Agricultura soviética: una crítica de los mitos construidos por los críticos occidentales

AGRICULTURA SOVIÉTICA: UNA CRÍTICA DE LOS MITOS CONSTRUIDOS POR LOS CRÍTICOS OCCIDENTALES

(http://www.usm.maine.edu/eco/joe/works/Soviet.html)
JOSEPH E. MEDLEY
UNIVERSIDAD DEL SUR DE MAINE
MEDLEY@USM.MAINE.EDU

El artículo del profesor de economía Joseph E. Medley que reproducimos a continuación tiene un gran valor porque demuestra cómo los científicos burgueses manipulan la estadística en beneficio de sus intereses de clase. Éstos toman una parte de los datos ciertos –no todos los disponibles- para dar una apariencia de veracidad a sus conclusiones hostiles al socialismo. La respuesta que da este trabajo a los ataques contra la agricultura soviética no es todo lo contundente que podría ser debido a que solamente tiene en cuenta la etapa descendente del socialismo en la URSS: es decir, la etapa en que se aplicó una línea política revisionista que apartaba a las masas obreras y trabajadoras de la dirección de la producción socialista. A pesar de que el socialismo soviético se estaba descomponiendo y a pesar de que el profesor Medley dé por bueno el dogma liberal según el cual los trabajadores son monos de feria que sólo trabajan más si se les paga más, este documento pone en evidencia la superioridad económica de la propiedad social y de la planificación central sobre la propiedad privada y el mercado. Con ello, proporciona una nueva prueba de que la URSS de tiempos de Jruschov, Brézhnev y Gorbachov todavía era socialista, al mismo tiempo que desarrollaba en su seno la contrarrevolución que acabaría restaurando el capitalismo.

INTRODUCCIÓN

En Occidente, la “muerte” del socialismo ha sido predicha y anticipada por muchos durante mucho tiempo[1]. Los eventos recientes en Europa del Este y la (ex) Unión Soviética parecen confirmar las predicciones hechas por los críticos del socialismo. Estos críticos han mantenido diligentemente que el socialismo no puede funcionar y que el capitalismo es una alternativa superior. En el transcurso de la última mitad de siglo, los estudiosos occidentales de asuntos agrarios soviéticos[2], en particular, han acumulado una enorme cantidad de evidencia que parece conducir a la inevitable conclusión de que la agricultura soviética ha seguido un curso descendente cada vez más acelerado desde la colectivización de los años treinta. En palabras de Robert Campbell, uno de los principales especialistas de Estados Unidos en asuntos económicos soviéticos, la agricultura soviética es “inestable, irracional, derrochadora, no progresiva… casi cualquier adjetivo peyorativo que uno pueda recordar sería apropiado” (1974: 65). Y en palabras de Campbell McConnell, autor del texto de economía más popular en uso en los campus de EE.UU. de hoy, “la agricultura soviética es un monumento a la ineficiencia” (1975: 900). Estos autores, más elocuentemente que nadie, resumen así la visión occidental predominante de la agricultura socialista soviética.

En este artículo se argumenta que la crítica occidental de la agricultura soviética tiene algo de sustancia: los planes agrícolas soviéticos a menudo fallaron; las granjas soviéticas eran ineficientes y la cosecha se desperdiciaba en el camino del campo a la mesa; la Unión Soviética importó mucho grano; tenía escasez de carne; etc. De hecho, el objetivo de este artículo no es disputar la evidencia acumulada por los críticos occidentales. La agricultura soviética probablemente podría funcionar mucho más efectivamente de lo que lo ha hecho.

La intención del artículo, en contraste, es cuestionar el mito que los críticos occidentales han construido a partir de observaciones (relativamente) precisas sobre la Unión Soviética. El artículo comienza presentando los criterios de actuación de los críticos occidentales, su evidencia sobre el desempeño relativo soviético y luego analiza su conclusión de largo alcance: la agricultura socialista es, necesariamente y siempre, un fracaso. El documento argumenta que, a pesar de la precisión de los hechos citados, las conclusiones alcanzadas exageran las debilidades relativas de la agricultura socialista. El argumentarios de los críticos es débil, su conclusión de que la agricultura socialista ha fallado descansa en un mito.

LA CRÍTICA DE LA AGRICULTURA SOVIÉTICA

Los críticos occidentales (y algunos soviéticos) del (antiguo) sistema agrícola de la Unión Soviética afirman que sufre problemas generalizados, persistentes y severos[3]. Los críticos sostienen que estos problemas profundamente arraigados constituyen una evidencia de que el sistema soviético ha fallado irremediablemente. Sostienen además que, irónicamente, lo único brillante en el sistema soviético es el sector privado. Dicen que la dura realidad soviética demuestra que la verdadera crisis del sistema agrícola solo puede resolverse mediante una transición a la agricultura privada, es decir, al capitalismo.

El núcleo del argumento de los críticos es que el sistema agrícola soviético no ha logrado satisfacer adecuadamente las necesidades alimentarias y de fibra de su población y no ha progresado hacia la autosuficiencia agrícola[4]. Dicen que, en comparación con las alternativas viables, el desempeño soviético ha sido pobre durante más de una década. A finales de la década de 1980, los subsidios presupuestarios para el consumo de alimentos habían aumentado a unos 90 mil millones de rublos (Marrese 1990: 156) y la Unión Soviética se había convertido en el mayor importador mundial de granos (Laird 1990: 11). Estas deudas altas e impagadas, estos enormes subsidios y estas importaciones masivas fueron los principales causantes de la inestabilidad macroeconómica de todo el sistema (Brooks 1990: 90-91).

Los críticos occidentales han concluido que, por muy prometedora que pudiera parecer la agricultura socialista soviética, sus defectos fatales ahora se han puesto en evidencia.

Los críticos occidentales sostienen que el sistema agrícola soviético ha fallado en relación con sus alternativas viables porque está intrínsecamente aquejado por la baja eficiencia en la utilización de los recursos, por las dificultades para aumentar la productividad y por el gran desperdicio de producción y el daño al medio ambiente. La discusión central de las críticas teóricas occidentales es que la agricultura soviética falla tanto en la teoría como en la práctica. En su opinión, las debilidades clave del sistema socialista son la propiedad social de los medios de producción y el predominio de la planificación central como medio de organización económica y de toma de decisiones. En particular, creen que el hecho de no emplear la propiedad privada y los mercados libres garantiza que el sistema de microincentivos va a ser deficiente (es decir, sin la motivación del lucro e incentivos laborales débiles) y que el sistema agrícola, por lo tanto, estará condenado a sufrir mala asignación e ineficiente utilización de los recursos. Un sistema tan pobremente concebido producirá inevitablemente escasez, requerirá enormes subsidios gubernamentales y generará grandes déficits comerciales y presupuestarios.

La crisis de la agricultura soviética solo puede resolverse, creen los críticos occidentales, mediante transformaciones dramáticas de las instituciones sociales soviéticas y de los procesos de toma de decisiones. En su opinión, la clave es permitir a las empresas vincular la producción al mercado (Nove 1986: 164; Desai 1989: 17; Marrese 1990: 166-67); vincular las retribuciones de los trabajadores agrícolas con sus esfuerzos individuales (Marrese 1990: 166 Hedlund 1984: 203; Nove 1986: 164); e instituir la propiedad privada (o el control privado de facto) de la tierra y apoyar el desarrollo de la agricultura privada (Marrese 1990: 166, Hedlund 1984: 203; Nove 1986: 164). Como lo dijo sin rodeos Gary Becker (Business Week, 24 de diciembre de 1990), la Unión Soviética solo puede evitar una catástrofe si avanza rápidamente hacia la agricultura privada y de libre mercado.

CREACIÓN DE MITOS Y MITOS DE LA AGRICULTURA SOVIÉTICA

Puede parecer obvio que la agricultura capitalista es superior y preferible a la socialista porque la evidencia, los hechos y la lógica pesan en esta dirección. ¿Por qué afirmar que los críticos occidentales han construido un mito? Un mito no es una mentira o incluso una tergiversación. Un mito es una historia que se apodera de aspectos del mundo tal como lo conocemos y exagera dramáticamente algunas partes del todo para convertirlas en la clave de la historia. El mito central sobre la agricultura soviética es que solo se puede juzgar exitosa si satisface todas las necesidades agrícolas de la Unión, si convierte a la nación en el líder agrícola del mundo y si logra resultados óptimos definidos teóricamente en la asignación de recursos, la eficiencia productiva y la satisfacción del consumidor. Si no, se considera un fracaso porque los críticos occidentales sostienen que una mejor alternativa, la agricultura capitalista, puede lograr todos estos resultados.

En las críticas occidentales, los datos sobre los rendimientos relativos de los cultivos soviéticos, el tamaño de la fuerza de trabajo o los niveles de importación se utilizan como trampolines para llegar a conclusiones trascendentales. Las conclusiones (baja eficiencia, desperdicio, bajo rendimiento, bajo consumo, dependencia, etc.) se acumulan para llegar a un juicio aplastante: la agricultura socialista es un fracaso. En las siguientes secciones, este documento examina los criterios establecidos por los críticos occidentales para juzgar la agricultura soviética y los conjuntos de hechos / conclusiones que respaldan sus posiciones. Aunque muchos de los hechos sobre la agricultura soviética son exactos, las conclusiones alcanzadas exageran las debilidades relativas de la agricultura socialista (y/o, a la inversa, la fuerza relativa de la agricultura capitalista)[5].

El fracaso de los planes agrícolas

Toda la historia de la agricultura soviética está repleta de fracasos de los planes agrícolas. De esta información, los críticos occidentales llegan a la conclusión de que los sistemas económicos basados en la propiedad social y la planificación son inviables tanto en teoría como en práctica (Hedlund 1984; Nove 1986; Theen 1988; Marrese 1990). Los planes soviéticos para la agricultura han fallado con más frecuencia de lo que han tenido éxito en el transcurso de los últimos cincuenta años de agricultura socializada. Sin embargo, el fracaso es un término relativo que no nos dice nada de la magnitud de los objetivos establecidos, ni de los resultados alcanzados. Por ejemplo, el objetivo de carne establecido en el Programa Soviético de Alimentos 1982-1990 fue una producción anual promedio de 20.25 millones de toneladas. Aunque la producción en 1990 alcanzó los 20 millones de toneladas (RSEEA 1991a: 8), el objetivo del Programa de Alimentos no se cumplió. Por lo tanto, el plan falló. Sin embargo, centrarse solo en el fracaso en alcanzar el objetivo de la carne pasa por alto los hechos importantes de que en 1990 la producción de carne aumentó un 30% más que en 1981 (20 millones frente a 15,2 millones de toneladas) y que el consumo de carne per cápita de 1990 (67 kgs.) (RSEEA 1991a: 8) subió un 18% más que en 1981.

En otras palabras, se logró un progreso significativo hacia el objetivo de aumentar la producción y el consumo de carne dentro del sistema agrícola socialista a pesar de que el plan “fracasó”. Esto subraya un punto más general sobre la agricultura socialista. Sus fracasos para lograr objetivos ambiciosos no prueban que sea un sistema fallido; al contrario, enfatizan las altas expectativas de mejora continua asociadas con él.

¿Es la agricultura socialista una barrera para el desarrollo económico?

La opinión occidental predominante es que, hasta hace muy poco, los soviéticos habían descuidado la agricultura. Los críticos concluyen que la subinversión en agricultura ha mantenido a un porcentaje excesivamente grande de la fuerza laboral (que según ellos podría haberse desplazado a la producción y servicios industriales) atada en gran parte al trabajo estacional (Hedlund 1984: 8; Buck y Cole 1987: 74) . Argumentan que esta evidencia muestra que la agricultura socialista es una barrera para el desarrollo económico general.

Aunque la tasa anual de inversión en agricultura durante y después de la colectivización aumentó unas diez veces más que la del período NEP, se puede argumentar que el nivel ha sido subóptimo. En comparación con las muchas necesidades de sus ciudadanos, la URSS carece de recursos, infraestructura y equipo. Las demandas de fondos para inversión son generalizadas. Por ejemplo, la inversión para ahorrar mano de obra en la agricultura en la Unión Soviética habría liberado mano de obra a sus áreas urbanas. Las áreas urbanas no tenían las fábricas para emplear, la infraestructura social para atender o las viviendas para albergar a estos trabajadores potencialmente desplazados. En otras palabras, la inversión que ahorra trabajo en un sector, la agricultura rural, habría liberado recursos a sectores, por ejemplo, la industria urbana, que no estaban preparados para emplearlos productivamente y habría aumentado los costos para los sectores, por ejemplo. gobierno y servicios sociales, que aún no estaban preparados para soportarlos. Con el tiempo, a medida que aumentaron las existencias soviéticas de instalaciones y equipos industriales y de infraestructura social, la inversión en ahorro de mano de obra en agricultura podría haberse vuelto cada vez más razonable.

En una economía puramente capitalista, los costos implícitos del desplazamiento de mano de obra por la mecanización de la agricultura son sufragados por los individuos afectados. En la teoría (neoclásica), se supone que los individuos tienen la capacidad (y la oportunidad) de lidiar con estos costos porque en teoría siempre pueden encontrar trabajo (pleno empleo), pedir prestado capital y tener acceso a las últimas tecnologías. Sin embargo, en la práctica, ya sea en el Tercer Mundo o en los EE.UU., la mecanización de la agricultura generalmente ha implicado un desplazamiento masivo de mano de obra, migraciones urbanas significativas y la creación de barrios marginales urbanos masivos plagados por altos niveles de desempleo y subempleo (Perelman 1977: 4 -5).

En los Estados Unidos, en contraste con la Unión Soviética, los subsidios del gobierno han inyectado capital a la agricultura a un costo para los agronegocios muy por debajo de su costo real para la sociedad. En consecuencia, cada trabajador agrícola de los EE.UU. ahora cuenta con el apoyo de aproximadamente un tercio más de capital que su contraparte industrial y entre cincuenta y setenta veces (a los tipos de cambio reales) tanto como su contraparte soviética. (Resumen estadístico de Estados Unidos 1988, NKhSSSR 1989). La productividad laboral y la producción total se han disparado, es cierto, pero también lo ha hecho el número de granjas fallidas, las existencias de productos agrícolas no vendidos y el número de ex trabajadores agrícolas desempleados. La sustitución de mano de obra por maquinaria obligó a un promedio de un millón de personas al año a huir de las zonas rurales. Debido a la falta de capacitación y a la demanda insuficiente de su trabajo, muchos de estos inmigrantes se unieron a las filas de los millones de desempleados urbanos, pobres y hambrientos de los Estados Unidos. Si la agricultura estadounidense parece estar libre de muchos de los problemas que afectan a la agricultura soviética, es en gran medida porque estos problemas se han exportado a las ciudades[6].

Los altos costos sociales para la mano de obra desplazada, no utilizada y sin prestación se reconocen explícitamente y se suman a los costos de la inversión agrícola en un sistema socializado. En consecuencia, bajo este tipo de cálculo es concebible que, dados los escasos fondos de inversión, las inversiones industriales urbanas (o rurales) tengan prioridad sobre las inversiones agrícolas que ahorran trabajo hasta que se cree una demanda suficiente de la mano de obra que será desplazada de la agricultura. Un mayor porcentaje de la fuerza laboral, especialmente los trabajadores de más edad, sería retenido en las zonas rurales durante un período relativamente más largo con el desarrollo agrícola socializado. Por lo tanto, la evidencia de un alto porcentaje de la fuerza laboral retenida en la agricultura no necesariamente respalda la conclusión de los críticos occidentales de que la agricultura socialista obstaculiza indebidamente el desarrollo económico. En cambio, sugiere que, a este respecto, la Unión Soviética puede haber perseguido un tipo de desarrollo económico diferente (quizás más humano).

Incentivos soviéticos, niveles de eficiencia y productividad

A los ojos de los críticos occidentales, la propiedad socialista, la gestión y los sistemas de trabajo promueven la asignación ineficiente de recursos, el bajo rendimiento y el agotamiento del suelo. Las condiciones agrícolas en la Unión Soviética son muy difíciles porque gran parte del país tiene un clima duro y variable, suelos pobres y lluvias inadecuadas. Sin embargo, los críticos occidentales con frecuencia sostienen que las condiciones naturales adversas solo explican una pequeña porción de la disparidad múltiple entre los rendimientos soviéticos y occidentales (Laird 1990: 11). El crecimiento en los niveles generales de producción se ha estancado (Desai 1989: 15), argumentan los críticos, debido a las bajas e incluso decrecientes productividades de los factores (Desai 1989: 3, 17; Hedlund 1984: 6).

Las disminuciones de la productividad de los factores se han producido porque los sistemas de incentivos de la agricultura socialista son defectuosos e ineficaces (Desai 1989: 17, Theen 1988: 84). La ausencia de disciplina en materia de beneficios, apuntalada por los subsidios y los préstamos fáciles, hace que la gestión de las explotaciones agrícolas pueda “prosperar” a pesar de ser ineficiente (Brooks 1990: 87). El hecho de que el sistema no vincule al rendimiento la retribución de los trabajadores agrícolas colectivos y estatales significa que no necesitan esforzarse y no lo harán al máximo (Theen 1988: 84; Nove 1986: 153). Por otra parte, los críticos sostienen que la tierra no se destinará a su mejor uso y que los que abusan de ella no serán penalizados porque la tierra no es de propiedad privada y/o porque los alquileres no están determinados por la escasez relativa medida por el mercado (Hedlund 1984: 185). Los críticos, por lo tanto, concluyen que los bajos rendimientos y el lento crecimiento no se deben a un entorno natural inhóspito, sino a que la organización económica y la toma de decisiones del socialismo son defectuosas.

Los críticos occidentales señalan en gran medida que la Unión Soviética tiene rendimientos más bajos por hectárea y afirman que esto indica que los niveles de eficiencia soviéticos son anormalmente bajos debido a su sistema de incentivos. Es cierto que los rendimientos de los cultivos soviéticos son sólo una fracción de los de los Estados Unidos. En 1977 el rendimiento global por hectárea en términos de valor comparable era sólo el 54% del de los Estados Unidos (Diamond y Davis 1979:47). Sin embargo, los rendimientos por unidad de tierra no son, por sí mismos, un indicador de la eficiencia comparativa de los diferentes tipos de sistemas económicos. Las condiciones del suelo y el clima, los niveles de capital social y la elección de las técnicas, junto con el uso de fertilizantes y el riego, son factores clave. Por ejemplo, el rendimiento del algodón soviético es habitualmente un 50% más alto que el de los Estados Unidos (Whitehouse y Havelka 1973) y, como Harry Shaffer señaló hace algunos años, Alemania Oriental tiene un rendimiento de trigo más alto (1977:95). En particular, durante un período de 6 años 1973-1978, el promedio de rendimiento de trigo de Alemania Oriental fue de 4,09 toneladas métricas por hectárea frente a 2,03 para los EE.UU. (USDA 1979:4). Durante el mismo período, el rendimiento de Alemania Oriental en todos los granos (3,86) fue mayor que el de los Estados Unidos (3,53), así como el de Checoslovaquia (3,64) y Hungría (3,96). El desempeño agrícola no puede juzgarse sólo por los rendimientos, o de lo contrario nos veríamos obligados a concluir que el desempeño de Europa del Este es superior al de los Estados Unidos.

Ninguna reforma de la gestión o de los incentivos llevará los rendimientos soviéticos a los niveles de los Estados Unidos porque el clima y la geografía de la Unión Soviética no lo permitirán. Sin embargo, contrariamente a las insinuaciones de los críticos occidentales, el aumento constante de los rendimientos soviéticos ha sido bastante respetable (Shaffer 1990:4 y Tabla I). En una superficie sembrada que era aproximadamente la misma (218 vs. 216 millones de hectáreas) la producción soviética durante el 10º plan (1976-1980) fue un 48% mayor que la del 7º (1961-1965) (NKhSSSR v 1963:242; NKhSSSR v 1980:224). Este aumento es en gran medida el resultado de triplicar la aplicación de fertilizantes y de casi duplicar la superficie de las tierras de regadío (NKhSSSR v 1980:238.240) (Para el período 1986-90 la producción aumentó otro 16% en 210 millones de hectáreas, RSEEA 1991a:8). Estos resultados sugieren que, con el tiempo, la inversión adicional y la mejora de la administración y la práctica agrícola pueden producir aumentos de la producción dentro de un sistema socialista.

Incluso con una inversión adicional, la geografía y el clima siempre harán que el rendimiento de la agricultura soviética sea volátil. Hasta 1963 la expansión de la producción soviética se produjo principalmente a través de una expansión de la superficie sembrada. Entre 1950 y 1963, la superficie sembrada aumentó en un 49%. Pero eso significaba la expansión hacia zonas geográficas y climáticas más marginales. Desde entonces, la superficie sembrada se ha mantenido bastante estable y, debido al carácter marginal de las nuevas tierras, los niveles de producción han sido más volátiles. Desde 1965, el aumento de la producción se ha producido gracias a unos niveles cada vez más altos de inversión y de insumos materiales, gran parte de los cuales tratan de compensar el carácter marginal de la tierra. Los insumos para la agricultura en 1977 aumentaron en un 75% con respecto a 1950, pero la producción aumentó en un 145% (Diamond y Davis 1979:20). Independientemente de las percepciones occidentales, en la década de 1970 la productividad combinada de los recursos dedicados a la agricultura era en promedio más de un tercio mayor que en 1950 (Diamond y Davis 1979:20).

La productividad de la mano de obra agrícola soviética es sólo una fracción de la estadounidense. En 1977, 26,5 millones de trabajadores agrícolas soviéticos produjeron unos 33.000 millones de dólares (precios de 1957-1959), mientras que unos 4,2 millones de trabajadores agrícolas estadounidenses produjeron unos 36.700 millones de dólares (Diamond y Davis 1979:42). Por lo tanto, cada trabajador agrícola soviético produjo sólo por un valor de 1.296 dólares, es decir, menos del 13% de los 10.082 dólares producidos por su homólogo estadounidense. Sin embargo, la productividad soviética de la mano de obra agrícola es casi igual o superior a la de muchas naciones de Europa Occidental. Según un conocido estudio de Earl Brubaker, la productividad de la mano de obra agrícola soviética (dependiendo de la ponderación de precios utilizada para valorar la producción) era entre un 3% y un 25% más alta que la italiana (Brubaker 1972:440).

La productividad de la mano de obra agrícola soviética es menor que la de los Estados Unidos, principalmente porque además de un clima y un suelo mucho menos favorables, el trabajador soviético tiene mucho menos capital social con el que trabajar. En 1977, por ejemplo, había 1,3 tractores y 71 HP (magnitud cercana a los caballos de vapor) de potencia de tractor para cada trabajador en las granjas de EE.UU.. Al mismo tiempo, en las granjas soviéticas había sólo 0,95 tractores y 7 HP de potencia de tractor por trabajador. En 1977 había 0,73 camiones por trabajador en las granjas estadounidenses, mientras que en las soviéticas sólo había 0,056 por trabajador. Ese mismo año había 36,7 hectáreas de superficie sembrada por trabajador en las granjas estadounidenses, mientras que en las soviéticas sólo había 8,68 por trabajador. Además, la utilización de fertilizantes por trabajador en las granjas estadounidenses en 1977 fue unas cuatro veces mayor que en las granjas soviéticas y el uso de energía por trabajador agrícola en los Estados Unidos fue varias veces el del soviético (NKhSSSR v 1979 y U.S. Statistical Abstract 1978). El trabajador agrícola estadounidense es más productivo que su homólogo soviético por un factor de 7 u 8 a 1 porque el trabajador agrícola estadounidense emplea muchos más recursos. Teniendo en cuenta las diferencias de clima, geografía y, especialmente, de capital social entre los Estados Unidos y la ex Unión Soviética, es evidente que la diferencia de producción agrícola por trabajador en los dos países no puede reducirse a sus diferentes sistemas de propiedad e incentivos.

Los residuos en la agricultura soviética

Los críticos occidentales argumentan que el sistema agrícola soviético desperdicia recursos naturales, mano de obra y otros recursos (así como la producción) porque no tiene un sistema de derechos de propiedad que asegure que la mano de obra y los materiales se economicen, la propiedad se mantenga y la producción se preserve. Sugieren implícitamente que ese despilfarro no se produce en una economía capitalista. William Webster, mientras era director de la CIA, afirmó que se desperdiciaba hasta un 40% del total de la producción agrícola soviética (Boston Globe, 31 de mayo de 1991). Otras fuentes citan más comúnmente una cifra de alrededor del 25% (Marrese 1990:156). Estos desechos se producen sobre el terreno, en tránsito y en almacenamiento, a menudo debido a la mala utilización de los recursos existentes, así como a la falta de instalaciones (Hedlund, 1984:6). Los críticos señalan la fuerza de trabajo agrícola demasiado numerosa, la evidencia del desperdicio de la producción y la tierra degradada para mostrar que, en comparación con el capitalismo, los agentes económicos socialistas carecen de la motivación y/o la capacidad para economizar y conservar los recursos.

Las granjas soviéticas utilizan mucha más mano de obra que las granjas de tipo estadounidense, incluso cuando el clima, las condiciones del suelo y la intensidad del capital se tienen en cuenta adecuadamente. Parece, entonces, que las granjas de tipo capitalista son mucho más eficaces que las de tipo socialista para minimizar los costos laborales. Parece que no desperdician ni de cerca la preciosa habilidad y esfuerzo humano como lo hace un sistema socialista. Las granjas capitalistas parecen ser más eficientes en la utilización de los recursos laborales sólo si se analiza estrictamente la producción. Si se amplía el análisis a la economía agrícola en su conjunto, incluyendo así algunos costos generalmente ignorados, el veredicto se vuelve decididamente menos claro. La fuerza de trabajo de las granjas soviéticas (tanto estatales como cooperativas) es permanente y durante todo el año. En las granjas de EE.UU., por otro lado, hay pocos trabajadores permanentes; la mayoría son contratados de forma temporal. Los costos de la mano de obra en las granjas soviéticas son altos porque son fijos y están diseñados para cubrir los costos de vida durante todo el año. En las granjas capitalistas se incurre en costos (salarios) sólo para la parte del año durante la cual la fuerza de trabajo se dedica activamente a los campos. Sin embargo, como las familias deben vivir todo el año, la granja de tipo estadounidense no elimina estos costos, sino que los transmuta en un conjunto diferente de gastos: subempleo rural crónico, pobreza rural y los altos costos sociales que esto conlleva.

En los Estados Unidos en 1966, por ejemplo, el subempleo en las zonas rurales para las personas de entre 20 y 64 años equivalía a un año de desempleo para 2,5 millones de personas (Freeman 1967:A921). En 1973 se estimó que equivalía al desempleo de 3 millones de personas durante todo el año (Tweeten y Walker 1977:46). En consecuencia, la vida rural de los Estados Unidos se asocia con condiciones de trabajo increíblemente duras, salarios extremadamente bajos, viviendas horrendas y dietas sumamente inadecuadas (Physician Task Force 1985: 8-10, 25-95). Excepto en los campos de prisioneros soviéticos, nadie ha afirmado encontrar condiciones comparables en el campo soviético contemporáneo.

Si se cobrara a las granjas estadounidenses el coste de este exceso de mano de obra, como lo asumen las soviéticas, ¿cómo resultaría el balance? Los ingresos netos reportados de las granjas estadounidenses en 1973 fueron de 33 mil millones de dólares (Statistical Abstract of the U.S. 1979:696). Si a esto se le restan los 22.000 millones de dólares en salarios perdidos (Tweeten y Walker 1977:46) de los 3 millones de personas que dejan de trabajar cada año y también los 2.600 millones de dólares en pagos de subsidios directos a los agricultores, el ingreso agrícola neto de 1973 de 33.000 millones de dólares (un año clave) resulta ser un ingreso agrícola neto de sólo 8.500 millones de dólares o un mero 2% de retorno sobre los activos inmovilizados en la agricultura. Por otro lado, en 1972 los ingresos netos de las granjas eran sólo de 18.000 millones de dólares, claramente insuficientes para cubrir los 20.000 millones de dólares en costes de oportunidad de la mano de obra perdida y los 3.900 millones de dólares en pagos del gobierno. Las cifras de 1972 muestran una pérdida social neta de 5.900 millones de dólares, incluso sin deducir los enormes subsidios de riego y otros subsidios indirectos.

El asunto es simple. Los recursos laborales se desperdician sin duda en la Unión Soviética; probablemente es posible motivar un mayor esfuerzo hacia el trabajo agrícola y asignar el esfuerzo laboral de manera más efectiva en las granjas soviéticas. Parte de la mano de obra agrícola soviética es probablemente redundante al menos parte del año. Por otro lado, las granjas capitalistas tienden a recortar despiadadamente los costos de la mano de obra directa siempre que es posible. Lo ideal es que el tiempo de trabajo conservado se emplee productivamente en otro lugar, en beneficio mutuo del trabajador, el empleador y la sociedad en su conjunto. El mito que promueven los economistas occidentales es que las comparaciones de la práctica socialista soviética con el ideal capitalista son suficientes para sacar conclusiones sobre el fracaso de la agricultura socialista.

Las debilidades percibidas de la agricultura socialista pueden incluir realmente fortalezas. En la medida en que el capitalismo genera un empuje para economizar en los costos laborales, puede conducir al desempleo y a la pobreza y, por lo tanto, a desperdiciar la vida de las personas. Por el contrario, mientras que el sistema agrícola soviético puede retener el exceso de mano de obra, a menudo lo hace porque mantiene a sus familias campesinas todo el año cuando no tienen otras alternativas. Por lo tanto, la cuestión no es tan clara como afirman los críticos occidentales. Dado que los recursos laborales se desperdician en ambos sistemas, aunque de maneras diferentes, no se justifica saltar a la conclusión de que, debido a que la agricultura socialista desperdicia algunos recursos laborales, es, por lo tanto, inherentemente inferior.

También es cierto que se desperdicia una cantidad considerable de la producción agrícola soviética. Las pérdidas no sólo son elevadas durante la cosecha, sino que también se deben a la falta de instalaciones de almacenamiento y transporte suficientes, lo que hace que parte de todas las cosechas abundantes se estropee. La agricultura mecanizada, independientemente del sistema, es un despilfarro, porque las máquinas fallan y dejan una cantidad considerable de los cultivos en los campos. Una quinta parte de la cosecha de maíz de los EE.UU., por ejemplo, se pierde por las cosechadoras y se deja pudrir cada año en los campos de los EE.UU. (Servicio de Extensión del Condado de Illinois, citado en el New York Times, 9 de octubre de 1975:24). Dada la relación entre los salarios y los precios del maíz, no sale rentable pagar a los agricultores estadounidenses para recoger este residuo. Por lo tanto, se puede argumentar que el sistema estadounidense desperdicia una cantidad considerable de alimentos y que este desperdicio, lejos de impedirlo el deseo de preservar los derechos de propiedad, es causado por el deseo de obtener una ganancia.

La producción agrícola suele variar debido a efectos no económicos (por ejemplo, los cambios climáticos anuales). Porque hace que uno tenga que elegir entre invertir en un exceso de capacidad de almacenamiento y transporte o permitir una escasez de dicha capacidad. En los EE.UU. los problemas de este tipo son menos críticos que en la Unión Soviética porque, debido a un clima más estable, la producción de cultivos varía menos. No obstante, tanto en la temporada de cosecha de 1977 como en la de 1979, la escasez de instalaciones de almacenamiento y transporte fue aguda en los Estados Unidos. Los informes de todo el Medio Oeste mostraron que el grano se dejaba en pilas en el suelo y, como muchos otros agricultores sabían que el grano no se podía mover ni almacenar, no se molestaron en cosechar (New York Times 23 de diciembre de 1979: 14E).

La agricultura capitalista tiene su propio tipo de desperdicio: el abandono o la destrucción de la producción inducidos por el mercado. Los agricultores de Europa occidental esparcen sus productos a lo largo de las carreteras y vierten toneladas de leche en las zanjas, y los agricultores de los Estados Unidos destruyen los cerdos, queman los cereales y las patatas y dejan que sus cultivos se pudran en el suelo porque los precios del mercado suelen ser demasiado bajos. Esto sucede a pesar de que hay personas hambrientas en sus países. La destrucción consciente de los alimentos con el fin de preservar los beneficios (o de reducir las pérdidas de dinero) y de conservar los derechos de propiedad, señala que el despilfarro significa algo diferente en los dos sistemas y que, por consiguiente, las comparaciones deben ser analizadas cuidadosamente.

Ambos sistemas, en la práctica, desperdician recursos y producción. Sin embargo, se desperdician de diferentes maneras, con diferentes efectos en diferentes grupos de personas. La agricultura socialista no debe ser rechazada porque sea derrochadora bajo la presunción de que la agricultura capitalista no es derrochadora. Los críticos occidentales sostienen que la eficiencia de la agricultura capitalista y el despilfarro de la agricultura socialista son “verdades” claramente evidentes. Se han presentado suficientes pruebas en contrario para sugerir que la conclusión correcta debe ser más prudente y polifacética.

El problema de la alimentación

Según los críticos occidentales, el débil rendimiento del sistema agrícola soviético condena a la economía soviética a depender de las importaciones extranjeras, mientras que relega a la población a sufrir un bajo consumo interno general. A pesar de las importaciones masivas de cereales, la escasez de alimentos sigue siendo habitual (Marrese (1990: 156). Las encuestas de opinión muestran que los consumidores soviéticos creen que no hay suficiente carne, verduras y frutas disponibles y que, en general, sus necesidades dietéticas no están satisfechas ni cuantitativa ni cualitativamente (Laird 1990: 11). El problema de la alimentación parece ser el epítome de las debilidades del sistema agrícola soviético.

El problema de la comida, ha dicho el presidente Gorbachov, “es el problema más serio que enfrenta nuestra nación hoy en día y, hasta que lo resolvamos, todos nuestros otros problemas seguirán siendo intratables”. Como cualquier visitante de la Unión Soviética comprueba rápidamente, la escasez de alimentos, evidenciada por los estantes vacíos y las largas colas de espera, es una realidad de la vida soviética. Pero deducir de estos fenómenos ampliamente difundidos que los ciudadanos soviéticos pasan hambre es simplemente erróneo. A pesar de la escasez de alimentos, el hambre no ha sido, y no es hoy, una parte del paisaje soviético. Como dijo el Dr. Kenneth Gray, el principal experto del gobierno de EE.UU. en agricultura soviética, en su testimonio ante el Comité Económico Conjunto del Congreso “…la escasez de alimentos en la URSS se está produciendo a niveles de consumo bastante respetables”.

Como puede verse en los datos de las Naciones Unidas que figuran en el Cuadro II, en términos de ingesta diaria per cápita ya sea de calorías o proteínas, los niveles de consumo de la Unión Soviética durante más de un cuarto de siglo han estado a la par de los de muchas de las naciones ricas del mundo. Durante el período 1964-1966, por ejemplo, la ingesta diaria per cápita soviética de calorías y proteínas superó a la de Suecia, Noruega, Alemania Occidental y Japón.

La dieta soviética ha seguido mejorando desde mediados de los años sesenta. Los datos de la tabla III (de 1965 a 1989) muestran un aumento en el consumo de carne (63%), leche, etc. (45%), huevos (116%), vegetales (32%) y frutas (46%) entre otros. La gente ha sustituido con estos alimentos a las patatas (un 31% menos) y a los cereales (un 17% menos), por lo que, en ese sentido, la gente ha mejorado tanto la calidad de su dieta como la cantidad.

A pesar de sus fracasos y debilidades, los soviéticos han experimentado una impresionante transformación de su dieta. El consumo de carne per cápita en 1988 se situó en un nivel ligeramente inferior al de Suecia, superior al de Noruega y más del doble del de Japón. Aunque aparentemente bajo para los estándares de los EE.UU., el consumo soviético per cápita de carne, pescado y fruta es muy respetable para los estándares europeos. Esto puede verse en el Cuadro IV, en el que se comparan los niveles de consumo per cápita de los soviéticos y los británicos.

Importaciones, dependencia y carne

La Rusia zarista era una exportadora neta de grano (NKhSSSR v 1969:669). La Unión Soviética de la década de 1980 es un gran importador neto de grano (Laird 1990:11; Buck y Cole 1987:74). Al parecer, la Unión Soviética ha perdido su autosuficiencia agrícola. Por lo tanto, en opinión de los críticos occidentales, esto demuestra que los tipos de agricultura socialista son claramente menos capaces de satisfacer las necesidades nacionales de alimentos y fibras que los tipos capitalistas.

Un sistema económico no es ineficiente porque importa. La Comunidad Europea (CE-12) en 1987, por ejemplo, fue importadora neta de unos 25.800 millones de dólares (Comisión de la Comunidad Europea 1990:T/139) de productos agrícolas, es decir, casi el doble de los 12.900 millones de dólares (USDA 1989:40,42) de las importaciones agrícolas soviéticas netas. Incluso cuando se descuenta la población más grande de la CE, las importaciones agrícolas netas per cápita de la CE superaron las de la URSS en más del 75%. No se puede simplemente concluir de esto que las pequeñas granjas familiares capitalistas de Europa Occidental son menos eficientes que las grandes granjas socialistas de la URSS. De manera similar, el hecho de que durante el período anterior a la Segunda Guerra Mundial, así como en el curso de 1950-1960 (Statistical Abstract of the U.S. 1960:885) y durante 1968 y 1969 (Statistical Abstract of the U.S. 1970:781) los Estados Unidos fueran importadores netos de alimentos y animales vivos no prueba, por sí mismo, que la agricultura estadounidense fuera ineficiente. Tampoco el hecho de que los Estados Unidos sean el mayor importador de carne del mundo y actualmente un gran importador neto de vegetales, frutas y pescado (Statistical Abstract of the U.S. 1988), prueba que la agroindustria estadounidense es un fracaso.

Las importaciones tampoco son buenos indicadores de la capacidad productiva general de una economía. La Unión Soviética tiene una gran economía agrícola. En 1989, por ejemplo, tenía más ganado vacuno, porcino y ovino y producía más trigo, centeno, avena, cebada, algodón, patatas, azúcar, lana, leche, mantequilla, huevos y pescado (entre muchos otros productos) que los Estados Unidos (USDA 1991). Las importaciones sólo reflejan la dotación relativa de recursos y la capacidad productiva de una economía.

Las importaciones agrícolas soviéticas han cambiado significativamente en el curso de los dos últimos decenios. Durante el período 1956-1970 la URSS fue un exportador neto de grano, exportando (neto) un promedio de 3,5 millones de toneladas por año (Goldich 1979:144). A partir de 1970 se convirtió en un importador cada vez más importante. Las importaciones netas de cereales aumentaron de una media de 9,88 millones de toneladas anuales en el período 1970-1974 a 20,52 millones en el período 1975-1979, a 30,88 en 1980-1984 y a 32,1 millones de toneladas en el cuatrienio 1985-1988 (USDA 1989:49). Antes de 1970 las importaciones netas de carne de la Unión Soviética eran pequeñas, pero en 1990 se acercaban a los niveles de los Estados Unidos.

Estas crecientes importaciones de grano y carne no se desencadenaron, como se podría deducir, por la disminución de la producción. La producción de cereales aumentó de un promedio de 181,6 millones de toneladas en 1971-75 a un promedio de 206,9 millones en 1986-89. La producción de carne aumentó de 14 millones de toneladas en 1971-75 a 19,2 millones de toneladas en 1986-89, es decir, un aumento del 37%. Las importaciones se desencadenaron por el aumento de la demanda de carne que acompañó a aumentos bastante bruscos de los ingresos. El consumo per cápita de carne, pasó de 47,5 kg per cápita en 1970 a 67 en 1989 (NKhSSSR v 1980:201-202 y v 1989: 118). De manera muy aproximada, los 5,2 millones de toneladas adicionales de carne producidas en 1986-89 por encima del nivel de 1971-75 requirieron aproximadamente 50 millones de toneladas de cereales para piensos, 25 millones de los cuales procedían de la producción nacional y unos 25 de importaciones adicionales. Dado que el aumento de la producción de cereales y de las importaciones no ha sido suficiente para hacer frente a las crecientes necesidades de la producción nacional de carne, se incrementaron las importaciones de carne.

Los críticos sostienen que la Unión Soviética ha estado plagada de una creciente escasez de carne, incluso cuando el gobierno proporciona subsidios masivos, sobrecarga su presupuesto y, en consecuencia, crea inflación. El gobierno soviético proporciona grandes subsidios para el consumo de productos cárnicos (y lácteos) (Koopman 1990:4). El gran subsidio al consumo ejerce presión sobre el presupuesto de la Unión. Sin embargo, el problema no es que la agricultura socialista haya fracasado en la producción de carne, o que la población soviética esté pasando hambre. Como se muestra en la última sección, la producción de carne aumentó en la década de 1980. Sin embargo, en 1965 había excedentes, mientras que hoy hay escasez.

La solución a esta paradoja, como ha señalado Ken Gray, tiene que ver con el precio (Gray 1981:44-46). Los precios de la carne soviética habían permanecido en torno a los 2 rublos por kilo de carne, o aproximadamente 1,24 dólares por libra, durante décadas. En el entorno de 1965, cuando el salario medio era de 96,5 rublos al mes, la carne era un artículo caro para la familia (NKhSSSR v 1979:394). A finales de los años 80, cuando el salario medio había aumentado a 257 rublos por mes (Durgin 1990:24), era relativamente mucho más barata, por lo que la gente ha comprado mucha más carne. Irónicamente, el aumento de la escasez ha ido de la mano con el aumento del consumo porque la carne es muy barata.

El sector privado: ¿Una solución?

La Unión Soviética, señalan los analistas occidentales, ya tiene en marcha y en funcionamiento alternativas exitosas a su sector socializado (Hedlund 1984; Laird 1990). A los ciudadanos soviéticos se les permite cultivar algunas tierras individualmente y consumir, intercambiar o vender la producción a precios de mercado libre en los mercados de los agricultores. Sus parcelas privadas tienen un tamaño promedio de 0,1 o 0,3 hectáreas, dependiendo de la región. En 1988, la agricultura privada representaba alrededor del 2,7% de la superficie sembrada de la nación, pero producía alrededor del 23% de la producción agrícola total de la nación. En particular, estas parcelas privadas producían el 58% de las patatas de la nación, el 29% de sus verduras, el 54% de sus frutas y bayas, el 28% de su carne y el 20% de su leche. Por lo tanto, es obvio, concluyen los analistas, que la agricultura privada apuntala el tambaleante sistema agrícola socialista. Por lo tanto, cualquier persona pensante, independientemente de su persuasión política, sólo puede concluir de esta evidencia que el sector privado es mucho más eficiente y productivo que el sector socializado. La Unión Soviética podría resolver sus problemas agrícolas, señalan los críticos, desmantelando las grandes explotaciones socializadas y desplazando sus recursos y su capacidad de decisión a explotaciones familiares más pequeñas y privadas (NKhSSSR v 1988 y AKP 9 1989: 124).

El sector “privado” de la agricultura soviética es un buen ejemplo de que las primeras impresiones son engañosas. Para tener una perspectiva de la eficiencia del sector privado, hay que considerar lo que se cultiva, las contribuciones del sector socializado y la cantidad de insumos laborales que el sector privado ha absorbido.

El sector privado produce sobre todo cultivos que requieren mucha mano de obra. El 69% de las parcelas del sector privado se dedican a las patatas, las verduras y los melones. Esas parcelas representan el 46% de la superficie total de patatas de la nación y casi el 50% de su producción de patatas (NKhSSSR v 1988: 452). En el caso de la producción de leche, en 1988 el sector privado tenía el 31% de las vacas de la nación y producía el 20% de su leche (NKhSSSR v 1988: 481 y 485). En estos casos, no es evidente que el sector privado utilice sus recursos de manera más eficiente que el sector socializado.

El sector privado depende en gran medida del sector socializado para la alimentación. Alrededor del 60% de la producción de granos soviéticos se utiliza como alimento para el ganado, pero menos del 1% se produce en las parcelas privadas. A excepción de las patatas, como ha sido señalado por un estudio de EE.UU. (Lane 1983:23-40), sólo una pequeña cantidad de forraje se cultiva en parcelas privadas. El heno, la paja, el forraje verde y el ensilado provienen del sector socializado. El mismo estudio muestra que el sector privado tiene acceso a grandes cantidades de tierras del sector socializado que utiliza para el pastoreo de ganado de propiedad privada y para la cosecha de heno. Si a la superficie relativamente pequeña que poseen directamente los hogares se añade la totalidad de la superficie del sector socializado que produce directa o indirectamente piensos para el sector privado, la superficie total dedicada al apoyo de la agricultura privada asciende a unos 110 millones de hectáreas, es decir, casi el 20% de toda la tierra cultivable de la URSS.

El insumo de mano de obra en el sector privado es bastante grande. A principios del decenio de 1980, unos 43 millones de familias (más de un tercio de todas las familias) se dedicaban a la agricultura subsidiaria personal. Estas cifras incluyen 12,6 millones de familias campesinas de kolhoz, 10,8 millones de familias de empleados de empresas agrícolas estatales, 8,8 millones de familias de trabajadores de mono azul y de cuello blanco (principalmente residentes urbanos), y 10,7 millones de familias que pertenecen a sociedades de huertos y jardines colectivos (Shmelev 1986:10). Este gran número de familias y personas involucradas en la producción de parcelas privadas se traduce en un considerable aporte de mano de obra. En 1962 representaba el 43% del total de la mano de obra empleada en la agricultura y en 1983 el 39%. (Nimitz 1967:192; Ekonomika Selskove 1986:55). Las parcelas privadas pueden producir el 25% de la producción agrícola en sólo el 3% de la tierra, pero requieren alrededor del 40% de la mano de obra agrícola para alcanzar este nivel de producción. Los críticos occidentales sostienen que como la agricultura capitalista [privada] en la Unión Soviética es más eficiente que la socialista, debería reemplazarla. Para apoyar su argumento, señalan la alta proporción de producción que proporciona la tierra en la agricultura privada. Su visión oscurece las características especiales de los cultivos en los que se concentra la agricultura privada, pasa por alto la productividad comparable del sector socialista en esos cultivos particulares, omite mencionar la importante contribución indirecta que el sector socializado hace en apoyo del privado e ignora los requisitos de mano de obra desproporcionadamente grandes del sector privado.

El sector privado es un componente valioso de la agricultura socialista. Por ejemplo, el sector privado emplea a miembros de la familia que de otro modo podrían estar subempleados, permite a las personas realizar trabajos adicionales de forma independiente para obtener ingresos o compensaciones adicionales y puede dar a cada familia un mayor grado de control sobre su vida productiva. Encuestas recientes que recogen las opiniones de las familias campesinas soviéticas sobre este tema indican que éstas desean una agricultura privada dentro del contexto de un sistema agrícola socialista reformado y mejorado (RSEEA 1991b:24). Privatizando su sistema agrícola, la Unión Soviética cambiará e intensificará sus problemas agrícolas, en lugar de resolverlos[7].

CONCLUSIÓN

La agricultura socialista soviética puede quizás ser mejorada, pero no ha fracasado. Los planes socialistas han fracasado a menudo, pero con frecuencia han fracasado sólo en relación con objetivos admirablemente altos. La agricultura soviética es razonablemente productiva, pero es probable que pueda ser más productiva con una mayor inversión en equipo e infraestructura, con una gestión más descentralizada y mejor organizada y con recompensas más cuidadosamente vinculadas al esfuerzo laboral. Los desechos existen, pero podrían reducirse con mejores instalaciones de almacenamiento y transporte. Existe una escasez persistente de carne y productos lácteos (y los altos costos de subvención asociados) debido al aumento de los niveles de consumo; sin embargo, la escasez podría reducirse si el precio de esos artículos reflejara mejor su costo de producción. En este documento se ha demostrado que en los últimos decenios la agricultura socialista soviética ha progresado mucho, por lo que en ese sentido no es un fracaso. Además, es concebible que se pueda mejorar con reformas e inversiones apropiadas (socialistas y democráticas), por lo que en ese sentido no es un fracaso.

El mito de que la agricultura socialista ha fracasado obtiene gran parte de su potencia del correspondiente mito de que la agricultura capitalista siempre funciona con una asignación óptima de los recursos, con una utilización eficiente (y por lo tanto altamente productiva) de esos recursos y con una satisfacción del consumidor que maximiza la distribución de los productos agrícolas. Los críticos occidentales emplean un doble rasero cuando comparan la práctica imperfecta de la agricultura socialista con una teoría ideal (neoclásica) de la agricultura capitalista. No es sorprendente que, según esta engañosa comparación, los críticos concluyan que la agricultura socialista es un fracaso. Por el contrario, la comparación de la práctica socialista con la práctica capitalista muestra que la agricultura capitalista en los EE.UU. no siempre corresponde al ideal neoclásico. La mecanización altamente subvencionada de la agricultura estadounidense ha contribuido al despilfarro en el campo, al subempleo y la pobreza en las zonas rurales, a las migraciones urbanas masivas y a la formación de barrios marginales. Con su énfasis en la rentabilidad, la agricultura capitalista ha fomentado la destrucción de alimentos cuando los precios son bajos y no rentables, mientras que millones de personas de bajos ingresos pasan hambre. Las breves comparaciones del documento muestran que el capitalismo tiene en la práctica graves defectos y que es poco probable que resuelva automáticamente los problemas de la agricultura soviética[8].

El mito creado sobre la agricultura soviética es pernicioso porque apoya interpretaciones y alternativas de política aparentemente no ideológicas. Aisladamente, cada argumento de los críticos occidentales parece razonable, a pesar de cierta exageración y falta de atención a las pruebas contradictorias. Sin embargo, en conjunto forman un coro que canta las alabanzas de un sistema mientras condena otro. El efecto neto es crear una mitología de racionalidad y eficiencia capitalista que contrasta favorablemente con las exageradas debilidades del sistema agrícola soviético. La posibilidad de que la agricultura socializada pueda hacer contribuciones valiosas para mejorar el bienestar humano no debe descartarse sobre la base de este mito.

 

TABLA I

RENDIMIENTOS (QUINTALES POR HECTÁREA)

                       Grano   Algodón  Remolacha azucarera  Patatas Verduras

1909-1913      6.9           13.0                      150                      78             —

 1951-1955     8.0           16.9                      154                       81            82

 1961-1965     10.2         20.6                     165                       94           116

 1971-1975     14.7          27.3                     217                       113          138

 1976-1979     16.3         28.8                    242                      123          154

 1989               17.5         25.7                     291                      120          159

(Fuente: Narodnoye khozyaistvo SSSR v 1979 p.220 y RSEEA 1991, 13(2):16)

 

TABLA II

CONSUMO DIARIO PER CÁPITA DE CALORÍAS Y PROTEÍNA A FINALES DE LOS AÑOS 60

                                                       CALORÍAS          PROTEÍNAS

                                                       (DIARIAS)      (ONZAS POR DÍA)

ESTADOS UNIDOS                       3.200                       3,39

 ALEMANIA OCCIDENTAL        2.960                       2,86

 GRAN BRETAÑA                         3.150                        3.10

 URSS                                               3,180                       3.24

(Fuente: Manoucher Ganji, La realización de los derechos económicos, sociales y culturales: Problemas, políticas, progresos. Nueva York: Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, 1975, pág. 169.

 

TABLA III

CONSUMO PER CÁPITA DE DETERMINADOS PRODUCTOS ALIMENTICIOS EN LA URSS

(KG POR AÑO)

                                                   1965    1980    1989         1989/1965        1989/1980 

Carne y Productos cárnicos    41        58        67                    163                  116

 Leche y Productos lácteos     251      314      363                  145                  116

 Huevos (unidades)                 124      239      268                  216                  112

 Aceite vegetal                            7.1       8.8       10.4                 146                  118

 Verduras y Melones                72         97        95                    132                  98

 Azúcar                                      34,2     44,4     42,5                  124                  96

 Patatas                                      142      107        98                    69                    92

 Cereales                                    156      138      129                    83                    93

 Frutas y Bayas                          28        33        41                    146                  124

 Pescado                                     12,6     17,6     17,2                  137                  98

(Fuente: NKhSSSR v 1970:557 y NKhSSSR v 1989:118)

 

TABLA IV

CONSUMO PER CÁPITA DE CARNE Y PESCADO EN 1980

(1 Kilogramo = 2.205 Libras)

                                                    URSS                     GRAN BRETAÑA

 Carne de vaca                             11                                     12

 Cerdo                                         23.5                                    6.1

 Aves de corral                            6.0                                    9.8

 Pescado                                     17                                        7.1

 Fruta fresca                              37                                     30,7

 Azúcar                                       42,2                                  16,5

(Fuente: US Statistical Abstract, 1988 p. 848)

 

REFERENCIAS

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[1] Este documento se basa en gran medida en la investigación, la elección de datos y el conocimiento de la agricultura soviética de Frank A. Durgin.

[2] Hay muchos críticos diferentes de la agricultura y la sociedad soviética. Los que me refiero están entre los economistas académicos que se especializan en la agricultura soviética. He tratado de citar un conjunto diverso de críticos para ilustrar cuán ampliamente se sostienen estos puntos de vista.

[3] El índice de producción agrícola de la CIA para la URSS fue de 99 en 1970 y de 100 en 1980, mientras que las cifras comparables para los EE.UU. fueron de 81 y 100. Fuentes soviéticas han admitido un estancamiento, una crisis y un declive agrícola sin precedentes (Aganbegyan 1988: 2-3). Los primeros años de la década de 1980 tampoco fueron muy buenos para la URSS. Sin embargo, cabe señalar que el índice de la URSS subió a 111 en 1985 y a 122 en 1989, mientras que las cifras del índice de los Estados Unidos en esos años fueron 113 y 105. Estas cifras fueron citadas en RSEEA (1991a).

[4] Los criterios de los críticos occidentales para evaluar el rendimiento económico incluyen la asignación y utilización eficientes de los recursos (por ejemplo, el porcentaje de mano de obra en el sector agrícola, los rendimientos por unidad de tierra y de mano de obra), la preservación y la distribución eficiente de la producción (por ejemplo, el desperdicio y la escasez), los niveles relativos de producción y consumo y las tasas de crecimiento, y las comparaciones directas del rendimiento del sector privado y socializado en la (antigua) URSS.

[5] Véase Frederic Pryor (1991) para una comparación más general del rendimiento de los sistemas agrícolas socialistas y no socialistas. Sostiene que su desempeño es muy similar en todas las áreas importantes, con la excepción de la productividad total de los factores, cuyo crecimiento es generalmente menor en los países socialistas. Alan Abouchar (1991) examina el desempeño económico general de la Unión Soviética. Sostiene que no es obvio que su economía haya fracasado y que tenía algunas fortalezas y ofrece algunas buenas lecciones para el Tercer Mundo. En particular, subraya que es inapropiado concluir de la experiencia soviética que el socialismo ha fracasado.

[6] Para una crítica sistemática e histórica del sistema agrícola de los Estados Unidos, véase Michael Perelman (1977). Sobre la crisis de la agricultura de los Estados Unidos, véase Joseph Belden et. al. (1986). Para un amplio tratamiento de los efectos del sistema de distribución agrícola y de alimentos en la población de los Estados Unidos, véase Physician Task Force on Hunger in America (1985).

[7] Ya se pueden documentar algunos de los efectos de la actual transición hacia la propiedad privada y la asignación de mercados.

La escasez de la mayoría de los artículos se ha eliminado en los mercados privados. Sin embargo, la eliminación de la escasez se produce en un contexto de drástica disminución de la producción (más del 20% en muchos casos), aumento de los precios (más del 1000%) y consiguiente disminución del poder adquisitivo real y del consumo per cápita (por ejemplo, una disminución del 20 al 30% en el consumo de carne y productos lácteos) (RSEEA 1992). Michael Claudon ha señalado que algunas granjas estatales muy eficientes se están fragmentando en pequeñas granjas económicamente débiles como consecuencia de la privatización (RSEEA 1992:14).

[8] En un artículo titulado “Peligros de la democracia”, Gavriil Popov (1990), destacado reformista, (ex) alcalde de Moscú y editor de una influyente revista de economía, fue bastante tajante sobre estos asuntos. Escribió: “Veo el principal problema en la relación entre, por un lado, el populismo y, por otro, las tareas que deben realizarse para transformar la economía y la sociedad”. Continuó: “Las masas anhelan la justicia y la igualdad económica. Y cuanto más lejos llegue el proceso de transformación, más aguda y evidente será la brecha entre esas aspiraciones y las realidades económicas”. Luego dejó clara su propia posición: “Los participantes en la lucha política en nuestros países hoy en día carecen del elemento que más se necesita para que ellos den forma a una sociedad viable: nuevas formas de propiedad. Y para que aparezcan nuevas formas de propiedad y nuevas fuerzas políticas que las reflejen, necesitamos tiempo. Pero eso es precisamente lo que no tenemos. Si no podemos desnacionalizar y privatizar pronto la propiedad, seremos atacados por oleadas de trabajadores que luchan por sus propios intereses”.

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