Historia Ilustrada de la Revolución Soviética: Continuación de la causa del Gran Octubre

Continuación de la causa del Gran Octubre

La unidad y comunidad del pueblo soviético fueron preparadas por la lucha re­volucionaria conjunta del proletariado de Rusia. En esa lucha actuaban en un fren­te único rusos, ucranianos, bielorrusos, pueblos del Báltico y Transcaucasia, de Asia Central y Kazajstán, del Cáucaso del Norte y regiones del Volga, de Siberia y Extremo Norte.

Este nexo no pudieron quebrantarlo ni la caída temporal del Poder soviético en algunas repúblicas y zonas del país durante los años de la guerra civil desencadena­da por la contrarrevolución interna y la intervención militar extranjera, ni el desen­frenado nacionalismo y la arbitrariedad de los partidos pequeñoburgueses que os­tentaron el poder con la ayuda y beneplácito del capital extranjero.

Todas las fuerzas del mundo caduco se emplearon para derrumbar el primer po­der obrero y campesino en la historia de la humanidad. Y todas ellas se disiparon frente al poderío y a la unidad de los trabajadores, pues éstos defendían a su Esta­do, sus campos, sus fábricas, y les fortalecía la fe en su causa justa.

Uno de los regimientos del Ejército Rojo. 1919.

Después de cada derrota, ellos cohesionaban aún más sus filas; después de cada victoria tensaban aún más sus fuerzas para rematar por completo al enemigo. Ellos promovieron a sus jefes militares, cuyos nombres entraron en los manuales de la historia militar: Mijail Frunze y Vasili Bliujer, Iona Yakir y Stepán Vostretsov, Yan Fabritsius y Klim Voroshílov, Semión Budenni y Vasili Chapáiev. A su lado figuran, con todo derecho, nombres de oficiales del antiguo ejército prerrevolucio­nario, quienes prestaron servicio de manera voluntaria y fiel al nuevo poder: Mijaíl Tujachevski, Alexandr Egórov, Serguéi Kámenev, Ioakim Vatsetis, Vasili Altfater, Evgueni Berens y muchos otros.

El Consejo de la Defensa Obrera y Campesina, presidido por V. I. Lenin era el órgano dirigente para derrotar las fuerzas unidas de la contrarrevolución interna y externa. Este coordinaba toda la actividad de los departamentos militares y civiles en el centro y en las localidades, aseguraba la unidad del ejército y la retaguardia, la movilización de todos los medios y fuerzas para alcanzar la victoria.

— Hacia dónde debería orientarse en primer término el golpe del Ejército Rojo… —escribió Serguéi Kámenev, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de la re­pública en los años de la guerra civil— debía decidirlo, sin duda, quien dirigía toda la política del país… Esta dificilísima tarea se solucionó bajo la dirección de Vladi­mir Ilich.

El famoso cartel de D. Moor “¿Te alistaste voluntario?”. 1920.

La derrota de las principales fuerzas contrarrevolucionarias —los ejércitos de Kolchak, Denikin, Yudénich, Wran­guel, Polonia burguesa-terrateniente, fuerzas intervencionistas en el Norte, Sur y Extremo Oriente— determinó la li­beración de las antiguas regiones perifé­ricas nacionales. El proletariado de la Rusia soviética acudió en ayuda de los pueblos del país en su lucha emancipa­dora.

A comienzos de 1920 se liquidaron los destacamentos de guardias blancos e intervencionistas en la zona del Trans­caspio. El pueblo insurrecto de Jorezma (Jiva) derrocó el poder del kan y el 1 de febrero proclamó la República Popular Soviética de Jorezma.

En agosto de 1920 comenzó la insu­rrección popular contra el emir de Buja­rá, insurrección apoyada por unidades del Ejército Rojo, comandadas por Mijaíl Frunze, y terminó con la victoria to­tal. El 6 de octubre se creó la República Popular Soviética de Bujará.

El Poder soviético triunfó así mismo en Transcaucasia. El 28 de abril de 1920 se sublevaron el proletariado de Bakú y los trabajadores de Azerbaidzhán. Se disolvió el Gobierno del partido nacionalista pequeñoburgués Musavat (“Igualdad”). El Comité Militar Revo­lucionario proclamó en Bakú la Repú­blica. Soviética y solicitó ayuda al Gobierno de la Federación Rusa para combatir la contrarrevolución.

Con el triunfo del Poder soviético en Azerbaidzhán se fortaleció el estado de ánimo revolucionario en la vecina Ar­menia. Bajo la presión de las masas, el Comité del partido de la ciudad de Ale­xandrópol, el mayor centro bolchevique de la república, izó la bandera de la in­surrección. Los comités revolucionarios proclamaron el Poder soviético en va­rios lugares, pero la información al res­pecto llegó tarde a Bakú y Moscú, por lo cual no se pudo ayudar a los insurrec­tos. Las acciones de los trabajadores de Armenia fueron ahogadas en sangre y pasados por las armas sus dirigentes, entre otros: Stepán Alaverdián y Gukas Gukasián.

Cartel de V. Deni “En la tumba de la contrarrevolución”. 1920. En las cruces sepulcrales figuran los nombres de los dirigentes del movimiento antisoviético.

La derrota de la insurrección de mayo de 1920 no logró detener el creciente im­pulso de la revolución socialista en Ar­menia. Su carácter masivo era prueba de la decisión inflexible que tenían los trabajadores de derrotar al Gobierno antipopular del partido nacionalista pe­queñoburgués Dashnaktsutiun (“Alian­za”) y consolidar la alianza con la Rusia revolucionaria. La nueva insurrección en ese mismo año condujo, el 29 de no­viembre, a la proclamación de la Repú­blica Socialista Soviética de Armenia.

El Poder soviético triunfó en Georgia el 25 de febrero de 1921. Se derrocó al Gobierno menchevique y el poder pasó a manos del Comité Revolucionario de Georgia, integrado por Filipp Majarad­ze (presidente), Alexéi Geguechkori, Serguéi Kavtaradze, Amayak Nazare­tián, Mamia Orajelashvili, Shalva Elia­va y otros. A los insurrectos les presta­ron ayuda decisiva las unidades del 11º Ejército, enviadas por indicación de Le­nin para apoyar a los destacamentos rebeldes.

En noviembre de 1922, el Ejército Popular Revolucionario de la República del Extremo Oriente, instituida en 1920 en las regiones de Transbaicalia, Amur y Primorie como Estado “tapón” entre la Rusia soviética y Japón, culminó la li­beración de Primorie. El jefe de este ejército era Vasili Bliujer y la victoria fue total y definitiva. El 14 de noviem­bre, la República del Extremo Oriente se reunificó con la Federación Rusa.

Así como resultado de la enorme ten­sión de las fuerzas materiales, militares y espirituales de los obreros y campesi­nos del País de los Soviets, dirigidos por V. I. Lenin, fueron derrotadas por completo las fuerzas unificadas de los intervencionistas y la contrarrevolución interna. La RSFSR no sólo salvaguardó su sistema estatal, sino que también ayudó a los pueblos hermanos en su lu­cha contra el enemigo común.

El verdadero día de unión, de cohesión de las fuerzas para restablecer la economía nacional, de unificación del poderío militar y las posibilidades fi­nancieras y económicas de las repúblicas, de su transformación en una fuerza respetable, capaz de influir en la situa­ción internacional en bien de los traba­jadores, fue el 30 de diciembre de 1922. Ese día el I Congreso de los Soviets de la Unión de Repúblicas Socialistas Sovié­ticas proclamó la fundación del Estado socialista soviético multinacional, basa­do en los principios leninistas de igual­dad, soberanía y fraternidad.

El II Congreso de los Soviets de la URSS (enero de 1924) ratificó la Cons­titución del país, concluyendo así la creación de un Estado federal único, co­mo federación de repúblicas soviéticas soberanas. La asociación voluntaria se enfatizaba al conservarse el derecho, que tenían todas las repúblicas socialis­tas existentes o que surgieran, de salir e ingresar libremente en la Unión. El nue­vo Estado puso en práctica las ideas le­ninistas de internacionalismo proleta­rio, igualdad y fraternidad; concedió a los pueblos del país la posibilidad de co­menzar a materializar el plan leninista para construir el socialismo, que era una especie de testamento dejado por el gran guía, fallecido el 21 de enero de 1924.

Con la aprobación del primer plan quinquenal (quinquenio) se desplegó el movimiento de todo el pueblo por su cumplimiento anticipado. En la foto: una de las brigadas obreras con la Bandera Roja circulante, en cuyo lienzo está escrito: “Por la aspiración tenaz a cumplir el quinquenio en 4 años”.

La unión fraternal de los pueblos se ha ampliado y robustecido con el correr de los años. Aumentaba, de modo con­secuente, el proceso de desarrollo políti­co, económico y cultural de los pueblos de la URSS, surgían nuevas repúblicas federadas y autónomas, regiones autó­nomas y comarcas nacionales.

En octubre de 1924, como resultado de la delimitación nacional-estatal, se formaron en Asia Central las repúblicas socialistas soviéticas de Turkmenia y de Uzbekia.

En 1929 se convirtió en república fe­derada la República Socialista Soviética Autónoma de Tadzhikia, que antes era parte de Uzbekistán, y en marzo de 1931 entró en la composición de la URSS.

En 1936, con la aprobación de la Constitución de la URSS, que refrendó las bases para construir el socialismo, se transformaron en repúblicas federadas Kazajstán y Kirguizia; Azerbaidzhán, Georgia y Armenia, que hasta entonces integraban la Federación de Transcau­casia, entraron en la Unión. En 1940 se unieron a la familia de los pueblos de la Unión Soviética Letonia, Lituania y Estonia. Después de reunificarse el pueblo moldavo, surgió ese mismo año la repú­blica federada de Moldavia.

Hoy [hasta la desaparición de la URSS] componen la Unión de Repúbli­cas Socialistas Soviéticas la Federación Rusa, las repúblicas federadas de Ucra­nia, de Bielorrusia, de Uzbekia, de Ka­zajia, de Georgia, de Azerbaidzhán, de Lituania, de Moldavia, de Letonia, de Kirguizia, de Tadzhikia, de Armenia, de Turkmenia y de Estonia; las repúblicas autónomas de Najicheván, de Abjazia, de Adzharia, de Kara-Kalpakia, de Bashkiria, de Buriatia, de Daguestán, de Kabardino-Balkaria, de los Calmu­cos, de Carelia, de los Kornis, de los Maris, de Mordovia, de Osetia del Nor­te, de Tartaria, de Tuya, de Udmurtia, de Checheno-Ingushetia, de Chuvashia y de Yakutia; las regiones autónomas de Nagorni Karabaj, de Osetia del Sur, de los Adigués, de los Hebreos, de Gor­ni Badajshán, de Gorni Altái, de Kara­cháevo-Circasia y de Jakasia; las co­marcas autónomas de los Koriakos, de Chukotka, de Taimir, de los Evenkos, de los Janti-Mansies, de los Buriatos de Aguinskoe, de los Nenets de Yamal, de los Komi-Permiakos, de los Nenets y de los Buriatos de Ust-Ordinski.

El Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), que mantiene conse­cuentemente el curso orientado a forta­lecer el Estado multinacional soviético, se guía por los intereses generales y tiene en cuenta las condiciones de desarrollo de cada república que lo integra, asegu­ró la prosperidad consecuente y la apro­ximación de los pueblos de la URSS en su fomento económico y cultural.

La fuerte cohesión y ayuda mutua de los pueblos aceleraron el progreso de to­das las repúblicas. Muchas de ellas pa­saron del atraso precapitalista a la civili­zación socialista. En este aspecto, si cada pueblo tuviera que apoyarse sólo en sus propias fuerzas, en sus logros na­cionales, muchos de ellos hubiesen nece­sitado siglos para alcanzar el nivel ac­tual. Gracias a la ayuda directa, entre otros pueblos, del ruso, las naciones y nacionalidades atrasadas pudieron al­canzar este nivel en varios decenios.

Con los esfuerzos de todas las repúblicas hermanas, hacia finales de 1925 el País soviético logró, en lo fundamental, restablecer la economía destruida en los años de la I Guerra Mundial, de la gue­rra civil y la intervención. En esta tarea adelantó considerablemente a los Esta­dos europeos avanzados. Alemania, por ejemplo, cuyas pérdidas totales fueron mucho más bajas, solucionó la tarea análoga en ocho años, empleando incluso medios procedentes del extranje­ro.

Mapa del plan inicial de electrificación del país, que fue el primer plan perspectivo estatal único de restablecimiento y desarrollo de la economía nacional del país.

Bajo la dirección del Partido Comu­nista, en 1929 se desenvolvió un heroico trabajo para cumplir el primer plan quinquenal, que ocupó un lugar desta­cadísimo en la materialización del programa leninista de edificación del socia­lismo en la Unión Soviética. El sistema planificado es obra del socialismo, la ex­presión de sus ventajas radicales. Sus bases fueron determinadas por el gran Lenin, bajo cuya dirección se confeccio­nó el primer plan económico nacional en la práctica mundial: el plan de la Co­misión Estatal para la Electrificación de Rusia (GOELRO).

Podríamos decir que el primer plan quinquenal fue el fundador de la pléya­de de quinquenios soviéticos, que per­mitieron a la URSS pasar del atraso económico-técnico a las cumbres del progreso económico, científico-técnico y social. Cada quinquenio ha tenido sus características, reflejado los rasgos in­confundibles de la época, ha sido una etapa en el alcance de metas socioeco­nómicas concretas. Pero a todos ellos les unía y ahora les une, igual que antes, la indisolubilidad de la tarea general: ¡Ascendiendo por los escalones de los quinquenios, hacia el socialismo y el comunismo!

Las nuevas obras en construcción de los primeros quinquenios… Casi todas ellas comenzaban en las mismas con­diciones: tiendas de campaña, viviendas en cuevas, barracones. Principales instrumentos de trabajo: la pala, el pi­co, la barra, la azada; los medios de transporte eran la carretilla y el carrua­je. No existían las altas grúas, los poten­tes aplanadores ni los camiones volque­tes tan habituales hoy. Pero existían personas en cuyas manos los instrumen­tos primitivos se convertían en podero­sas palancas que arrollaron al mundo caduco.

De acuerdo con el plan de electrificación, una de las primeras centrales fue la de Shatura (región de Moscú). Potencia proyectada: 1.150 megavatios; combustible: turba y mazut. La inauguración oficial de la central eléctrica se realizó el 6 de diciembre de 1925.

Estas personas materializaron con éxito el plan leninista GOELRO. En 1931 terminó la historia multisecular de la tea en la aldea, que hasta no hacía mucho había sido el “ingenio de alum­brado” más difundido en Rusia. Las 30 lámparas que, en 1920, en el mapa de la electrificación, alumbraban sólo a los delegados del VIII Congreso de los So­viets de toda Rusia, se convirtieron en 30 centrales eléctricas que dieron luz a millones de personas. Las centrales de Boz-Súisk (Uzbekistán), Rióni (Geor­gia), Shatura (Federación Rusa), Dzo­raget (Armenia) y otras dieron energía eléctrica a centenares de aldeas y se con­virtieron, tal vez, en la propaganda más eficaz y evidente en favor de la vida nue­va, que se desenvolvía con ímpetu en to­dos los rincones del inmenso país.

Haciendo caso omiso a las heladas y las ventiscas, los montones de arena y las desbordantes crecidas de los ríos, es­tas personas establecieron un récord en el tendido de la vía férrea Turkestán-Si­beria, de 1.500 kilómetros. Fueron ellas quienes en menos de cinco años cons­truyeron la central hidroeléctrica del Dniéper, entonces la mayor de Europa, a pesar de que los especialistas extranje­ros consideraban que se necesitarían unos siete u ocho años como mínimo. Con sus manos erigieron los altos hor­nos del Combinado Metalúrgico de Magnitogorsk, al que con cariño se le llama “Magnitka”; la Fábrica de Cons­trucción de Maquinaria Pesada de Kra­matorsk; el Canal de Ferganá; el Com­binado Químico de Kirovokán; el Com­binado de Enriquecimiento Minero de Norilsk. Como si fueran ladrillos, una obra tras otra asentaban los cimientos de la industria socialista.

En 1927-1932 se construyó la primera etapa de la central hidroeléctrica del Dniéper, en Zaporozhie (Ucrania), con la potencia de 650 megavatios. En la foto: el momento del mitin solemne en ocasión de inaugurarse la central. Hace uso de la palabra G. Ordzhonikidze, Comisario del Pueblo de la Industria Pesada. A su lado, M. Kalinin, presidente del Comité Ejecutivo Central de la Unión Soviética y de la comisión gubernamental.

— Me descubro la cabeza ante vuestra tenacidad bolchevique, ante vuestra ingenio­sidad virtuosa e intrepidez técnica— dijo el representante de una gran compañía estadounidense, uno de los especialistas extranjeros que consideraban un “bluff” la construcción de “Magnitka”.

El impetuoso ritmo en el que vivía el país era dictado por la inexorable nece­sidad. Cuando la Unión Soviética se en­contraba cercada por Estados capitalis­tas, sólo la industria pesada podía asegurarle su independencia económica, pero la historia le concedió muy poco tiempo para solucionar esta tarea, y a eso se debe el que los constructores de los primeros quinquenios tuvieran una consigna única: “¡Tiempo, adelante!

Una de las primeras empresas de la industria socialista fue el Combinado Metalúrgico de Magnitogorsk, en la región de Cheliabinsk (los Urales). Se construyó en 1929-1934.

El 20 de enero de 1929, el periódico Pravda publicó el artículo de Lenin ¿Cómo debe organizarse la emulación?, escrito en las postrimerías de 1917. Este llamamiento encontró amplia repercu­sión en los corazones de millones de obreros.

Los mineros de la cuenca hullera del Donbás y los de la zona de Shájtinsk (Territorio del Cáucaso del Norte) fir­maron ya en verano de este año uno de los primeros contratos de emulación, en la cual participaban más de 200.000 hu­lleros. Este movimiento se convirtió en movimiento de todo el pueblo.

“Bulle, demoliendo las rocas, el tra­bajo de choque”, se cantaba entonces. En efecto, el trabajo de choque barría todos los obstáculos en el camino que conducía al cumplimiento anticipado de las tareas.

Los metalúrgicos de “Magnitka” emulaban con sus colegas ucranianos de Dniepropetrovsk; el colectivo de la construcción de la central eléctrica del Dniéper, con los constructores del fe­rrocarril Turkestán-Siberia; los obreros de las minas de Chiatura (Georgia), con los de Krivoi Rog (Ucrania); los cons­tructores de la central hidroeléctrica de Leninakán (Armenia), con los de la planta de Zerno-Avchalsk (Georgia); los colectivos de la industria maderera de Bielorrusia, con las empresas afines de Moscú y Kiev.

Regalo laboral para el 1 de Mayo, fiesta del trabajo y la solidaridad: una locomotora reparada anticipadamente por los jóvenes de un depósito.

El 31 de agosto de 1935, Alexéi Stajá­nov, minero del Donbás, arrancó du­rante un turno 102 toneladas de carbón, es decir, cumplió 14 normas. Este cons­tituyó un récord mundial en la producti­vidad del trabajo minero.

El récord de Stajánov fue la chispa que encendió la llama del más amplio movimiento patriótico. Lo denomina­ron movimiento stajanovista. Millones de trabajadores, innovadores de la pro­ducción, comenzaron a emular entre sí para alcanzar un alto rendimiento labo­ral.

El movimiento stajanovista crecía, cobraba fuerzas. Lograron resultados excepcionales Alexandr Busíguin, forja­dor (fábrica de automóviles de Nizhni Nóvgorod); Nikolái Smetanin (fábrica de calzado “Skorojod, Leningrado); Iván Gudov (fábrica de construcción de máquinas-herramienta de Moscú); Evdokía y María Vinográdova (tejidos de algodón de Víchuga); Pável Krivo­nos, en el transporte.

Apoyaban el desarrollo de la indus­tria pesada no sólo los obreros, sino también los campesinos, interesados en recibir más tractores, automóviles, cose­chadoras, abonos químicos, energía eléctrica, para ampliar la producción agrícola y elevar el nivel de vida.

En la lista de los artículos que se ad­quirían en el extranjero figuraba —en los primeros años postrevolucionarios— la azada habitual, simple instrumento que sirve para remover la tierra y que se puede hacer en media hora en cualquier fragua de una aldea. Pero entonces no había metal y era necesario importar azadas. Lenin dijo: “Si mañana pudié­ramos proporcionar 100.000 tractores de primera clase, dotarlos de combusti­ble y encontrar para ellos conductores (de sobra saben que, por ahora, esto es una fantasía), los campesinos medios dirían: “Voto por la comuna” (es decir, por el comunismo).

Cuando comenzaron a funcionar las fábricas de tractores de Stalingrado y de Járkov, la agricultura del país recibió los 100.000 tractores en los que soñaba Lenin. En el campo aparecieron tam­bién las primeras cosechadoras soviéti­cas de la famosa fábrica de Rostov del Don. La técnica dijo su palabra de peso a favor de la colectivización.

A comienzos de los años 30, cerca del pueblo de Permsk, en el río Amur (Territorio de Jabárovsk, en el Extremo Oriente), aparecieron los primeros komsomoles que habían llegado voluntariamente para construir una ciudad nueva, la cual debería inspirar una vida nueva a estos lugares alejados de Rusia Central.

En 1939 se inauguró en Moscú la pri­mera Exposición Agrícola Nacional, en la que se mostraron los logros de las re­públicas federadas, y frente a uno de los pabellones se exhibió el tractor de oru­gas de la Fábrica de Járkov. Sin esta máquina, sin la producción análoga de las empresas de Stalingrado y Chelia­binsk, sin las cosechadoras de Rostov del Don y Gómel, habría sido inconcebible la transformación de la agricultura de las repúblicas en ramas económicas alta­mente mecanizadas.

Hace unos cien años, la Exposición Agrícola de toda Rusia, inaugurada en 1895, cupo en el Picadero. En 1939, los 52 pabellones de la Exposición Agrícola de la Unión Soviética se instalaron en un territorio de varias decenas de hectáreas.

En el detallado informe de balance de la exposición de 1895, publicado en la revista de agricultura y economía Jo­ziáin (“El Dueño”), no se encontraba el vocablo “campesino”. La agricultura nacional de entonces la representaban los terratenientes Stebut y Shatílov, el conde Pokler, los príncipes Kurakin y Urusov. Cuarenta años después, la re­presentaban los koljoces y sovjoses de zonas que en su tiempo se consideraban irremediablemente atrasadas. Sus lo­gros se apoyaban ahora en el poderío industrial del multinacional Estado so­viético. Así fue como en cortísimos plazos, los de los quinquenios de anteguerra, se solucionó la tarea general de la cons­trucción socialista: acabar con la des­igualdad entre los pueblos de la URSS.

En la esfera de la cultura se lograron también éxitos semejantes.

En primer término se planteaba liqui­dar el analfabetismo masivo, lo peor que el Poder soviético había heredado de la Rusia prerrevolucionaria. Tres de cada cuatro habitantes no sabían leer ni escribir, y particularmente se trataba de habitantes de las regiones nacionales: entre los tadzhikos, el 96,1%; uzbekos, el 98%; kazajos, el 99%; turkmenos, el 99,3%; kirguises, el 99,4%. En Asia Central existía este triste proverbio: “Aquí es más fácil encontrar un oasis en el desierto que a una persona alfabetiza­da”. Y esto lo decían pueblos que en el pasado habían dado al mundo des­tacados pensadores y científicos, como Ibn Sína, Navoí, Biruní, Ulugbek, Firdusi.

No todos tenían siquiera escritura, y en algunas de sus lenguas no existía el verbo estudiar”. Entre los pueblos del Norte había estos razonamientos: “Hay que enseñar al reno, hay que enseñar al perro. ¿Pero para qué enseñar a una persona?” Ella misma —decían— sabe cómo cazar y cómo vivir. En uno de los apuntes del Comisariado del Pueblo pa­ra los Asuntos de las Nacionalidades se indicaba que la población del Nor­te temía, más que nada y en especial, “tres cosas: el papel escrito y con sello, el servicio mili­tar y la escuela”.

Hacia 1926, el número de alfabetizados en la URSS alcanzaba ya el 56,6% y, en 1939, el 87.4%.

En el desarrollo de las culturas nacio­nales fue muy importante la creación de escrituras para los pueblos que carecían de ellas. Lingüistas rusos estudiaron las lenguas y dialectos nacionales, y confec­cionaron alfabetos sobre la base de la grafología cirílica y latina. En los años 20, los abazintsis, laktsios, balkarios, tuvinos, adiguéos y muchos otros pue­blos obtuvieron por primera vez en su historia libros y materiales didácticos en su lengua materna. Durante los 15 a 20 años siguientes al triunfo de la revolución, se creó una escritura para más de 40 nacionalidades.

En 20 años —de 1921 a 1940— se alfa­betizaron unos 60 millones de personas. Según el censo de 1939, la población al­fabetizada del país superaba el 87%. In­cluso en las repúblicas de Asia Central el número de personas que sabían leer y escribir oscilaba entre el 70 y el 80%.

El Estado soviético logró organizar en plazos muy cortos el sistema de ins­trucción pública, único a nivel nacional. En 1933 se implantó en la URSS la en­señanza primaria general de cuatro años y, a finales de esta década, era ya obligatoria la enseñanza general de siete años.

El Poder soviético comenzó a solu­cionar los problemas de la enseñanza mucho más tarde que los Estados capi­talistas desarrollados. En EE.UU., por ejemplo, la ley de la enseñanza general se adoptó en 1852-1900; en Francia, en 1882; en Inglaterra, en 1870. Pero los ritmos alcanzados en este campo en la Unión Soviética fueron mucho más rá­pidos que en cualquier país occidental. La historia no había conocido antes semejantes ritmos.

Ante los ojos del mundo admirado, la antigua Rusia “patana” se convertía en una vigorosa potencia altamente culta, llegando a ocupar el primer lugar de Eu­ropa y el segundo del mundo por el vo­lumen de la producción industrial.

— Nuestros éxitos —señaló Mijaíl Ka­linin, compañero de lucha de Lenin y primer presidente del Presidium del So­viet Supremo de la URSS— son el resul­tado del triunfo de la línea general del partido, el resultado de una lucha muy tenaz de los pueblos de la Unión Soviética.

 

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