de la Revolución de Octubre, (en 1918) dirigió el Instituto Físico-Químico. Konstantín Tsiolkovski, científico e inventor en la dinámica aérea y coheteril, la teoría del avión y el dirigible; fundador de la cosmonáutica contemporánea. Kliment Timiriázev, naturalista, fisiólogo de las plantas, propagandista y popularizador de conocimientos científicos, miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de San Petersburgo.

Todo eso ayudará al pobre y a sus hijos a superar con rapidez la instrucción de las anteriores clases dominantes, le ayudará a convertirse en un hombre nuevo, poseedor de la cultura antigua, creador de lo que aún no tiene prece­dentes.

Camaradas:

Hay que proteger con cuidado, con ojo avizor, ese patrimonio del pueblo… Cuiden para sí y para la descendencia la belleza de nuestra tierra. Sean guardianes del patrimonio nacional…

Desde los primeros días, el poder obrero-campesino tomó bajo su amparo las colecciones culturales más importantes y las protegió de la destrucción y malversación. Al Ermitage, el mayor museo artístico y cultural-histórico de Rusia, al Palacio de Invierno, que era la principal residencia de los emperadores rusos, al Palacio de Táurida, monumento del clasicismo ruso, a la biblioteca pública de Petrogrado (hoy biblioteca “M. Saltikov-Schedrín”), el mayor depósito de libros del país, y a las residencias del zar en las afueras de la ciudad se enviaron comisarios gubernamentales y retenes de soldados de los regimientos revolucionarios y destacamentos de la Guardia Roja.

En el trabajo del Colegio para los Asuntos de los Museos y la Protección de los Monumentos del Arte y la Antigüedad del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, participaban mu-chas personalidades destacadas de la cultura y la ciencia. Entre ellas, Igor Grabar, pintor y crítico de arte; el académico Nikolái Marr, eminente orientalista; losif Orbelli, profesor de la Universidad de Petrogrado y más tarde, académico y director del Ermitage, etc.

En el curso de las transformaciones comenzadas por la Revolución de Octubre, el odio de los trabajadores a los explotadores iba creciendo a medida que los dueños anteriores intentaban restablecer —por vía armada— el antiguo régimen. Era frecuente que ese odio se extendiera también a los valores culturales que antes de la revolución pertenecían sólo a los ricos.

Las destrucciones en el campo, donde era particularmente grande el contraste entre la pobreza de los campesinos y la cultura refinada de los señores, comen­zaron nada más que se derrocó a la mo­narquía en febrero. El Gobierno Provi­sional, que orientaba todos sus esfuer­zos para impedir el paso del poder a manos de los obreros, no podía dominar al elemento de ira popular. En lo funda­mental, fue precisamente en ese período cuando pereció la cultura rusa de las ha­ciendas. Se saquearon e incendiaron muchas haciendas patrimoniales de la nobleza rusa. El Poder soviético trató, desde los primeros días, de prevenir el vandalismo.

Los Soviets asumían una responsabilidad especial por la protección de las riquezas culturales. En un telegrama que Lenin envió en diciembre de 1917 al presidente de uno de los Soviets locales, se indicaba:

— Usted responde de que se mantenga intacto.

En este mismo telegrama se disponía:

— Las haciendas son patrimonio del pueblo. Por la expoliación, formen proceso. Comuníquenos las sentencias del tribunal…

La lucha de los organismos estatales contra el desfalco de los valores cultura­les era apoyada activamente por los obreros. Ella también abarcó a amplias capas de las masas campesinas. Era fre­cuente cuando los mismos campesinos enviaban a sus representantes con la pe­tición de acabar con las destrucciones de algunos conciudadanos inconscien­tes.

Los Soviets mantenían una actitud cuidadosa hacia todo lo que componía el orgullo de la cultura nacional. Por ejemplo, el Soviet de Diputados Obre­ros, Soldados y Campesinos de Tula to­mó bajo su amparo la hacienda de León Tolstói, escritor ruso de renombre mun­dial, en Yásnaya Poliana. El Soviet de Diputados de la ciudad de Klin, cerca de Moscú, la casa del famoso composi­tor Chaikovski. El Presídium del Cole­gio para los Asuntos de los Museos y la Protección de los Monumentos del Arte y la Antigüedad dispuso lo siguiente como respuesta a la solicitud del Soviet de Diputados de la Provincia de Moscú, acerca de des­alojar de su hacienda en Lopásnia a los nobles Goncharov:

— Hacer exclusión para los terrate­nientes que viven en la mencionada ha­cienda por ser nietos del gran Pushkin.

Para asegurar la protección fiable y la conservación íntegra de los valores artístico-históricos y culturales, así co­mo la posibilidad de ser empleados por todos los trabajadores del país, el Esta­do nacionalizó las riquísimas coleccio­nes de obras de la pintura y la literatura rusa y eurooccidental de los museos y archivos. Se declararon patrimonio del Estado todas las obras científicas, literarias, de museo y artísticas, excepto las bibliotecas de los científicos, per­sonalidades de la literatura y el arte.

La separación de la Iglesia del Estado significaba, en particular, que el Estado y sus organismos cesaban de injerirse en los asuntos internos de la Iglesia, y ésta se liberaba de la dependencia organiza­tiva y material del Estado. El decreto prohibía la promulgación de cualesquie­ra leyes o disposiciones locales que abreviaran o limitaran la libertad de conciencia, igual para todos los ciuda­danos del país.

El cartel “La alfabetización, vía hacia el comunismo”. 1920.

En la brega contra la ignorancia secu­lar y el analfabetismo de las masas tu­vieron gran importancia, entre otras, las disposiciones del Consejo de Comisa­rios del Pueblo encaminadas a transferir íntegramente la enseñanza y la educa­ción del Departamento eclesiástico al Comisariado del Pueblo de Instruc­ción Pública (11 de diciembre) y el decreto sobre la implantación de la nueva ortografía (23 de diciem­bre).

El poder naciente realizó un trabajo inmenso para reglamentar la cuestión de las editoriales. El 29 de diciembre, el Comité Ejecutivo Central de los Soviets de toda Rusia aprobó el decreto Acerca de la Editorial del Estado, que declaraba patrimonio del pueblo las obras de los corifeos de la literatura. Al Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública se le encomendó comenzar, de inmediato, una amplia actividad editorial y, en pri­mer lugar, organizar la publicación po­pular y a bajo precio de las obras de los clásicos rusos, la edición masiva de manuales no sólo para los niños, sino también para liquidar el analfabetismo entre la población adulta.

La edificación del Estado socialista era imposible sin una organización mili­tar fuerte, necesaria para defenderlo. En los primeros días después del triunfo de la revolución, se democratizó el ejército y así el Poder soviético demolió la es­tructura antigua dentro de él. Al mismo tiempo, se buscaban las vías para fundar las nuevas fuerzas arma­das.

Del llamamiento del comandante en jefe N. V. Krilenko, sobre la organización del ejército revolucionario, popular socia­lista

29 de diciembre de 1917

Camaradas:

… Ante los obreros y campesinos de Rusia se plantea la tarea de defender las conquistas de la revolución y de efec­tuar una guerra sagrada contra todos sus enemigos. Es la guerra sagrada revo­lucionaria contra la burguesía rusa, ale­mana y anglo-francesa. En caso de que la burguesía triunfe, no contará para nada con nosotros. Inundará en sangre la tierra por aquellos minutos de victo­ria del poder popular que tuvo que so­portar. Responderá con horrores y ejecuciones, ante los que palidecerán las ejecuciones de los verdugos zaristas, pues no hay animal más feroz ni verdu­go más cruel que la burguesía, cuando se venga del pueblo por los minutos de su victoria… En estas condiciones, ante el pueblo se plantea la tarea de fundar la fuerza armada capaz de darle una réplica.

… En la retaguardia se exhorta a empuñar las armas a todos en quienes late el corazón revolucionario. Los camaradas en las trincheras recibirán apoyo y refuerzo, y entonces ninguna fuerza de los ejércitos burgueses nos podrá intimi­dar. La guardia popular socialista, que defiende al Gobierno y al poder socialis­tas, tiene que triunfar.

 

El 15 de diciembre, se reunió en Petro­grado el Congreso de todo el Ejército, dedicado a la desmovilización de las fuerzas armadas, que debería trazar las medidas necesarias para convertir este proceso espontáneo en un proceso planificado.

A propuesta de Lenin, el Congreso examinó la formación de un ejército nuevo, socialista, prestando particular atención al principio de voluntariedad en su creación, dictado por la necesidad de organizar con la mayor rapidez posi­ble un ejército clasista, cuando las clases derrocadas ya habían comenzado la guerra civil. El 15 de enero de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó el decreto sobre la formación del Ejército Rojo Obrero-Campesino, y el 29 de enero, otro sobre la creación de la Flota Roja Obrero-Cam­pesina.

El 2 de diciembre, los destacamentos contrarrevolucionarios de Kaledin ocu­paron Rostov del Don. Fueron asalta­dos los locales del Comité del Partido Bolchevique y del sindicato de los meta­lúrgicos; se efectuaron registros masi­vos y detenciones de obreros revolucio­narios. Pero la organización bolchevi­que de Rostov, una de las más activas y combativas del partido, continuó la lu­cha en la clandestinidad. El Comité del POSD(b)R de Rostov y Najicheván di­rigió la actividad revolucionaria clan­destina en todo el territorio ocupado por Kaledin.

De la provincia de Orenburgo, donde se amotinó el atamán contrarrevolucio­nario Dútov, se comunicó el 2 de di­ciembre que la provincia se había decla­rado en estado de sitio y que se había llamado a todos los trabajadores a emprender la lucha revolucionaria contra los alza­dos.

Se activaron también los nacionalis­tas burgueses, y cada acción suya con­firmaba otra vez más su esencia antipo­pular.

Después del triunfo de la Gran Revo­lución Socialista de Octubre, la Rada Central Ucraniana, surgida en abril de 1917, se declaró órgano supremo de la “República Popular Ucraniana” y em­prendió el camino de lucha abierta con­tra el Poder soviético, convirtiéndose en uno de los centros de la contrarrevolu­ción en Rusia. La cuestión de la Rada Central se discutió el 3 de diciembre en la reunión del Consejo de Comisarios del Pueblo, en la que se aprobó el Mani­fiesto al pueblo de Ucrania, con un ultimátum a la Rada ucraniana. En este do­cumento se confirmó una vez más “el derecho a la autodeterminación de to­das las naciones, oprimidas por el zaris­mo y la burguesía rusa, incluso el dere­cho de estas naciones a separarse de Rusia”. A la Rada se la acusaba de no reconocer a los Soviets ni al Poder so­viético en Ucrania; de retirar del frente, mediante órdenes unilaterales, a las uni­dades ucranianas, dividiendo de ese mo­do el frente general único; de desarmar a las tropas soviéticas que se encontra­ban en Ucrania; de apoyar el complot de los demócratas constitucionalistas y de Kaledin, así como los levantamientos contra el Poder soviético. Se planteaba que la Rada sería reconocida siempre y cuando cesara su actividad antisoviéti­ca. En caso, contrario, el Consejo de Co­misarios del Pueblo declaró que se la consideraría “en estado de guerra decla­rada contra el Poder soviético en Rusia y en Ucrania”. En el I Congreso de los Soviets de toda Ucrania, (Járkov, di­ciembre de 1917) se proclamó a Ucrania República Soviética. El Congreso decla­ró también su determinación de derrocar la Rada Central. En diciembre de 1917-febrero de 1918, en toda Ucrania surgieron in­surrecciones armadas contra la Rada, y a favor del Poder soviético. El 26 de enero, las tropas soviéticas liberaron Kiev y derrocaron a la Rada bur­guesa.

Consejo de Comisarios del Pueblo. Smolní, diciembre de 1917-enero de 1918. En el centro, V. I. Lenin. Al lado de él se encuentran: losif Stalin, Comisario del Pueblo para los Asuntos de las Nacionalidades; Pável Dibenko, quien entraba en el Comisariado para los Asuntos Militares y Navales. Sentados a la derecha de Lenin: Prosh Proshián, eserista de izquierda, en diciembre de 1917 entró en el Gobierno como Comisario del Pueblo de Correos y Telégrafos; a la izquierda, Alexandra Kollontái, Comisario del Pueblo para la Seguridad Social (entonces se denominaba Beneficencia Pública).

En ese mismo Llamamiento al pueblo de Ucrania…, se destacaba que contra la “República burguesa de Finlandia, que sigue siendo burguesa” no se ha hecho nada “que equivalga a restringir los de­rechos nacionales o la independencia nacional del pueblo finés”, pues el Go­bierno de esa república no ocupaba una posición antisoviética. En la reunión del Consejo de Comisarios del Pueblo, cele­brada el 17 y 18 de diciembre y presidi­da por Lenin, se analizó el llamamiento del Gobierno de Finlandia al Gobierno de Rusia, en el que solicitaba que se le reconociera su independencia. En la no­che del 19 de diciembre, en la reunión del Consejo de Comisarios del Pueblo, Lenin supo que en la antesala se encon­traban los miembros de la delegación gubernamental finlandesa (el primer mi­nistro P. Svinhufvud, el senador C. Enckell y el consejero de la represen­tación de ese país en Petrogrado, K. Id­man) y firmó (a eso de la medianoche) el decreto que acababa de aprobar el Go­bierno sobre la independencia estatal de Finlandia. Acto seguido, él mismo en­tregó el decreto a Svinhufvud y mandó enviar otro ejemplar a la Redacción del periódico Izvestia para publicarlo sin demora.

Decreto sobre la independencia estatal de Finlandia

18 (31) de diciembre de 1917

En respuesta al llamamiento del Go­bierno finlandés sobre el reconocimien­to de la independencia de la República Finlandesa, el Consejo de Comisarios del Pueblo, en plena concordancia con los principios del derecho de las nacio­nes a la autodeterminación, dispone:

Presentar al Comité Ejecutivo Cen­tral la proposición de

  1. reconocer la independencia estatal de la República Finlandesa y
  2. organizar, de acuerdo con el Gobierno finlandés, una comisión especial integrada por representantes de ambas partes para definir las medidas prácticas que dimanan de la separación de Fin­landia de Rusia.

Mientras Alemania declaraba “el principio de autodeterminación de las naciones”, y con ese pretexto se arreba­taban de la Rusia soviética a Polonia, Lituania, Curlandia, partes de Estlandia y Liflandia, Lenin escribió un mensaje especial en el cual subrayó que la exi­gencia de anexión había sido apoyada no por los trabajadores, sino por los círculos burgueses y los grandes propie­tarios agrarios de esas regiones y que, por lo tanto, no era una declaración de la voluntad del pueblo. Para arrancar de la burguesía nacionalista la iniciativa de independencia nacional, que en apa­riencia producía efecto favorable, pero que siempre tenía un intríngulis clasista, durante la conversación con Y. Y. An­veltom, presidente del Comité Ejecutivo de los Soviets del Territorio de Estonia, sostenida el 27 de diciembre, Lenin pro­puso a los bolcheviques estonios discu­tir si era conveniente declarar a Estonia república independiente.

En las postrimerías de 1917, la con­trarrevolución vinculaba con la Asam­blea Constituyente todos sus esfuerzos orientados a derrocar el Poder soviéti­co. Cuando se estableció el poder de los Soviets, para el Partido Bolchevique y la parte avanzada de los obreros la con­signa de la Asamblea Constituyente ya era anticuada, tanto en el sentido políti­co como en el práctico. Pero conside­rando la fe que amplias masas popula­res tenían en esta asamblea, el Consejo de Comisarios del Pueblo decidió con­vocarla para demostrar a las masas su cariz verdaderamente contrarrevolucio­nario y concederles así la posibilidad de deshacerse, por experiencia propia, de las ilusiones relacionadas con la Asam­blea Constituyente.[2]

El imperialismo internacional se pre­paraba para prestar ayuda abierta a la contrarrevolución interna. El 22 y 23 de diciembre se convocó en París una con­ferencia de representantes de los países de la Entente para examinar la situación en Rusia. Era la segunda conferencia de esta índole: la primera se celebró allá mismo a finales de noviembre. Los par­ticipantes confirmaron su decisión de no reconocer a la Rusia soviética e ig­norar las proposiciones de paz de su Gobierno. Los dirigentes de los mayo­res Estados capitalistas del mundo ya habían apoyado material y moralmente a Kaledin, a los nacionalistas de la Ra­da Ucraniana, a los mencheviques de Transcaucasia. En París se precisaron los detalles, se llegó a un acuerdo en cuanto al grado de participación de ca­da uno de los países y se concertó un convenio secreto por el que Rusia se di­vidía en “esferas de influencia”. Inglate­rra asumía la protección del Cáucaso, Armenia y Georgia, así como de las zo­nas del Don. Los franceses se reserva­ron Besarabia, Crimea y Ucrania. EE.UU. y Japón aspiraban a los gran­des espacios de Siberia y el Extremo Oriente. Alemania se proponía arrancar de Rusia un territorio enorme: más de 150.000 kilómetros cuadrados (Ucrania, parte de Bielorrusia y regiones del Bálti­co). Esas eran las condiciones de paz que se proponían dictar a la parte sovié­tica en Brest-Litovsk.

Las negociaciones se reanudaron el 2 de diciembre, y ese mismo día se firmó un armisticio de 28 días. Se indicaba que cualquiera de las partes podía re­nunciar al armisticio siete días antes de que venciera; de lo contrario, se consi­deraría automáticamente prorrogado. El armisticio se extendía a las fuerzas te­rrestres, navales y aéreas en los frentes ruso-alemán, ruso-austriaco y ruso-tur­co. Ambas partes se comprometieron a no incrementar durante el período de armisticio el número de unidades milita­res en los frentes.

En el armisticio se preveía la convoca­toria de una conferencia de paz, inaugu­rada en Brest-Litovsk el 9 de diciembre. Cuando se aclararon las posiciones de ambas partes, que pusieron de manifies­to los planes anexionistas de los políti­cos alemanes, la delegación soviética propuso de nuevo una tregua de diez días.

Llamamiento a los trabajadores de todo el mundo

9 (22) de diciembre de 1917

La insurrección efectuada en Octubre por las masas trabajadoras de Rusia destituyó del poder a los imperialistas burgueses y a sus lacayos y formó su Gobierno: el Consejo de Comisarios del Pueblo. Este Gobierno de obreros, sol­dados y campesinos propuso a los paí­ses beligerantes concertar un armisticio general en todos los frentes y comenzar las negociaciones sobre la paz democrá­tica general. El 2 de diciembre se reunie­ron los representantes de Rusia y de las potencias centrales. La delegación de la democracia rusa consideró que era su deber, en primer término, indicar a los representantes de las potencias centrales que su objetivo no era concertar el ar­misticio y la paz separados, sino la paz general, de acuerdo con los principios proclamados por la revolución rusa. Con este fin, los delegados rusos propu­sieron a las potencias centrales que se dirigieran a todas las potencias guber­namentales beligerantes[3], no represen­tadas en la conferencia, invitándolas di­rectamente a concertar el armisticio. Al mismo tiempo, los delegados rusos plantearon como condición que durante el armisticio las fuerzas armadas de las potencias centrales no se desplazaran del frente ruso al occidental. El armisti­cio se firmó el 4 de diciembre. Se acepta­ron las condiciones de la delegación ru­sa. La sesión conjunta de obreros, campesinos y soldados apoya por todos los medios esta política del Gobierno Obrero y Campesino, pues abre el cami­no a la paz general.

La sesión conjunta se dirige a ustedes, obreros de Alemania, a quienes les son tan ajenos los objetivos expoliadores del imperialismo alemán como son ajenas para nosotros las aspiraciones conquis­tadoras del imperialismo ruso: deben apoyar por todos los medios la lucha del pueblo ruso a favor de una paz justa y general. ¿Acaso ustedes combaten para morir no en el Vístula, sino en el Isére?

En las ciudades y en las aldeas, en las fábricas y en las trincheras, deben desa­rrollar la lucha más activa por la paz e impedir que los imperialistas frustren las negociaciones comenzadas. ¡Y que no nos digan sus gobernantes que sólo con la continuación victoriosa de la gue­rra pueden obligar a los Gobiernos de Francia e Inglaterra a concertar la paz! Deben saber que eso mismo lo dicen a sus pueblos los imperialistas de Inglate­rra, Francia y EE.UU. Hace ya tres años se derrama la sangre del pueblo en todos los frentes, pero ni las victorias ni las derrotas han aproximado el momen­to de la paz deseada. Sólo la voluntad popular puede obligar a los imperialis­tas de todos los países a concertar una paz democrática.

¡Obreros de Francia, Inglaterra e Ita­lia, pueblos de la Servia que se desangra y de la Bélgica devastada! También us­tedes deben alzar su voz. Que sepan sus Gobiernos que ustedes no quieren de­rramar su sangre en aras de objetivos expoliadores que les son ajenos. Noso­tros solos, representantes de las masas trabajadoras de Rusia, no podemos concederles la paz general. Deben exigir que también sus representan­tes participen en las negociacio­nes.

Pero esto es insuficiente. No estamos de acuerdo con una paz que apruebe las antiguas injusticias, que cree nuevas ca­denas y que cargue sobre los hombros de los trabajadores todo el peso de la guerra. Deseamos la paz a los pueblos, la paz a la democracia, una paz justa. Pero sólo alcanzaremos esa paz si los pueblos de todos los países la dictan con su lucha revolucionaria, siempre y cuan­do no sólo Rusia, sino también todos los demás países envíen a la conferencia de paz representantes de las masas po­pulares, y no representantes del capital y del militarismo.

¡En nombre de millones de trabaja­dores, la sesión conjunta de diputados obreros, soldados y campesinos llama a los obreros de todos los países, a luchar por el armisticio y la paz generales, por la paz sin anexiones ni contribuciones, sobre la base de la autodeterminación de los pueblos!

¡Viva la lucha revolucionaria interna­cional de los obreros, soldados y campe­sinos! ¡Viva el socialismo!

Comité Ejecutivo de los Soviets de Di­putados Obreros. Soldados y Campesi­nos de toda Rusia; Congreso Campesi­no de toda Rusia;

Soviet de Diputados Obreros y Solda­dos de Petrogrado;

Estado Mayor de la Guardia Roja; re­presentantes de los sindicatos, de los comités de fábrica, de los regimientos, de los Soviets distritales de Diputados Obreros y Soldados

El 17 de diciembre, el Comisariado del Pueblo de Asuntos Exteriores envió un llamamiento especial a los pueblos y Gobiernos de los países de la Entente y de EE.UU. En él se decía: “Las nego­ciaciones de paz, que se llevan a cabo en Brest-Litovsk… se han suspendido du­rante diez días, hasta el 26 de diciembre, para conceder a los países aliados la úl­tima posibilidad de participar en las ne­gociaciones y, de ese modo, ponerse fuera de las peligrosas consecuencias que implicaría la paz separada entre Rusia y los países beligerantes”. Pero tampoco hubo respuesta alguna a este llamamiento.

La información sobre las negociaciones con los representantes de Alemania se transmitía regularmente por cable directo al Consejo de Comisarios del Pueblo. Lev Karaján, miembro del POSDR desde 1904 y bolchevique desde julio de 1917. En las jornadas de octubre, miembro del CMR de Petrogado; en noviembre de 1917 y comienzos de 1918 fue secretario de la delegación soviética de paz.

Las conversaciones entre la Rusia so­viética y la delegación austro-alemana se reanudaron el 27 de diciembre. Ale­mania pasó de pronto a las amenazas y los ultimátums. Como resultado de la política traicionera de Trotski (suspen­dió las negociaciones en Brest-Litovsk a pesar de las indicaciones del Consejo de Comisarios del Pueblo), comenzó la ofensiva alemana, que empeoró de ma­nera considerable la situación de la Re­pública Soviética. El 3 de marzo se fir­mó, en condiciones muy difíciles, el tratado de paz: se anexionaban conside­rables territorios, se impusieron una contribución enorme y acuerdos comer­ciales desventajosos al extremo, aunque la República Soviética obtuvo una tre­gua de vital trascendencia. El tratado de paz de Brest se anuló en noviembre de 1918 al estallar la revolución en Alema­nia.

La consigna “¡Paz a las chozas, gue­rra a los palacios!” concentró las aspi­raciones del Estado obrero y campesino en la política exterior, así como las posi­ciones de clase en sus transformaciones internas. Los trabajadores de todas las nacionalidades del antiguo Imperio Ru­so luchaban para poner en práctica el programa del Gobierno soviético y esto creó la condición fundamental para que el Poder soviético avanzara triunfal­mente por el enorme país.

En el III Congreso de los Soviets de toda Rusia (enero de 1918) se hizo un resumen de la marcha triunfal del Poder soviético, se aprobaron importantes dis­posiciones, se refrendó la Declaración de los derechos del pueblo trabajador y ex­plotado. Rusia se proclamó República de los Soviets de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos. De aquí en adelante, todo el poder en el centro y en las localidades pertenecía a los Soviets, órganos representativos populares. La República Soviética de Rusia se insti­tuía sobre la base de la unión de nacio­nes, como federación de las repúblicas nacionales soviéticas.

La Declaración legalizó todas las transformaciones efectuadas hasta en­tonces por el Poder soviético; determinó que la nueva sociedad se proponía terminar con toda explotación del hom­bre por el hombre, aplastar implacable­mente la resistencia de los explotadores, eliminar la división de la sociedad en clases y establecer la sociedad socialista. Se confirmó la política del Gobierno so­viético de romper con los tratados se­cretos, se aprobó la amplia confraterni­zación de los soldados de los países beligerantes con el fin de establecer una paz democrática entre los pueblos, sin anexiones ni contribuciones.

El III Congreso de los Soviets de toda Rusia, celebrado en enero de 1918, aprobó el decreto del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia sobre la disolución de la Asamblea Constituyente, la cual no apoyó ninguna de las decisiones del primer Gobierno proletario del mundo, y proclamó a Rusia re¬pública de los Soviets de Diputados Obreros. Soldados y Campesinos.

El III Congreso de los Soviets de toda Rusia aprobó una resolución especial —de acuerdo con el informe presentado por Stalin— sobre los principios de la fe­deración soviética. El órgano supremo del poder de la federación sería el Con­greso de los Soviets de toda Rusia, que elegiría al Comité Ejecutivo Central y al Gobierno de la federación: el Consejo de Comisarios del Pueblo. A los futuros miembros de la federación se les con­cedía el derecho de decidir su participa­ción en el Gobierno federal y en las instituciones federales soviéticas. En las palabras de clausura del Congreso, Le­nin afirmó: “En el ámbito de la política interior, en nuestro país, en Rusia, se ha reconocido ahora, definitivamente, el nuevo régimen estatal de la República Soviética, como federación de repúbli­cas libres de las diversas naciones que la pueblan”.

Ninguno de los muchos aconteci­mientos importantes que han determi­nado la situación en el mundo contem­poráneo ha ejercido influencia tan di­recta en la sociedad humana, ni ha contribuido tanto a su desarrollo, como la Gran Revolución Socialista de Octu­bre. Esta revolución, que inauguró la era de la renovación general, aceleró vertiginosamente el proceso revolucio­nario mundial, concediéndole un carác­ter universal e incorporando en el movi­miento revolucionario a los trabajado­res de todos los continentes, de todos los países.

Más de cinco años ardió en el centro de Europa la flama del incendio revolu­cionario que terminó con las monar­quías alemana y austro-húngara. La vic­toria de la clase obrera en Rusia provocó la “reacción en cadena” de las acciones de liberación nacional, antiim­perialistas, de las masas en el mundo en­tero: la insurrección de Marzo de 1919 en Corea, el movimiento “4 de Mayo” de 1919 en China, la guerra de los pue­blos de Afganistán contra la domina­ción inglesa en 1919, la revolución de li­beración nacional que tuvo lugar en Turquía en 1918-1923, las insurreccio­nes de liberación nacional en Egipto en 1919 y en Siria e irán en 1920, la revolu­ción popular en Mongolia, los combates clasistas del proletariado en Buenos Ai­res (Argentina) en 1919, el movimiento revolucionario en Brasil, Chile y Perú, la guerra campesina en México, las ac­ciones campesinas en África Tropical, el movimiento huelguístico del proletaria­do sudafricano.

La revolución proletaria victoriosa en Rusia evidenció que los trabajadores, al actuar contra el yugo del capital, son ca­paces no sólo de demoler el mundo ca­duco, sino también de ser creadores ac­tivos del mundo nuevo. Todos los pueblos, ante cuyos ojos se desenvolvía la epopeya de la edificación socialista, pudieron ver desde los primeros mo­mentos que ésta no se reducía a la des­trucción de lo arcaico. Su sentido fun­damental, su énfasis, era construir la vida nueva. Al apreciar la experiencia de las transformaciones atesorada en los primeros meses de Poder soviético, Lenin destacó: “Esa experiencia no se olvidará… Esa experiencia ha entrado en la historia como una conquista del socialismo, y la futura revolución inter­nacional erigirá sobre ella su edificio socialista”.

 

[1] Nota de la AAHS: Humano también ha sido el salvajismo y la barbarie. Los comentarios así efectuados por este autor de los años 80, disociando los comportamientos humanos del desarrollo histórico de la lucha de clases, son expresión del revisionismo que se impuso en la Unión Soviética desde los años 50, como ideología de transición entre la dominación del proletariado y la plena restauración de la dominación burguesa.

[2] Cuando la Asamblea Constituyente —se inauguró el 5 de enero de 1918— se negó a ratifi­car la Declaración de los derechos del pueblo Tra­bajador e explotado, la cual era en realidad el pri­mer acto constitucional que refrendaba las mag­nas conquistas de la revolución socialista, y no se abstuvo de votar respecto a la política pacifica llevada a cabo por el Poder soviético. El 7 de ene­ro por la noche el Comité Ejecutivo Central de los Soviets de toda Rusia aprobó el decreto de di­solver esta asamblea.

[3] Así dice el documento.

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