Desarrollo de la economía soviética desde 1936 hasta 1953 (2)

Un progreso prodigioso a pesar de la II Guerra Mundial y la Guerra Fría.

 

Los planes quinquenales cuarto (1946-1950) y quinto (1951-1955).

En 1946, los ciudadanos de la URSS eligieron un nuevo Soviet Supremo que aprobó el 4º Plan Quinquenal, en marzo. Había que reconstruir la economía y seguir desarrollándola rumbo al comunismo.

Desgraciadamente, a los daños causados por la guerra, se vino a sumar inmediatamente la mayor sequía de los últimos 50 años en las zonas agrícolas tradicionales, mayor que la de 1921. EE.UU. había cancelado prematuramente la Ley de Préstamo y Arriendo en agosto de 1945, los occidentales racaneaban las entregas por reparaciones desde Alemania e Italia, y la ayuda de la ONU era insuficiente. Se produjo entonces –según G. Roberts- una crisis alimentaria que acabó con la vida de más de un millón de soviéticos por hambre o enfermedades relacionadas. Los historiadores burgueses, cegados por su anticomunismo, encuentran paradójico que esta crisis reforzara la estabilidad del régimen y que la población atribuyera al gobierno bolchevique el mérito de la mejoría posterior.

A pesar de la sequía, el conjunto de la cosecha y de la producción de grano fue muy superior en 1946 al de 1921, gracias a la organización socialista de la producción con sus estaciones de máquinas y tractores, y su sistema creado a lo largo de los planes quinquenales de Stalin… En las regiones que no sufrieron la sequía (Siberia Occidental y Kazajstán), las producciones agrícolas fueron en 1946 mayores que las de 1945”.[1]

A causa de esta crisis, el racionamiento tuvo que alargarse un año más de lo previsto, hasta 1947.

“El 14 de diciembre de este mismo año, se decretó una reforma monetaria que acabó con la inflación y con el exceso de dinero en manos de quienes se habían enriquecido especulando durante la guerra. Todo el numerario en poder de los individuos fue cambiado en la relación 1:10 y todas las cantidades en bancos de ahorro inferiores a 3.000 rublos se cambiaron a su valor facial, 1:1, aplicándose tipos menores para las grandes sumas… Todos los títulos de la Deuda fueron convertidos en la proporción 1:3; es decir, quedaban reducidos a un tercio de su valor (y fueron convertidos en títulos a un tipo de interés más bajo, el 2%)… Las rentas permanecieron constantes: un sueldo de 1.000 rublos en noviembre de 1947 seguía siendo de 1.000 rublos en enero de 1948. Así, la operación eliminaba la gran masa de las tenencias de dinero y reducía gradualmente la Deuda pública… El efecto neto fue una reducción general del 17% en los precios estatales al por menor. Los nuevos precios, en conjunto, eran realistas, como lo demuestra el hecho de que los precios de mercado libre en 1948 estuvieran al mismo nivel, e incluso, a veces, por debajo de los que regían para los artículos alimenticios en las tiendas del Estado”.[2]

En 1948, la economía recuperó su nivel de antes de la guerra (el de 1940). Malenkov calcula “que la guerra retrasó el desarrollo de nuestra industria en ocho o nueve años, es decir, aproximadamente en dos quinquenios”[3]. Incluso para Alec Nove, “existen pruebas abrumadoras de que la reconstrucción se debió, ante todo, a los esfuerzos del pueblo soviético”[4]. Lejos de ayudar, los Estados capitalistas occidentales encabezados por EE.UU. perjudicaron cuanto pudieron esta reconstrucción declarando la “Guerra Fría” a la URSS, oficialmente desde marzo de 1947 (doctrina Truman) y prácticamente desde el verano de 1945.

Una vez la agricultura puesta a salvo de la ineficacia de la pequeña producción y de la explotación capitalista, la Unión Soviética estaba preparada para acometer las obras que la pondrían a salvo de sus condiciones de clima extremo (teniendo en cuenta además que sólo un cuarto de su superficie es cultivable). Para ello, puso en marcha el gran Plan de Transformación de la Naturaleza de 1948.

 

Plan de Transformación de la Naturaleza (1948)

“Según este plan, deberían construirse canales y plantas hidroeléctricas, así como crear extensos cinturones forestales con el objeto de proteger el norte del Cáucaso, Ucrania y las regiones del Volga de los vientos secos del sudeste”.[5]

Se iniciaron “plantaciones masivas de árboles y praderas formando cinturones forestales, además de 44.000 estanques y aljibes, para proteger las actividades agropecuarias de los vientos cálidos y secos de sureste que habían causado –junto con la guerra mundial- la reciente hambruna de 1946-47. Según decía un editorial de Pravda, ‘el capitalismo es incapaz no sólo de llevar a cabo esta transformación planificada de la naturaleza, sino también de impedir su explotación depredadora por los ricos’.”[6]

“Gracias a la realización de los grandes trabajos pro­yectados para el desarrollo del regadío, a la forestación protectora de los campos y a las labores de avenamiento –enfatizaba Malenkov-, nuestra economía agropecuaria se elevará a un grado superior y el país estará para siempre a cubierto de las eventualidades climatológicas”.[7]

Este Plan fue abandonado en la década siguiente por la nueva dirección soviética encabezada por Jruschov. Aunque no se llegara a completar y se destruyeran muchos de aquellos cinturones de bosques, la URSS y la actual Rusia no volvieron a sufrir cosechas desastrosas ni hambrunas (al menos, por este motivo, aunque sí por la restauración del capitalismo en la década de 1990).

La principal palanca de este progreso económico era la elevación del nivel cultural y técnico de la población trabajadora:

“En 1950 los planificadores tenían motivos para sentirse plenamente satisfechos. Se habían producido multitud de errores y dificultades, pero podía decirse que se habían conseguido grandes resultados. La URSS podía hacer frente a la carrera de armamentos, que en 1950 acababa de volver a empezar [como remedio de Estados Unidos a su nueva crisis económica, aunque el pretexto alegado fuera la Guerra de Corea] con una estructura industrial más fuerte que antes de la guerra”.[8]

En 1952, la cosecha de trigo superó en un 48% el nivel de 1940 y el resto de la economía agropecuaria ya había rebasado sus niveles de anteguerra[9].

Como el flujo de bienes de consumo aumentaba más deprisa que la subida de los salarios, las autoridades soviéticas pudieron reducir los precios todas las primaveras desde el año 1947 al 1954. Los precios al por menor en 1952 ya eran, por término medio, la mitad de los de 1947. Los salarios reales de 1953 se elevaron de este modo un 43% sobre los de 1940. Los ingresos de los campesinos aumentaron por persona, en comparación con 1940, alrededor del 60%. El gasto social del Estado en seguros por enfermedad, pensiones, sanatorios, casas de descanso, instituciones infantiles, vacaciones retribuidas, asistencia médica, ayuda a madres de prole numerosa y madres solteras, enseñanza y estipendios se elevó de 40,8 mil millones de rublos en 1940 a 125 mil millones en 1951[10].

“En conjunto –afirma Hutchings-, entre 1948 y 1954 se produjo un aumento del nivel de vida importante… Pero los sucesores de Stalin minimizan lo logrado en épocas anteriores… De acuerdo con Bergson y con sus estimaciones más recientes, la renta nacional soviética[11] creció 3,25 veces entre 1928 y 1955… Las mejoras percibidas por los consumidores no fueron más rápidas durante los tiempos de Jruschov que en la época de Stalin. En términos absolutos, el consumo per capita ha crecido en cantidad y en calidad, especialmente en ciertos años, aunque con relativa lentitud desde 1961”[12].

El 5º Plan Quinquenal (1951-1955) se vio alterado por las nuevas orientaciones de los dirigentes que sucedieron a Stalin tras su fallecimiento, el 5 de marzo de 1953. No obstante, aumentó los bienes de capital en 80% y los bienes de consumo en 65%.[13]

En conclusión, el progreso de la economía soviética desde 1913 hasta 1953 prueba el éxito de la edificación del socialismo bajo la dirección de la clase obrera, hasta la muerte de Stalin.

Además, la superioridad del modo de producción socialista sobre el modo de producción capitalista en la época presente queda demostrada por las siguientes tablas comparativas:

 Ambas tablas muestran que la economía socialista es superior, a pesar de que no se compara con la media del capitalismo internacional, sino sólo con los Estados capitalistas más desarrollados que se lucran de la explotación de su propia clase obrera y también de la gran mayoría de la población mundial. La población trabajadora de la URSS consiguió superarlos en desarrollo exclusivamente a base de sus propias fuerzas. A la hora de interpretar la tabla de Maddison, hay que tener en cuenta las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial que sufrió la Unión Soviética y que fueron nulas en el caso de Canadá y Estados Unidos;  y también que, al tratarse de Producto Nacional Bruto (PNB), la economía doméstica de los países capitalistas más desarrollados se ve engordada por la riqueza que saquean sus empresas en el extranjero (la URSS, en cambio, tuvo que ayudar a las economías de las democracias populares destrozadas por la guerra mundial y amenazadas por la intrigas imperialistas).

La experiencia revolucionaria de la Unión Soviética demuestra que la clase obrera no está condenada a padecer bajo el yugo de los capitalistas y que puede tomar las riendas de la sociedad, transformarla progresivamente hacia el comunismo y defenderla del cerco hostil capitalista. Para evitar que las masas trabajadoras lleguen a esta conclusión, los ideólogos burgueses necesitan machacar sin cesar nuestras conciencias con patrañas anticomunistas, para que las creamos. Por muchos medios que inviertan en ellas, son contrarias a los hechos y se vendrán abajo cuando nos unamos para propagarlos, particularmente entre las masas más explotadas por los capitalistas.

 

La crítica del socialismo

Para disipar toda duda sobre la veracidad de los datos hasta aquí mencionados, la práctica totalidad de los mismos han sido tomados deliberadamente de los historiadores occidentales más serios: unos, de su propia cosecha y otros, confirmados por ellos. Eso sí, hemos prescindido de las “revelaciones” carentes de pruebas efectuadas por los anticomunistas más extremos y despreciables que, como Solzhenitsyn, acusan al “estalinismo” de decenas de millones de víctimas.

A pesar de que reconozcan las realizaciones positivas de la URSS en tiempos de Stalin, las obras de Nove, Hutchings, Dobb, Carr, Deutscher, Althusser, Roberts, Tauger, etc., dejan en sus lectores una impresión adversa o escéptica sobre el socialismo[14]. Sólo comprendiendo por qué pintan este cuadro sombrío y tétrico, podemos contrarrestar su impacto negativo entre el público progresista –incluidos los curiosos o simpatizantes del comunismo- y reanimar la causa del socialismo. Estos autores pretenden ser objetivos, lo parecen e incluso lo son en parte (a veces con valentía frente los prejuicios imperantes), pero interpretan los hechos de manera subjetiva, en función de su concepción del mundo burguesa y antisocialista. Así es como disuaden a las gentes progresistas de defender la revolución y de luchar por ella. Entre estas gentes progresistas, hay también miles de dirigentes y cuadros del movimiento comunista internacional que no pueden orientarse con seguridad entre esta literatura al haber formado su conciencia militante con adulteraciones revisionistas del marxismo-leninismo, mientras desconocían los documentos del Partido Bolchevique y de la Internacional Comunista después de la muerte de Lenin, los análisis de Stalin, de Zhdánov, de Molotov, de Dimitrov, etc.

¿Qué clases de críticos del socialismo encontramos? Echando la vista atrás y recorriendo la historia de la crítica del socialismo, distinguimos sucesivas etapas marcadas por quienes la han encabezado.

– Antes de la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917, se trata sobre todo de una crítica dirigida contra la teoría del socialismo, es decir, contra el marxismo, cuando la clase obrera pertrechada de esta teoría todavía no ha podido conquistar el Poder político en ningún lugar del mundo.

– Desde que triunfó la Revolución Soviética en 1917 y hasta 1923, los principales críticos del socialismo fueron los liberales y conservadores burgueses, los reformistas socialdemócratas desprestigiados por apoyar a éstos frente a los revolucionarios y, en menor medida, los anarquistas.

– Desde la muerte de Lenin a inicios de 1924 hasta 1933, la crítica más eficaz contra el socialismo práctico la elaboraron la oposición trotskista –con su falsa contraposición entre la revolución internacional y la edificación del socialismo en la URSS- y su versión bujarinista, la más persistente en las propias instituciones soviéticas.

– El fracaso de los conservadores, liberales, reformistas y pseudo-izquierdistas en impedir la transformación socialista de la URSS y el creciente prestigio de ésta entre el proletariado internacional hizo que, desde 1933 hasta 1945, el “arma de la crítica” contra el socialismo cediera su puesto a la “crítica de las armas” del nazi-fascismo contra la Unión Soviética y los partidos comunistas y obreros.

– La victoria del Ejército Rojo en 1945 obligó a todas las corrientes críticas anteriores a unificarse bajo la dirección de la burguesía de los EE.UU., aunque con poco éxito mientras vivió Stalin.

– Solamente a partir de 1956, cuando N. S. Jruschov al frente del PCUS calumnió a Stalin en su “Informe Secreto”, puso fin a la dictadura del proletariado en la URSS y promovió a los revisionistas en el movimiento comunista internacional, la crítica antisocialista consiguió finalmente su propósito de frenar y revertir la revolución proletaria mundial hasta entonces en curso.

– En 1964, la nueva burguesía que dirigía la URSS cesó la dinámica autodestructiva de Jruschov y destituyó a éste, desplazándose el centro de la crítica al socialismo, hasta el año 1980, al medio académico occidental más “objetivo” o incluso “filocomunista” (Carr, Althusser, Marcuse Bettelheim, Nove, Hutchings, Hobsbawm, Deutscher, Broué, etc.; todos ellos apoyándose sin falta en las “revelaciones” que los académicos jruschovistas seguían produciendo en la Unión Soviética de Brézhnev).

– Desde 1980 y hasta 1991, la contrarrevolución “neocon” en los países capitalistas y la perestroika de Gorbachov en los países socialistas destruyeron los Estados, partidos, sindicatos y organizaciones diversas de un movimiento comunista y obrero internacional minado por decenios de revisionismo.

– A partir del derrumbe de la URSS en 1991 y hasta hoy, se ha impuesto el totalitarismo anticomunista en todos los medios culturales de masas, frente al cual ha empezado a surgir una contestación crítica por parte de investigadores calificados como “revisionistas”[15], algunos de los cuales son partidarios del comunismo y otros, no: Getty, Williams, Fleming, Furr, Lacroix-Riz, Tauger, Roberts, etc.

“Los hombres –ya había advertido Lenin- han sido siempre en política víctimas necias del engaño de los demás y del engaño propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a discernir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase”[16].

Así pues, por su carácter de clase, la crítica al socialismo puede ser burguesa y reaccionaria en general; pequeñoburguesa; o proletaria.

Las críticas que proceden de la burguesía y de sus intelectuales se caracterizan sobre todo por silenciar el hostigamiento capitalista interno y externo contra el Poder Soviético, y por idealizar el mercado. Para ellas, el colectivismo de los trabajadores es malo, mientras que el individualismo de los burgueses es bueno. Salta a la vista que no buscan la verdad sino mantener su régimen de explotación de la mayoría de la sociedad, obstaculizando el desarrollo en ella de una conciencia revolucionaria.

Pero, ¿cómo distinguir las críticas proletarias de las que son pequeñoburguesas, cuando éstas se presentan como objetivas e incluso se formulan en nombre del marxismo-leninismo?

Jruschov y su fracción en el PCUS lo hicieron así cuando tomaron el mando del Partido para negar la lucha de clases en el socialismo y reprochar a Stalin el haberla continuado (revisionismo moderno). Este “nuevo” paradigma interrumpió la transmisión fiel de la experiencia revolucionaria a masas de jóvenes comunistas que, entonces, abrieron acríticamente sus mentes a la literatura académica seudoizquierdista.

Unos, porque confiaban en la dirección del PCUS y, por tanto, en la parte de esa literatura académica que justificaba el “nuevo” socialismo post-estaliniano. Y otros, porque buscaban una explicación al viraje contrarrevolucionario de la URSS y encontraban en otra parte de esa literatura académica una crítica del revisionismo que culpaba de él a Stalin. Muchos “anti-revisionistas” carecían de una formación marxista-leninista suficientemente sólida para descubrir que, tras la apariencia marxista de esta crítica, se ocultaban sus verdaderos postulados tomados del revolucionarismo pequeñoburgués anarquista o trotskista (por ejemplo, Bettelheim).

Como advertía Stalin, “allí donde hay desviación de derecha, debe haber también desviación de ‘izquierda’. La desviación de ‘izquierda’ es la sombra de la desviación de derecha. Lenin decía, refiriéndose a los otzovistas, que los ‘izquierdistas’ no eran otra cosa que mencheviques vueltos del revés… Lo mismo hay que decir de los ‘izquierdistas’ de hoy. Los que se desvían hacia el trotskismo no son, de hecho, más que derechistas vueltos del revés, derechistas que se encubren con frases de ‘izquierda’.”[17]

Además, la crítica pequeñoburguesa “de izquierda” no tomó sólo la forma de un ataque a Stalin “por la izquierda”, sino también la forma igualmente dañina de una defensa dogmática de todo lo que hizo la URSS en los tiempos de este gran dirigente bolchevique. Esto es malo, no sólo porque impide al proletariado aprender de su propia experiencia y errores[18], sino porque lo lleva a debilitar la solidaridad con otros procesos revolucionarios posteriores que no pueden seguir exactamente los mismos pasos que la URSS por encontrarse en condiciones diferentes.

 

[1] Resumen de Gisèle Rabier –La batalla por el trigo en la URSS, Servir la France, julio de 1947- del informe de la Comisión del Plan sobre la sequía de 1946 publicado en la prensa soviética el 21 de enero de 1947. www.communisme-bolchevisme.net.

[2] Ibídem, Alec Nove, pág. 327.

[3] Informe de Malenkov ante el XIX Congreso del Partido, 5 de octubre de 1952.

[4] Ibídem, Alec Nove, pág. 307.

[5] Ibídem, Hutchings, pág. 141.

[6] Geoffrey Roberts, Ibídem, pág. 443.

[7] Informe de Malenkov ante el XIX Congreso del Partido, 5 de octubre de 1952.

[8] Ibídem, Alec Nove, pág. 311

[9] Informe de Malenkov ante el XIX Congreso del Partido, 5 de octubre de 1952.

[10] Ídem y Alec Nove, Ibídem, pág. 330.

[11] “A diferencia de los países capitalistas, donde las clases explotadoras se apro­pian de más de la mitad de la renta nacional, ésta es en la Unión Soviética patrimonio de los trabajadores. Los trabajadores de la URSS perciben cerca de tres cuartas partes de la renta nacional para la satisfacción de sus necesidades personales de orden material y cultural; la parte restante se destina a ampliar la producción socialis­ta y a otras necesidades de interés para todo el Estado y para toda la sociedad”. (Informe de Malenkov ante el XIX Congreso del Partido, 5 de octubre de 1952)

[12] Ibídem, Hutchings, págs. 145, 146, 161 y 189.

[13] Maurice Dobb, Soviet Economic Development, 6th edition, Routledge and Kegan Paul, London, 1966, p. 3; citado por Ludo Martens en Un autre regard sur Staline, pág. 286.

[14] Es el caso de los fríos datos estadísticos. Nove reconoce que “las cifras del producto físico… efectivamente utilizadas en la planificación han sido consideradas como fiables por prácticamente todos los investigadores”; pero añade la coletilla “con una sola excepción muy marcada”, referida a los cereales (Ibídem, pág. 308). Previamente, había calificado “las cifras en su totalidad” como “dudosas” (Ibídem, pág. 201). En cuanto a Hutchings, reconoce los prejuicios negativos de los investigadores occidentales sobre las estadísticas soviéticas: “la última estimación realizada por Bergson afirmaba que en los primeros estudios -incluidos los suyos propios- se había sobreestimado el grado de exageración de las estadísticas soviéticas (Op. Cit., libro 2, págs. 144-7). Dedica un capítulo entero a estudiar la fiabilidad de las estadísticas soviéticas y opina que la mayoría de éstas “se elaboran de buena fe, y que podemos, por tanto, aceptarlas como verdaderas… Tal punto de vista es defendido por la mayoría de los especialistas occidentales en economía soviética”, por seis razones que enumera a continuación y entre las que destaca que no se puede organizar una economía planificada con estadísticas falsas. Sin embargo, también concluye con la coletilla sobre “la posible excepción de algunas estadísticas sintéticas y globales”, aunque no necesariamente “falsas”, sino elaboradas con “un método de agregación particular con el objeto de producir una impresión determinada” (Ibídem, págs. 120-131). En estos útimos años, Tauger ha evaluado la estadística agraria en la URSS, contextualizando el “dudoso” rendimiento biológico de las cosechas como un cálculo apropiado para pasar de agricultura individual a una agricultura colectiva entre finales de los años 20 y principios de los años 30. Y concluye que la estadística soviética pudo acercarse “a niveles de primer mundo solamente cuando y porque el régimen cambió la agricultura soviética de una economía campesina de un ‘tercer mundo’ fragmentado, a un sistema económico a gran escala, mecanizado e integrado en la economía urbana e industrial, dicho de otro modo, cuando dejó de ser propiamente hablando un sistema del ‘tercer mundo’ y cuando adquirió numerosas características de un sistema agrícola moderno” (Ibídem, pág. 255). Aunque Tauger no sea partidario del socialismo, sí lo es de la modernización de las fuerzas productivas y por tanto de la estadística soviética que la hizo posible.

[15] Annie Lacroix-Riz explica, por ejemplo, que “… los estudios ‘revisionistas’ anglosajones (provenientes de la izquierda marxista o marxistizante llamada ‘New Left’ y apoyados en las fuentes originales) dedicados a la política exterior americana han excluido las responsabilidades compartidas de una ‘Guerra Fría’ por lo demás muy anterior a mayo de 1945: sitúan su origen no al final de la Segunda Guerra Mundial sino en noviembre de 1917, e incluso en los vivos enfrentamientos interimperialistas entre Rusia y Estados Unidos, particularmente en China, anteriores a 1914. La demostración fue iniciada hace más de cincuenta años por los trabajos pioneros de William Williams y de Frank Fleming, desgraciadamente nunca traducidos, pero que el historiador francés Yves Durand presentó al público francés en 1984”. (Prefacio a Les guerres de Staline, Geoffrey Roberts)

[16] Lenin, Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo.

[17] Pleno del CC del PC(b) de la URSS del 19 de noviembre de 1928, tomo 11, pág. 295.

[18] “La crítica y la autocrítica son un arma probada del Partido en la lucha contra los defectos, los errores y los fenómenos morbosos que pueden minar el sano organismo del Partido. La crítica y la autocrítica no debilitan, sino que fortalecen el Estado Soviético, el régimen social so­viético, lo que es indicio de su fuerza y de su vitalidad.” (Ibídem, Malenkov)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *