Historia ilustrada de la Revolución de Octubre: La Gran Guerra Patria y la reconstrucción de la URSS

El capital internacional no se resigna­ba ante los éxitos del País de los Soviets. En los años de construcción pacífica, las Fuerzas Armadas Soviéticas tuvieron que defender, más de una vez, las fron­teras patrias. En 1929 se derrotó a las tropas del Kuo-Min-Tang que atacaron al Ferrocarril del Este de China. En 1938 y 1939, las tropas soviéticas dieron una réplica resuelta a los agresores japo­neses en el lago Jasán y en el río Jaljin ­Gol. Durante el conflicto armado con Finlandia, provocado por la reacción internacional en 1939-1940, tropas del Ejército Rojo, que actuaban en difíciles condiciones de riguroso invierno, arro­llaron a la poderosa línea de Manner­heim y garantizaron la seguridad de Le­ningrado, cuna de la Revolución de Octubre.

En junio de 1941, la guerra interrumpió todos los planes pacíficos del pueblo soviético. “¡La Madre-Patria llama!”: así se denominaba el cartel del pintor lrakli Toidze, que fue famoso desde los primeros días de su aparición.

Cuando los nazis ostentaron el poder en Alemania, los círculos dirigentes de Inglaterra y Francia, que ignoraban los llamamientos del Gobierno soviético de crear un sistema de seguridad colectiva en Europa, comenzaron a aplicar la política del llamado “apaciguamiento” de los agresores fascistas. Permitieron que los nazis se apoderaran de Austria en 1938 y que al año siguiente —por el tratado de Munich entre Alemania, Ita­lia, Inglaterra y Francia— se liquidara Checoslovaquia como Estado indepen­diente. La política de “apaciguamiento” condujo a la aparición del “Munich del Extremo Oriente”: el tratado entre In­glaterra y Japón, por el que Gran Breta­ña reconocía la usurpación de territorios chinos por el Japón, obstaculizó las negociaciones soviético-inglesas-france­sas en 1939 y obligó al Gobierno soviéti­co a aceptar la proposición de Alemania de firmar un tratado de no agresión. Ese tratado frustraba los planes de la reac­ción internacional que soñaba con crear el frente único de las potencias imperialistas contra la URSS. Fracasaron los intentos de los “muniqueses” de solu­cionar las contradicciones entre los im­perialistas a costa de la Unión Soviética. Los acontecimientos no se desarrolla­ron de acuerdo con el escenario que habían preparado Inglaterra y Francia. Alemania, que en 1939 desencadenó la II Guerra Mundial, comenzó a ocupar un país eurooccidental tras otro. La politica exterior, firme y consecuente, del Gobierno soviético permitió ganar tiempo para consolidar la capacidad de­fensiva del país. Y sólo en el verano de 1941, los nazis invadieron pérfidamente la tierra soviética sin declarar la guerra, tratando de apoderarse con rapidez de los centros industriales y políticos más importantes de la URSS y creyendo en la posibilidad de llevar a cabo la guerra “relámpago” contra “un coloso con los pies de barro”, como se imaginaban los hitlerianos a la Unión Soviética.

En las ruinas de la fortaleza de Brest, en la frontera occidental del País sovié­tico, se encontró un despertador. Las agujas del reloj fueron detenidas por una explosión a las cuatro de la madrugada del 22 de junio de 1941. Indicaban la hora cuando en el amanecer del domingo bombarderos alemanes atravesa­ron la frontera de la URSS, orientando su golpe contra ciudades, bases na­vales, nudos ferroviarios, aeródro­mos.

El alto mando de la Wehrmacht lanzó sobre las zonas fronterizas de la URSS una racha de fuego y acero. No había desaparecido aún el polvo levantado por los miles de proyectiles y minas, cuando las divisiones del invasor irrum­pieron en tierra soviética.

El enemigo avanzaba con toda tran­quilidad, a cuerpo descubierto. Tras ellos se encontraba la Europa batida, donde once países con 140 millones de habitantes habían sid

o subyugados por la Alemania fascista. Hitler lanzó contra la URSS el ejército más fuerte del mun­do capitalista. Parecía que todo estaba a favor del agresor. El factor sorpresa y la superioridad de fuerzas: en soldados, casi el doble; en tanques, más de dos ve­ces; en aviones, más de tres veces. Fá­bricas de casi toda la Europa continen­tal trabajaban para Alemania. Los ge­nerales hitlerianos, quienes casi se sen­tían soberanos del mundo, pensaban derrotar a la Unión Soviética en mes y medio o en dos meses.

Y no sólo ellos pensaban así. New York Post escribió dos días después de comenzar la pérfida agresión de los hitlerianos contra la URSS: “Se necesita­rá el mayor milagro con

ocido desde los tiempos bíblicos para que los rojos pue­dan salvarse de la derrota total en un corto plazo”.

Comenzó una etapa de pruebas sin precedentes.

Los primeros que ofrecieron resisten­cia al enemigo fueron 485 puestos fronterizos. A pesar de que las fuerzas del adversario eran muy superiores, ningu­no de ellos abandonó sus posiciones an­tes de recibir la orden; combatieron has­ta gastar el último cartucho, la última granada. Los puestos fronterizos logra­ron detener a los hitlerianos durante unas horas preciosas, y en algunos lugares incluso durante varios días.

Fragmento del monumento a los héroes de la fortaleza de Brest.

Contra los aviones, tanques y piezas de artillería pesada, los defensores de la fortaleza de Brest podían oponer sólo ametralladoras, fusiles, granadas y, ade­más, coraje. En este fuerte combatían representantes de más de 30 nacionali­dades: rusos, bielorrusos, ucranianos, georgianos, moldavos, armenios, ka­zajos, uzbecos, tártaros, mordovios, etc. Asediados, sin víveres ni agua, rechaza­ron durante casi un mes los furiosos ata­ques de una división fascista. El frente había retrocedido lejos, hacia el este; los hitlerianos ocuparon Minsk, entraron en Smolensk, pero en la retaguardia profunda continuaba peleando la guar­nición multinacional.

Tres años después, los combatientes soviéticos liberaron Brest y en una pa­red encontraron esta inscripción de uno de los últimos defensores de la legenda­ria fortaleza: “¡Muero, pero no me rin­do! Adiós, Patria. 20/VII-41”.

Durante los primeros 53 días de la contienda contra la URSS, las tropas terrestres de Alemania perdieron más sol­dados y oficiales que en todas las cam­pañas anteriores de la II Guerra Mun­dial. No lograron el paseo fácil que Hitler había prometido a sus soldados. Pero só­lo era el comienzo.

La batalla de Stalingrado, del 17 de julio de 1942 al 2 de febrero de 1943, atrajo la atención de todo el mundo. Aquí, las tropas soviéticas detuvieron y después, pasando a la ofensiva, cercaron y liquidaron una gran agrupación del enemigo. La victoria en la batalla de Stalingrado tuvo enorme significado político, estratégico e internacional. Fue el comienzo del viraje radical en la Gran Guerra Patria y la II Guerra Mundial; ejerció gran influencia en el desarrollo de la Resistencia en los territorios de los Estados europeos ocupados por los invasores fascistas. En la foto: la casa del sargento Pávlov, que a lo largo de toda la batalla combatió aquí, comandando una escuadra de soldados, y no retrocedió ni un paso.

La batalla de dos meses en Smolensk, la lucha por Kiev, capital de Ucrania, la legendaria defensa de Odesa, los 250 días de combates en las cercanías de Se­bastópol, el bloqueo de 900 días a Le­ningrado, los combates en los alrededo­res de Moscú, en Stalingrado (Volgo­grado), Minsk, Tula, Novorossiisk y Kerch escribieron páginas gloriosas e inolvidables en los anales inmortales de la contienda. En ella el pueblo soviético defendía su Patria socialista y con toda razón la llama Gran Guerra Pa­tria.

En el otoño de 1941, las columnas de tanques enemigos retumbaban en la ca­rretera de Volokolamsk, a 30 kilóme­tros de Moscú, donde les cortó el paso la 316 División de Infantería al mando del general Iván Panfílov. 28 destructo­res de tanques de esta unidad militar —rusos, ucranianos, bielorrusos, kaza­jos, kirguises— entablaron un combate desigual. El enemigo lanzó 20 tanques contra las posiciones de los combatien­tes soviéticos, pero con granadas, bote­llas de líquido inflamable y el fuego de los fusiles antitanque rechazaron la aco­metida. Sin contar con las pérdidas, los hitlerianos emprendieron un nuevo ataque. El instructor político Vasili Klochkov, quien dirigía el combate, contó es­ta vez 30 tanques. Es entonces cuando sonaron sus famosas palabras:

Rusia es grande, pero no hay a dónde retroceder. ¡A nuestras espaldas está Moscú!

Los soldados de la Guardia no retro­cedieron, cumpliendo hasta el final su deber.

El periódico Pravda escribió en octu­bre de 1942:

Durante el bloqueo de 900 días, los leningradenses y combatientes del Ejército Soviético y de la Marina de Guerra rechazaron todos los intentos del enemigo de ocupar la ciudad. El abaste¬cimiento de la ciudad y las tropas se logró organizar a través del lago Ládoga: “El camino de la vida”. El 14 de enero de 1944, las tropas soviéticas rompieron el bloqueo y en el curso de los combates de junio y agosto de ese mismo año liquidaron totalmente la amenaza a la ciudad. Monumento a los leningradenses caídos, erigido en el cementerio Piskarevskoe.

— En los encarnizados combates que se libran en Stalingrado, en las cercanías de Leningrado y en el Cáucaso se mez­cla la sangre de los rusos y uzbekos, ucranianos y tadzhikos, bielorrusos, azerbaidzhanos, georgianos… La frater­nidad cimentada con la sangre derrama­da por la Patria es la más sólida. No hay amistad más fuerte que la fraterniza­ción. En la causa sagrada de defender la Patria se unió fraternalmente todo el País soviético.

En las filas de las Fuerzas Armadas Soviéticas luchaban representantes de todos los pueblos de la URSS. Sabían que de ellos dependían el destino de la Patria socialista, la suerte de sus espo­sas, madres e hijos, y la de sus compatriotas de generaciones venideras. Se batían a muerte. Así ocurrió en Kiev y Odesa, en Sebastópol y Leningrado. Así sucedió en Stalingrado…

En el mapa personal de Paulus, co­mandante en jefe de las unidades alema­nas en las cercanías de Stalingrado, cierta casa estaba indicada como una fortale­za. Los prisioneros fascistas considera­ban que la defendía un batallón. Pero esa “fortaleza” era un edificio corriente de cuatro plantas en el centro de la ciu­dad, y el “batallón” constaba de 24 hombres.

Los pesados y agotadores combates no cesaban ni de día ni de noche. Un ataque seguía a otro, el enemigo lanza­ba sobre el puñado de intrépidos grani­zadas de proyectiles y minas, pero los combatientes soviéticos mantuvieron la posición casi dos meses. Entre ellos no había militares de carrera. El ruso Y. Pávlov era contable antes de la gue­rra; el ucraniano I. Kiréiev, entibador en una mina; el tadzhiko M. Turdíev, maestro; el abjasio A. Skuba, maqui­nista en una central eléctrica; el kazajo T. Murzáiev, dependiente. Pero se hi­cieron militares para defender su país, la ciudad en el Volga y esta casa semides­truida de Stalingrado, que se convirtió en ejemplo de firmeza y coraje de todos los defensores de la ciudadela del Volga.

Los comunistas estaban en la línea delantera de lucha, en sus direcciones más importantes. Más de la mitad de los comunistas estuvieron en el ejército ac­tivo. El llamamiento ampliamente co­nocido “¡Los comunistas, adelante!” fue ejemplo para todos los combatien­tes, y muchos de ellos escribían en su so­licitud de ingreso al partido: “Deseo ir al combate siendo comunista”.

El partido perdió durante la guerra casi dos millones de miembros, pero su lugar lo ocuparon cinco millones.

Las batallas y los combates engendra­ban decenas y centenares de miles de hé­roes. En la proeza masiva de los soviéti­cos se reflejaban las cualidades educa­das en ellos por el partido, por el modo de vida social, la fidelidad a la Patria, el deber internacional, la dedicación y el colectivismo.

En los documentos de los años de contienda se registraron 321 embestidas aéreas, efectuadas por aviadores auda­ces : el bielorruso N. Gastelo, los rusos I. Ivanov y N. Skovorodin, el ucrania­no I. Vdovenko, el armenio P. Gaza­nián, el kazajo N. Abdirov y muchos otros.

Durante los combates en las cercanías de Moscú, el Ejército Soviético detuvo la ofensiva de las tropas fascistas alemanas del Grupo de Ejércitos “Centro”, desangró al enemigo y el 5-6 de diciembre pasó a la contraofensiva; el 7-10 de enero de 1942 desplegó la ofensiva general en todo el frente. En enero-abril de 1942, las tropas soviéticas asestaron una gran derrota al enemigo y lo arrojaron a 100-250 kilómetros. En la batalla en las cercanías de Moscú se alcanzó por primera vez una gran victoria sobre el ejército fascista alemán, se dispersó el mito sobre su invencibilidad y se frustró definitivamente el plan de la guerra relámpago, alcanzándose un viraje resuelto de los acontecimientos a favor de la URSS, el cual ejerció gran influencia en el desarrollo ulterior de la guerra. En la foto, defensores de Moscú.

Cerca de 300 combatientes soviéticos repitieron la hazaña del soldados del Komsomol Alexandr Ma­trosov, quien cerró con su cuerpo la as­pillera de un fortín enemigo. Entre ellos, el kirguiso. Ch. Tuleberdíev, el uzbeko T. Erdzhiguitov, el estonio I. Laar, los ucranianos A. Shevchenko y A. Gerasi­menko, el moldavo I. Soltis, el kazajo S. Baimagametov, el armenio U. Aveti­sián, etc.

La resistencia tampoco cesaba donde había penetrado el enemigo. El gran es­critor ruso León Tolstói llamó “Garrote de la guerra popular” a la lucha guerri­llera contra las tropas de Napoleón en 1812. En la historia de Rusia, este “ga­rrote” golpeó duro y en reiteradas oca­siones a los ocupantes extranjeros. Pero el movimiento guerrillero no alcanzó ja­más tal envergadura y heroísmo en masa como durante la Gran Guerra Patria.

Los guerrilleros batallaban en regio­nes y territorios de la Federación Rusa, en Lituania, Letonia, Estonia, Ucrania y Bielorrusia. El total, muy incompleto, de la guerra en la retaguardia del adver­sario asciende a cerca de un millón de muertos, heridos y prisioneros enemi­gos, más de 4.000 tanques y vehículos blindados, más de 2.000 piezas de arti­llería y cerca de 800 aviones destruidos.

Incluso en el cautiverio, lejos de la Patria, la mayoría de los soviéticos no cesaba la lucha. Realizaban trabajo clandestino en los campos de concentra­ción, participaban en la Resistencia an­tifascista. Los rusos F. Poletáiev en Ita­lia y Y. Porik en Francia, el azerbaid­zhano M. Gusen-Zade en Italia y Yu­goslavia, el georgiano F. Mosulishvili en Italia, el armenio A. Kazarián en Grecia, se convirtieron en héroes popu­lares de esos países. La lucha de los so­viéticos fuera de su país aproximaba la victoria general, fortalecía la amistad entre los pueblos.

Los combatientes soviéticos sentían el apoyo de todo el pueblo en cada comba­te, en cada batalla.

La consigna “¡Todo para el frente, todo para la victoria!” determinaba la vida de los soviéticos.

El lugar de los obreros que habían marchado al frente lo ocupaban sus ma­dres, esposas, hermanas o hijos. Regre­saron a la producción los veteranos del trabajo jubilados. Olvidándose del can­sancio y el descanso, la gente trabajaba, voluntariamente 13 y 14 horas al día.

Incluso los niños trabajaban en los tornos, siendo modelo de heroísmo y espíritu de sacrificio.

En los años de 1941-1945, Kazajstán, repúblicas de Asia Central y Transcau­casia, los Urales y regiones del Volga experimentaron una revolución indus­trial peculiar. Durante ese período, la producción global de la industria kazaja aumentó el 150%; la uzbeka, casi 200%; la kirguisa, cerca del 90%. La Unión So­viética, que tenía 3-4 veces menos má­quinas-herramienta, metal, carbón y energía eléctrica que Alemania y sus sa­télites, duplicó en los años de la contien­da la producción de material bélico.

La donación de sangre fue una forma activa de ayudar al Ejército Soviético. Al terminar la guerra, incluso se decía que fueron los heridos quienes habían alcanzado la victoria. En efecto, la in­mensa mayoría de combatientes soviéti­cos heridos (el 72%) retornaba al frente. En la I Guerra Mundial, el 65% de los heridos murieron a causa de la pérdida de sangre; en la Gran Guerra Patria, só­lo uno de cada cien. Y esto era natural. Para los heridos entregaban su sangre incluso los habitantes del Leningrado hambriento, donde las raciones alimen­ticias que recibieron durante varios me­ses no rebasaban los 125-250 gramos al día.

Durante la contienda, cinco millones y medio de soviéticos de todas las repú­blicas donaron voluntariamente su san­gre, y con frecuencia renunciaban a la remuneración correspondiente.

Todo se hacía para el frente, para el ejército.

El 18 de diciembre de 1942 apareció en el Pravda la noticia de que Ferapont Golovati, koljosiano de Sarátov, había entregado 100.000 rublos de sus ahorros personales para construir un avión. Al­go más tarde, un médico escocés de Edimburgo envió una carta a Golovati, diciéndole que en el extranjero no se creía que él pudiera tener continuado­res.

Todo el país se convirtió en un campamento militar. En la foto, un taller de una de las fábricas de aviones.

Pero el koljosiano de Sarátov tenía no sólo continuadores, sino también an­tecesores. En reuniones y mítines de obreros, campesinos y representantes de la intelectualidad, celebrados en los pri­meros días de la guerra, se presentaron ya las proposiciones de crear recursos monetarios y materiales suplementa­rios. Por iniciativa del pueblo se desple­gó el movimiento patriótico de ayuda al frente. Fue muy grande la cantidad de material de guerra fabricado con los medios personales de los trabajadores. Si todo lo que se entregó al fondo de la defensa durante la Gran Guerra Patria se expresara en dinero, resultaría que el Ejército Soviético estuvo combatiendo más de un año a cuenta de estos medios.

Desde el mismo momento de comen­zar la guerra, la URSS prestó ayuda a los pueblos de Europa que sufrían bajo el yugo del fascismo alemán.

Con el apoyo decisivo de la Unión Soviética, en su territorio se formaron unidades y agrupaciones nacionales de Polonia, Checoslovaquia, Rumania, a las que se entregaron miles de piezas de artillería y morteros, centenares de tan­ques y aviones. Son ampliamente cono­cidas las hazañas de los pilotos del regi­miento de aviación francés “Norman­día-Niemen”, que al terminar la con­tienda regresaron a Francia en aparatos obsequiados por el Gobierno soviético.

En el curso de su misión emancipado­ra, el Ejército Soviético liberó total o parcialmente los territorios de diez paí­ses europeos y dos asiáticos.

Los combatientes soviéticos peleaban fuera de su país con igual hombría y te­nacidad que en su tierra natal. No es ca­sual que en muchos países liberados se haya dado el nombre de héroes rusos, ucranianos, uzbekos, georgianos, letones y otros a calles, parques, plazas.

La victoria se pagó a un precio muy alto. El pueblo soviético, que hizo el aporte decisivo a la derrota de la Ale­mania nazi y sus satélites, perdió más de 20 millones de personas en los campos de batalla, en la lucha contra los agreso­res en el territorio que ocuparon tempo­ralmente, en los campos de concentra­ción, en las prisiones fascistas. La contienda dejó millones de mutilados, huérfanos, viudas; causó dolor a cada familia. Entre quienes dieron su vida por la libertad y la independencia de la Patria, por la vida y la felicidad de los soviéticos, se encuentran Pável Nenaro­kov, profesor de literatura y padre del autor de estas líneas, y su tío por línea materna, el zootécnico Ervand Manu­charián.

En la Tumba del Soldado Desconocido, junto a la muralla del Kremlin, arde la llama eterna en memoria de los caldos en los años de la guerra. En la lápida de mármol está escrito: “Tu nombre es desconocido, tu proeza es inmortal”. La Victoria del pueblo soviético se alcanzó a un precio muy caro: más de 20 millones de muertos (el 40% de todos los perecidos en la II Guerra Mundial); el daño material alcanzó la cifra de 2 billones 600 mil millones de rublos; fueron destruidas centenares de ciudades, 70.000 aldeas, cerca de 32.000 empresas.

La Unión Soviética perdió casi la ter­cera parte de su riqueza nacional engen­drada con el sudor de muchas genera­ciones. Los ocupantes hitlerianos hurta­ron o destruyeron medios materiales por el valor de 670.000 millones de rublos (en precios de anteguerra). La mis­ma cantidad, aproximadamente, de me­dios invertió la Unión Soviética en la construcción de nuevas fábricas, centra­les eléctricas, vías férreas, sovjoses y otras empresas durante todos los años de preguerra.

Se destruyeron 31.850 empresas in­dustriales; entre ellas, los combinados siderúrgicos de Zaporozhie y Azov, la fábrica metalúrgica de Mariupol, la fá­brica de Makéevka y muchas otras, que eran el orgullo y la gloria de la metalur­gia soviética.

La base de combustibles y de energía sufrió un enorme daño. En las cuencas hulleras del Donbás y de Moscú se des­truyeron más de mil minas. En las ex­plotaciones petroleras de Grozni y del Territorio de Krasnodar se pusieron fuera de servicio o se desmantelaron más de 3.000 pozos de petróleo. Los ocupantes volaron y demolieron 61 cen­trales eléctricas grandes y considerable número de centrales pequeñas.

El enemigo causó un daño enorme a los ferrocarriles y al transporte fluvial; voló y destruyó decenas de miles de ki­lómetros de vías férreas y carreteras, es­taciones, puentes, líneas de comunica­ción.

Se devastaron e incendiaron 1.710 ciudades y poblados obreros, más de 70.000 pueblos y aldeas. Se arrasaron los mayores centros: Leningrado, Kiev, Stalingrado, Minsk, Járkov, Dniepro­petrovsk, Smolensk, Kursk. Como re­sultado, cerca de 25 millones de perso­nas perdieron sus hogares.

Los fascistas devastaron la Universi­dad Estatal de Kiev, la Universidad Es­tatal de Bielorrusia, el Observatorio As­tronómico Central de Pálkovo; asola­ron monumentos culturales: museos, pinacotecas, muchos parques naciona­les y haciendas, incluidas las de Ale­xandr Pushkin, León Tolstói, Piotr Chaikovski, personalidades cuyas obras son el orgullo de la cultura no sólo rusa, sino mundial.

La guerra causó profundas heridas al campo. Los ocupantes saquearon y arruinaron más de 100.000 koljoses, sovjoses y estaciones de máquinas y tractores (éstas prestaban servicio a los primeros con su técnica). Las superficies de siembra en el país se redujeron en el 25%. Sufrió muchísimo la ganadería. Por su pertrechamiento técnico, la agricultura retrocedió al nivel de la primera mitad de los años 30. Todo esto originó considerables dificultades a lo largo de muchos años en el suministro de mate­rias primas agrícolas a la industria y de productos alimenticios a la población. Pero el pueblo soviético volvió a ser de nuevo un ejemplo de trabajo decidi­do.

Durante el primer quinquenio posbé­lico (1946-1950) se restablecieron, cons­truyeron y entraron en servicio más de 6.000 empresas industriales grandes, es decir, casi tantas como en los dos prime­ros quinquenios. El volumen de la pro­ducción industrial aumentó en el 73%, en vez del 48% previsto en el plan; se incrementó en un 37% la productividad del trabajo de los obreros. Se desarrolla­ban a ritmos acelerados la construcción de maquinaria y la industria del metal, la electroenergética, la metalurgia y la industria de construcción.

En la industria, se modernizaron los equipos instalados en los años de los primeros quinquenios. Crecía el pertre­chamiento energético de la economía. En la parte europea del país comenzó a formarse el Sistema Energético Único.

Aumentaban los ritmos del reequipa­miento técnico del transporte. En 1956 se aprobó el plan general para electrifi­car los ferrocarriles, que preveía pasar —en 15 años— 40.000 kilómetros de vías férreas al sistema eléctrico.

En 1955 apareció en las rutas nacio­nales e internacionales el Tu-104, pri­mer aparato reactivo del mundo en la aviación comercial, diseñado por el aca­démico Andrei Túpolev, famoso cons­tructor de aviones. La Unión Soviética fue el pionero en el empleo pacífico de la energía atómica, comenzando con éxito en 1954 la explotación industrial de la central atomoeléctrica en la ciudad de Obninsk, cerca de Moscú; en 1957 empezó a trabajar el rompehielos ató­mico Lenin.

El ejemplo más relevante del progreso científico-técnico de la URSS en los años de posguerra fue el lanzamiento del primer satélite artificial de la Tierra (4 de octubre de 1957). Con ello se comenzaron a materializar los planes más audaces de la humanidad. En el comu­nicado del Gobierno soviético se desta­caba que con “el lanzamiento del primer satélite de la Tierra, construido por el hombre, se hace un grandioso aporte al acervo de la ciencia y la cultura mundiales”.

El 12 de abril de 1961, a las 9 horas y 07 minutos despegó la nave cósmica con una persona a bordo. El vuelo duró 108 minutos. El primer hombre que subió al cosmos fue Yuri Gagarin, ciudadano de la URSS.

Los lanzamientos ulteriores de satéli­tes de la Tierra con animales, plantas e insectos experimentales fueron el co­mienzo del desarrollo de muchas ramas de las ciencias naturales y la técnica, de la aparición de nuevas disciplinas cientí­ficas (biología cósmica, medicina cósmi­ca y física cósmica).

Los admirables logros de la ciencia soviética en física atómica, conquista del cosmos, radioelectrónica están vin­culados con los nombres de sabios so­viéticos tales como Igor Kurchátov, Mstislav Keldish, Serguéi Koroliov, Piotr Kapitsa, Anatoli Alexandrov, Lev Landau y otros.

Con el fin de coordinar los esfuerzos de los científicos de los países socialistas en el empleo pacífico de la energía ató­mica, en la ciudad de Dubná, cerca de Moscú, se creó el Instituto Unido de In­vestigaciones Nucleares. En abril de 1957 allí comenzó a funcionar el acele­rador más potente de partículas atómi­cas que existía entonces.

En la segunda mitad de los años 50, los científicos soviéticos adoptaron, por vez primera, una serie de medidas enca­minadas a sanear la situación interna­cional y terminar con la desconfianza y la enemistad engendradas por la política de la “guerra fría”, que llevaban a cabo los Estados imperialistas en los años de posguerra. En la Conferencia para el empleo de la energía nuclear con fines pacíficos, celebrada en Ginebra en 1955, los representantes de la Academia de Ciencias de la URSS presentaron un in­forme detallado sobre la instalación y la experiencia adquirida en la explotación de la primera central atomoeléctrica in­dustrial del mundo. En 1956, el acadé­mico Igor Kurchátov presentó en Ingla­terra un informe sobre el trabajo de los físicos soviéticos en el terreno de la síntesis termonuclear dirigida. En aque­llos años, esas investigaciones se consi­deraban supersecretas en todos los países.

A mediados de los años 50, el partido acordó comenzar la roturación de mi­llones de hectáreas de tierras vírgenes y baldías en las zonas orientales. El cre­ciente poderío industrial de la URSS permitía materializar, desde el punto de vista técnico, ese dificilísimo proyecto.

Más de medio millón de voluntarios –representantes de muchas nacionalida­des— de distintas regiones del país res­pondieron al llamado del Partido Co­munista de roturar dichas tierras; todo el país participó en la solución de esta tarea.

La historia de la humanidad no co­nocía una labor tan grandiosa para pro­ducir cereales. En un corto plazo se ro­turaron 42 millones de hectáreas; de ellas, 25 millones en Kazajstán. En 1956, esta república ya obtuvo, por primera vez en su historia, mil millones de puds (un pud = 16,3 kg) de cereales, en lugar de los 600.000 previstos en el plan. De las tierras vírgenes roturadas, sólo en Kazajstán el país recibió más de 6.000 millones de rublos de beneficio líqui­do.

En los años de posguerra, la Unión Soviética restableció la economía des­truida en la contienda y se convirtió en una gran potencia socialista con eco­nomía altamente desarrollada, con cien­cia y cultura avanzadas. Hacia finales de los años 50, el producto social total de la URSS aumentó 3,5 veces respecto a 1940; la producción de la industria, 4,3 veces, siendo de destacar que la pro­ducción de medios de producción creció más de 5 veces. El volumen de la pro­ducción agrícola global superó el nivel de anteguerra en más de vez y media. La renta nacional aumentó casi 4 veces.

Se operaron también profundos cam­bios en la palestra internacional. Con la formación y fortalecimiento del sistema socialista mundial, el crecimiento del poderío económico y defensivo de la URSS y de toda la comunidad socialis­ta, se hizo evidente el carácter irrever­sible del proceso de renovación socialis­ta del mundo. Se manifestaba con cada vez mayor diafanidad el incesante acre­centamiento de la influencia del socialis­mo en el desarrollo de la humanidad[1].

[1] Lamentablemente, los progresos de la URSS y del campo socialista deslumbraron tanto al Movimiento Comunista Internacional que éste relajó la vigilancia sobre los elementos favorecedores de la contrarrevolución capitalista. El tropiezo del socialismo ha sido grande pero el futuro sigue perteneciéndole, porque el socialismo es el fruto de las contradicciones que el régimen burgués desarrolla en sus entrañas de manera irremediable.

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